Giuseppe Verdi – Requiem

Hoy me he morido, tal como podía haber dicho Howard Buten en su fabulosa novela Cuando Yo tenía Cinco Años Me Maté. El Tomate cretino en entredicho. Pido a dios Elvis que me fulmine sin juicio, que caigan sobre mi humilde persona 25.000 voltios rock’n’rolleros y redentores. Me han desenmascarado. Pillado infraganti me quedo. Fiouck al descubierto, el fracasado, incapaz de ir hasta el final de su sueño idiota de dedicar 1.000 entradas seguidas a 1.000 grupos distintos. Estoy acabado. Tan cerca estaba…

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James Rhodes – Beethoven

Cuando era un chaval, era un lector ávido de los Comics de Marvel. Mi preferido era Iron Man, sin duda. La de veces que me miré el torso en busca del artilugio circular por donde iba a salir el láser redentor. A la larga lista de profesores que soñaba con pulverizar con mi rayo vengador, había añadido aquel policía que me había multado por cruzar un paso peatonal montado en la bici. Pero en su lugar empezaron a aparecer algunos pelillos y al final me conformé con ellos, en el fondo iba a ser un hombre, qué guay.

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Berlioz – Marcha Fúnebre

Bajaría la guardia un instante, no dejaría de ser un pequeño momento de distracción cuando estaba a puntito de resolver las grandes cuestiones del universo –cosa que suelo hacer cada vez que salgo a por el pan-. El estaría ahí al acecho, esperando el pequeño descuido fatal. Claro que en ese momento no noté nada, los agujeros negros y los cuásares estaban a punto de desvelar sus secretos. Francamente para qué me iba a preocupar por un virus diminuto con colmillos afilados y garras sucias.

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Frederic Chopin – Nocturnos

Lo vais a pagar por haber insultado al profeta”, escupieron antes de matar a quemarropa a doce inocentes. Cuando los pille la policía -no me imagino otro desenlace, a no ser que su cobardía no tenga límites y se peguen un tiro-, se instruirá la causa, se les nombrará un abogado, se buscarán y aportarán atenuantes si los hay, se debatirá, asegurándose el marco judicial de que todos los que tengan algo que decir puedan hacerlo desde el máximo respeto a las leyes, rendirán cuentas ante la justicia terrestre y pagarán por sus terribles crímenes. Asumiendo que quedará impune el insulto a nuestro apego indefectible por la libertad, les veremos aterrizando en alguna celda, en las que la administración penitenciaria tendrá a bien ponerles Frederic Chopin, única forma de que algún día sean capaces de captar cuan hermosa puede ser la vida.

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Igor Stravinski – La Consagración De La Primavera

Año tropecientos mil. Un platillo volante pequeñito trata de hacer trampa y zigzaguea desesperadamente para no ser engullido por otro platillo volante enorme, dirigido por un tipo vestido de negro, con casco de plástico inverosímil, respiración bucal ruidosa –tiene que oler a cuadra ahí dentro- y una mala leche que enfría las aspiraciones de cualquier tripulante a convertirse en Almirante. En el pequeñito, una chica con peinado espantoso da sus últimas instrucciones a dos artilugios pre-iPhone –un quejica chapado en oro que se hace llamar Ronaldo C3PO y otro que no hay quien le entienda-, antes de expulsarlos del platillo hacia un planeta desértico. Ahí dan sus primeros pasos en la arena al son de una música ligera de Igor Stravinski.

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Gustav Mahler – Adagietto – Sinfonía nº 5

¿Sábado de cine? Tengo algunas asignaturas pendientes y va siendo hora de remediarlo. Es un reto, llevo veinte años diciéndolo y sigo sin hacer nada. Por ejemplo, no he visto nunca Lo que el Viento se Llevó. Sí, hay gente que nunca la ha visto. De hecho estoy pensando en crear una asociación; a cambio de una pequeña cuota anual, cada miembro recibiría una bonita camiseta “¿¿Gone With What??” Quedaríamos todos una vez al mes, delante de un cine donde se proyecta, y en el último instante cambiaríamos de sala para ir a ver una de Chuck Norris –el único hombre que duerme con un colchón debajo de su pistola-.

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