Esta mañana he llamado a Ana Botella, mi ilustrísima. Antes había estado maravillándome con esta nueva dimensión rock que ella, mi excelentísima, le estaba dando a nuestra ciudad. Para que veas, antes de mediados de abril habré ido a los conciertos de Dub Incorporation –reggae dub para abrir apetito-, Savages –la verdadera revelación rock londinense porque el pidehostias de Jake Bugg es un farol-, Stranglers –por sexta o séptima vez en mi vida-, Toy –para mi la gran banda de los 10’s- y Matthew E. White –el oso delicado, oro puro-.
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La Grande Sophie – Ma Radio
Marsella, mi gran asignatura turística pendiente en el país vecino. Mar, sol, cultura, historia, algo así como la Barcelona francesa. Ah La belle Marseille. Con su puerto milenario, destino final para cientos de miles de franceses repatriados desde una recién independizada Argelia en 1962, seguidos de cerca por otros cientos de miles de argelinos, huyendo de una renovada miseria. Su casco antiguo y sus lindas callejuelas donde perderse –y posiblemente la cartera también-, sus hermosas calas donde leer la magnífica trilogía de serie negra que el mítico escritor Jean Claude Izzo le dedicó a su ciudad en los 90’s. Su equipo de fútbol de quejicas –antes he comprobado que el blog no tenía ningún lector habitual de allí, que no andan muy fino con el tema, a su lado los Ultra Sur parecen bailarinas con tutu-. Y sus preciosas plazas, con innumerables terrazas donde comer la famosa Bouillabaisse –o bullabesa, sopa de pescados-, escuchando a La Grande Sophie y su guitarra rebelde.
Lou Doillon – Places
Ante ayer falleció Kate Barry, fotógrafa británica, residente en París. Se parecía enormemente a Charlotte Gainsbourg y a Lou Doillon, tanto como tres gotas de agua. Tres gotas que tendrían la misma madre, Jane Birkin, la más inglesa de las francesas, o la más francesa de las inglesas. Pero las pequeñas Birkin, aunque esparcidas en distintos entornos y ambientes familiares, no se parecían sólo en el físico. Tenían en común un talento artístico poco común, compartían el gusto por la discreción y las cosas sencillas y mantenían entre ellas una relación de gran amistad y unidad desde siempre. Menudo árbol que él de esta familia y menudos genes. Ella, Kate Barry, hija de Jane Birkin y John Barry, compositor de BSO legendarias, desde James Bond a Out Of Africa. Ella, Charlotte Gainsbourg, hija de Jane Birkin y Serge Gainsbourg, icono de la chanson française, cantante y autor de algunas de las más bellas de ellas. Ella, Lou Doillon, hija de Jane Birkin y de Jacques Doillon, cineasta francés tierno e intimista. Esta última era la más joven de la fratria, yo la conocía poco, pero lo que son las cosas, algunas horas antes de enterarme de la muerte de su hermanastra, me hicieron descubrir el disco de Lou Doillon, Places, publicado en 2012.
Wow.
Madre mía qué disco. Pilló por sorpresa al país vecino, porque a esta artista se la conocía hasta la fecha por su faceta de ninfa Egeria de cineastas y diseñadores de moda. No abrumadoramente guapa, tiene un encanto especial que parece inspirar a muchos creadores. Lo suyo no son las americanadas de mucho presupuesto, más bien las pequeñas películas, donde pone su nombre de “hija de” al servicio de jóvenes directores. Otros más famosos aún, como la casa Givenchy, han hecho de ella desde hace tiempo una especie de embajadora de la elegancia anti bling-bling y del buen gusto. También es amiga de Mila Jovovich, que le pidió en su tiempo ser la modelo para la línea de ropa que diseñó para Mango. En fin, Lou Doillon es una chica sencilla, dicen que simpatiquísima, mama desde los veinte.
Inspirada por su hermanastra Charlotte, en 2011 decide grabar un disco con las composiciones que lleva años escribiendo y trabajando en papel, después de encontrarse en su camino a un galán musical francés, Etienne Daho –Week End à Rome, te acuerdas?-. Este le ayuda a poner orden en lo que son sólo ideas y reminiscencias de sus primeros años, cuando su padre le sentaba en el salón y le pedía que escuchara atentamente a la música que él ponía, desde Chet Baker a Siouxsie & The Banshees, pasando por The Kinks y Patti Smith. Un año después se publica por fin Places –pronunciar a la inglesa-, once canciones de folk rock delicado y ligero, melancólicas, intimistas. El disco se beneficia de unos grandes arreglos, aunque bastaría con su solo talento. Es algo así como la Scarlett Johansson francesa, que también sucumbió a la tentación de pasar a la música, cuando ya era toda una estrella. Con una diferencia, donde Scarlett versiona a su ídolo Tom Waits –eso sí, no las más conocidas, y encima devolviéndolas su lustre perdido-, Lou interpreta sus propias composiciones y textos, con maestría. Hay discos así, que hacen unanimidad, tanto en críticas como en ventas. 200.000 copias se vendieron. 200.001 desde ayer.
Es un disco extremadamente bonito. Places. Apunta, que llega la navidad. Si hace mucho que no te dan un beso con esa mirada un poco especial que te hacía tambalearte no hace tanto, es el momento de lucirte.
Escucha algunos de los temas de Places, el bonito disco de Lou Doillon
William Sheller – Un Homme Heureux
William Sheller. He aquí un músico un tanto particular. No por ser francés – hay franchutes majetes ¿eh?-, sino por lograr componer canciones que no se inscriben en ninguna corriente –es más, muy a menudo totalmente a contra corriente-, de mil estilos distintos, logrando siempre un éxito popular en el que todos los públicos se identifican, gozando de una popularidad sólida, receptor del respeto de toda la industria musical y los medios –nadie habla mal, nunca, de William Sheller, simplemente no se concibe-, con una legión de seguidores fieles, apasionados por el personaje y sus obras, y todo se lo debe a algo que se hace cada vez más raro: el talento. Un talento enorme y una capacidad creativa siempre renovada. William Sheller tiene 67 años y creo que siempre ha estado por ahí en mi entorno musical inmediato. Yo soy fan, a ver si soy capaz de convencerte. Porque claro, lo más probable es que no te suene, no creo que haya traspasado las fronteras francófonas.
Nace en Paris en julio de 1946, de madre francesa y padre americano –un soldado que se quedaría después de la liberación en agosto de 1945, echemos cuenta, este haría algo más que tomar champagne con cierta parisina-. Con tres años, su familia decide probar suerte en los US, en Ohio, donde entablan amistad con músicos de Jazz que suelen invadir el hogar, obligando al pequeño William a quedarse quieto “para no molestar”. Dijo décadas más tarde, que de esta época se quedó, por desgracia, con una aversión total y definitiva por el Jazz –a mi me pasa lo mismo con las judías verdes, que me obligaban a terminar de pequeño, una tortura-. Con siete años se vuelve para Francia, haciéndose mayor en su familia materna, profesionales del teatro. Con diez años decide “ser el nuevo Beethoven o nada”. Sus padres se resignan, hasta tal punto que con 15 años le sacan de la escuela para que se dedique entero a su pasión, el piano y la composición. Pero las cosas no ocurrieron como las imaginaba, un día que su piano estaba en el taller, se fue a ensayar a casa de una amiga, que le hizo descubrir la música pop y rock de la época. En tres horas William Sheller pasó de querer ser compositor clásico a convertirse en rockero. Tiró a la basura toda su formación, y se incorporó a un grupo rock de Niza, los Worst, especialistas en conciertos chungos y cachet miserables. Es cuando William Hand pasa a llamarse William Sheller, nombre procedente del mix de los apellidos del poeta ingles Percy Shelley y del poeta alemán Johan Christoph Friedrich Schiller. Un pelín intelectual sí que era, pero se lo perdonamos.
En 1968, compone una canción, My Year is a Day, que interpretan un grupo formado por americanos residentes en Paris, Les Irresistibles. El tema es un éxito considerable para la época, da la vuelta al mundo y vende lo que no está escrito. Todo el dinero ganado –en esta época los autores sí podían vivir de su trabajo-, lo invierte en la composición de una obra para la misa de boda de una pareja de amigos, Lux Aeterna. Como dijo mucho más tarde, «se vendió menos que jaulas para leones«, sin embargo hoy es una obra de culto, especialmente en Japón –qué cosas, en Japón, ¿por qué será?-. Luego sacó varios singles como cantante, pero no tuvo éxito ninguno, hasta que Barbara –en los medios galos siempre la llaman la Gran Dama de la canción francesa, pero no dicen nunca cuánto mide- se fija en él y le pide participar a la composición de su álbum La Louve. Ella le termina convinciendo para que se ponga de nuevo a cantar, así es como en 1975 publica un single que va a dar mucho que hablar, Rock’n’dollars, en el que se mofa de esta costumbre muy franchute de poner palabras inglesas en las canciones. En mayo, le invitan a un programa de TV muy famoso, al que William Sheller acude, muy nervioso. Justo antes de que le toque salir en directo, se entera de que forma parte de la sección Una Canción Idiota, y se niega. Ante el desastre anunciado, el presentador –Bouvard, toda una estrella en Francia- va a verle y le dice: «deja que el público, no tan tonto como pensamos, decida si tu canción es o no una tontería«. Aceptó el reto, y no se equivocó. Al día siguiente las tiendas de discos tuvieron una avalancha de compradores del disco, de los que se vendieron 500.000 ejemplares en pocas semanas. Yo la conozco como si fuera ayer, me la sé de memoria. Me sonaba a tremendamente nuevo. Fue cuando William Sheller se hizo un nombre para el resto de sus días.
Curiosamente el éxito y los tres años de conciertos y galas que siguieron le asquearon definitivamente de la fama y se prometió no volver a hacer nada tan facilón. Por ello dedicó los siguientes 35 años a hacer la música que a él le gusta, mezclando estilos y géneros, hasta sinfónicos. Y curiosamente sigue teniendo un éxito tremendo. En 1987 publica su octavo disco, Ailleurs, que contiene varios temas sinfónicos, aún cantados por él. Wow, magnífica Excalibur.
Y en 1991, publicó un álbum live con sus mejores canciones que contiene también un tema inédito, Un Homme Heureux. Ays esta canción, buf qué emoción, en mi top 5 canción francesa. El albúm vendió cerca de un millión de copias, por el solo talento de este señor.
Pourquoi les gens qui s´aiment / Sont-ils toujours un peu les mêmes? / Ils ont quand ils s´en viennent / Le même regard d´un seul désir pour deux / Ce sont des gens heureux
Por qué la gente que se ama / casi siempre es la misma / Tienen cuando se vienen / La misma mirada de un solo deseo para dos / Es gente feliz
Te dejo con las cuatro canciones mencionadas en este post. Claro que sigue componiendo y sacando discos, pero me parecen resumir perfectamente la carrera de este artista, tan ecléctico. Soy fan.
Escucha algunas canciones de William Sheller
The Lanskies – 48 Hours
Cuatro grados marca el termómetro fuera. Cuatro. En qué clase de mente enferma cabe que podamos estar un domingo por la mañana con tan poquitos grados? Pero si la vida no es posible por debajo de veinticinco, todo el mundo lo sabe. ¿Entonces, por qué hemos de pasar por esto? Si el frio tuviera alguna función orgánica o una finalidad vital para la raza humana, pues mira, asumes y te aguantas. Pero no, sólo le hace más rico al gallego ese de Inditex. Hasta en Saint-Lô, pueblo francés de la baja Normandía, hace mejor hoy. Diez grados tienen, hombres con suerte, yo firmaba.
No conoces Saint-Lô? Yo tampoco, y eso que en principio lo tengo más fácil. En la escuela en Francia se suele contar la anécdota siguiente: durante la noche del 6 al 7 de junio de 1944, los americanos tenían planeado bombardear la ciudad, ocupada por los soldados alemanes. Pocas horas antes, aviones aliados tiraron papeletas desde lo alto para avisar a la población del bombardeo inminente. Pero aquel día soplaba un viento terrible, y las papeletas se perdieron en la naturaleza. Total? Una ciudad arrasada al 95%, y más de 1.000 civiles muertos. Buf… Hoy se ha reconstruido, claro. Es un pueblo costero de 19.320 habitantes, mirando hacia UK. La cifra no para de bajar, después de un pico de 23.221 en 1975, por qué será? Huirá la gente por la música que se cuece en los bajos de la ciudad? Porque aunque parezca mentira, esta ciudad tristona, sin apenas historia, es cuna de algunas de las bandas rock más prometedoras de la escena del país vecino. Da Brasilians, Belone, The Dadds, The Fuck, Pink Fish, The Lanskies… Saint-Lô tiene la proporción de grupos indie rock más alta de Francia, sin lugar a duda. Cierto que la ciudad apenas tiene oferta cultural o infraestructuras de ocio, así que a la juventud de allí, no les queda más remedio que hacer música.
Y los que mejor lo hacen son los de The Lanskies. Una banda de cinco músicos, tres locales, un alemán –bajista- y un inglés, el cantante. Este habla perfectamente francés –vive allí desde que sus padres decidieron cruzar el Canal de la Mancha para establecerse al sol, juas-, pero canta en inglés, y hace bien; siempre me ha parecido difícil contar en el panorama rock cantando en otro idioma que no sea el inglés. The Lanskies llevan algunos años dando mucho que hablar. Su primer álbum publicado en 2010, Bank Holliday –algunas fuentes dicen que es el segundo, pero el primero se “perdió” por ahí-, tuvo una gran repercusión en Francia. Hacen lo que llaman hot wave, mezcla alegre de la new wave de sus padres y de rock de hoy. Suenan a Arctic Monkeys, o Bloc Party, Kaiser Chief, Franz Ferdinand. El cantante tiene la voz de Robert Smith joven, antes de que se pusiera como una bola, y sus canciones invitan a bailar frenéticamente. Te dejo con el tema que le daba nombre al álbum, Bank Holiday, pero sobre todo con su última creación, publicada hace un mes escaso, 48 hours –no confundir con la de The Clash–.
Hop, sube el volumen, shake the ass, luego zumito y a misa.
Escucha 48 hours, de The Lanskies
Jacno – Rectangle
Cuando Debbie Harry alias Blondie cantaba “Denis Denis, oh with your eyes so blue/Denis Denis, I’ve got a crush on you«, en 1978 en su primer hit europeo, un rumor persistente hasta hoy explicaba que el Denis en cuestión no era otro que Denis Quillard, francés parisino nacido en 1957, músico de culto injustamente tratado por los medios –es decir, olvidado-, precursor y novador, padre de la escena punk y new wave gala, desgraciadamente fallecido de un cáncer hace cuatro años.
A Denis Quillard se le conocía por su mote, Jacno, que había “robado” al artista pintor del mismo nombre, autor del logo de la marca de cigarros francesa Gauloises. Yo de joven llegué a fumar esta marca barata, tabaco negro áspero que, al levantarte por la mañana, te destrozaba la garganta si por desgracia no te había dado tiempo a tomar un café. Después del primer café, sólo te la arrancaba malamente. Eso sí, había una franja –pequeña, pero interesante- de la población femenina, al que le gustaba la idea de salir con un chico que fumaba Gauloises, qué cosas… En fin, total, céntrate un poco Fiouck.
Jacno siempre iba adelantado a su tiempo, de ahí el continuo desencuentro con la mayoría de los periodistas y el gran público. Claro que tenía a sus seguidores, en especial Alain Pacadis, cronista musical dandy de leyenda, night clubber feo y sucio, pilar cultural del diario Liberation –una especie de Diego Manrique, pero versión trash-, que tratará por todos los medios de hacer de Jacno un Elvis dios vivo –Pacadis se pasaba con la leche de soja-. En 1975, Jacno conoce en una manifestación estudiantil a una guapa uruguaya, llegada de Sudamérica cinco años antes, Elli Medeiros. Flechazo -la verdad es que la chica, hoy esposa de Brian de Palma, está guapísima-. A partir de ahí van a vivir como en una película, a cámara rápida. Ese mismo año, crean el grupo Stinky Toys –el nombre es un mix de la famosa marca de cochecitos de plástico Dinky Toys y del grupo punk neoyorquino The New York Dolls-, sacan un par de álbumes con canciones menos punk que rock enérgico pero más elegante –Jacno se parece más a David Bowie que a Johnny Rotten, por eso le gustaba tanto a Debbie Harry-. Los discos no venden, pero su fama en el underground parisino y hasta londinense crece. El 20 de septiembre de 1976, invitados por el manager de los Sex Pistols, el inefable Malcolm McLaren, participan con otros siete grupos en el mítico mini festival The 100 Club Punk Special: Sex Pistols, Clash, Buzzcocks, Siouxsie, Vibrators, Damned. ¡Wow!. La experiencia fue nefasta, el ambiente desastroso, pero para el curriculum, mola.
Ante la falta de reconocimiento y ventas, el grupo se separa, y Jacno aprovecha para sacar un álbum en solitario, en su día nuevamente ignorado, cuando ahora se lo considera como esencial en la evolución de la música rock del país vecino. El disco sólo contenía cuatro canciones, instrumentales, más un tema cantado por Elli Medeiros, con su voz tan alta. Con este disco, Jacno se apropió del legado de Kraftwerk, componiendo cuatro canciones con sonido sintético, frio, repetitivo, hipnótico al vez que melódico. El artista lo hace todo, sintetizadores, guitarras, batería, composición, arreglos y producción. En la portada del álbum, se le ve con un Dinky Toys en la mano. Treinta y cuatro años más tarde, el disco no ha envejecido un ápice, podría ser Air, o Daft Punk – que lo habrán escuchado y re-escuchado-.
En 1980, vuelve a formar un dúo con su amiga, Elli & Jacno. Publican algunos discos con algo más de éxito, pero lo vuelven a dejar en 1985. Jacno sigue con su carrera en solitario, a la vez que empieza a producir algunos artistas franceses con los que conoce, por fin, cierta fama, aunque indirecta. En 1989 saca un nuevo álbum, “T’es loin, t’es près”, que contiene el tema «C’est une chanson», que me gusta mucho, con ese estribillo pegadizo, bonita melodía un tanto nostálgica, que dice: «C’est Une Chanson ….. sur le temps qui passe…. le temps qui file et nous menace…», “Es una canción… sobre el tiempo que pasa… el tiempo que se va, y nos amenaza”. Aff…
Escucha el disco Rectangle, de Jacno
Les Rita Mitsouko – The No Comprendo
Les Rita Mitsouko. El primer concierto que me impactó de lleno. Corría el año 1981 –creo-, llevábamos poco oyendo hablar de este dúo transgresor, yo era incapaz de nombrar o tararear una de sus canciones, pero ya tenían un aura de frescura inconformista que no dejaba de sorprender para una banda francesa. Así que cuando nos enteramos de que se venían a mi ciudad -¡¡a mi ciudad, era como ser de Burgos y tener a Suicide tocando en alguna sala municipal en los 70’s!!-, compramos nuestras entradas religiosamente, contando los días hasta el día D, como los niños antes de su cumpleaños. Y llegó el día.
Habían elegido una sala que ni conocía, llegamos bastante antes, no vaya a ser que hicieran overbooking. Tsss. Así que nos situamos, no delante del todo, pero muy cerca del escenario, y casi centrado. Fue un mazazo en toda regla. En mi –corta- vida había visto y escuchado algo semejante. Era como hacer borrón y cuenta nueva de toda la música que me gustaba. Fred Chichin, el guitarrista, estaba sentado detrás de la cantante, con un Revox –claro, con tanto Smartphone nos hemos olvidado de los fundamentos, un Revox era un lector de cintas de audio muy grandes- reproduciendo la batería, especie de caja de ritmo pre digital. Iba vestido íntegramente de bolsas de plástico del ultramarino de al lado, marca Felix Potin –sería algo así como los Spar de aquí, en más pequeño-. Y Catherine Ringer, la cantante, pasó parte del concierto sentada a horcajadas, ofreciendo sin ningún pudor su intimidad a los espectadores que curiosamente dejaban de bailar el pogo cuando se sentaba. El concierto fue un antes y un después, de repente parecía que en Francia también había artistas chalados, originales y talentosos, que no siempre tenía porque venir de UK –al mismo tiempo se publicó el mítico álbum Play Blessure de Alain Bashung, ya hablaré de ello más adelante, otro mazazo en la producción musical del país vecino-.
Fred Chichin y Catherine Ringer se conocen en la escuela, en 1979. Lo suyo es el arte en todas sus facetas. Tocan música y aprenden a bailar, mientras ella rueda en algunas películas pornográficas para ganarse la vida. La profesora de baile es una joven bailarina y coreógrafa argentina, Marcia Moretto, que les acompaña en los escenarios en los primeros conciertos que dan. Se bautizan Rita Mitsouko, Rita por la actriz Rita Hayworth, y Mitsouko que significa misterio en japonés -pocos años después añadirán la particula Les delante, después de comprobar que el público creía que era el nombre de la cantante-. Desgraciadamente Marcia se muere de un cáncer fulgurante, con tan solo 32 años. Algunos años más tarde, Les Rita Mitsouko se hacen famosos con el tema Marcia Baila, en homenaje a su amiga fallecida. Esta canción se convierte en un hit, iconoclasta y alegre en su composición, trágica en su letra. A partir de ese momento y hasta el fallecimiento del guitarrista en 2007, Les Rita Mitsouko se hacen con el estandarte de una Francia musical que no se resigna a escuchar la pop sosa nacional o de fuera.
En 1986, el dúo saca The No comprendo, su mejor álbum, del que se extraen los tres singles que forman parte de la leyenda del grupo: C’est Comme Ça, Andy, Les Histoires d’A. El disco se graba en el domicilio del grupo, proceso íntegramente rodado por Jean Luc Godard, el cineasta de la Nouvelle Vague de los 60’s por excelencia, cuyo resultado se montó como película, Soigne Ta Droite. Producido por Toni Visconti –sí, el de Bowie y de T-Rex en los 70’s-, el álbum es un exitazo en Francia. Rock, funk, punk, ofrece una variedad de canciones irrepetibles e inimitables, locas y barrocas. Obra maestra en su género, Rolling Stones lo clasificó como el séptimo mejor disco de rock del país. Un torbellino gozoso.
Venga, dale fuerte, luego zumito y a misa. C’est comme ça.
Escucha las mejores canciones de The No Comprendo, por LEs Rita Mitsouko




