William Sheller – Un Homme Heureux

William Sheller. He aquí un músico un tanto particular. No por ser francés – hay franchutes majetes ¿eh?-, sino por lograr componer canciones que no se inscriben en ninguna corriente –es más, muy a menudo totalmente a contra corriente-, de mil estilos distintos, logrando siempre un éxito popular en el que todos los públicos se identifican, gozando de una popularidad sólida, receptor del respeto de toda la industria musical y los medios –nadie habla mal, nunca, de William Sheller, simplemente no se concibe-, con una legión de seguidores fieles, apasionados por el personaje y sus obras, y todo se lo debe a algo que se hace cada vez más raro: el talento. Un talento enorme y una capacidad creativa siempre renovada. William Sheller tiene 67 años y creo que siempre ha estado por ahí en mi entorno musical inmediato. Yo soy fan, a ver si soy capaz de convencerte. Porque claro, lo más probable es que no te suene, no creo que haya traspasado las fronteras francófonas.

Nace en Paris en julio de 1946, de madre francesa y padre americano –un soldado que se quedaría después de la liberación en agosto de 1945, echemos cuenta, este haría algo más que tomar champagne con cierta parisina-. Con tres años, su familia decide probar suerte en los US, en Ohio, donde entablan amistad con músicos de Jazz que suelen invadir el hogar, obligando al pequeño William a quedarse quieto “para no molestar”. Dijo décadas más tarde, que de esta época se quedó, por desgracia, con una aversión total y definitiva por el Jazz –a mi me pasa lo mismo con las judías verdes, que me obligaban a terminar de pequeño, una tortura-. Con siete años se vuelve para Francia, haciéndose mayor en su familia materna, profesionales del teatro. Con diez años decide “ser el nuevo Beethoven o nada”. Sus padres se resignan, hasta tal punto que con 15 años le sacan de la escuela para que se dedique entero a su pasión, el piano y la composición. Pero las cosas no ocurrieron como las imaginaba, un día que su piano estaba en el taller, se fue a ensayar a casa de una amiga, que le hizo descubrir la música pop y rock de la época. En tres horas William Sheller pasó de querer ser compositor clásico a convertirse en rockero. Tiró a la basura toda su formación, y se incorporó a un grupo rock de Niza, los Worst, especialistas en conciertos chungos y cachet miserables. Es cuando William Hand pasa a llamarse William Sheller, nombre procedente del mix de los apellidos del poeta ingles Percy Shelley y del poeta alemán Johan Christoph Friedrich Schiller. Un pelín intelectual sí que era, pero se lo perdonamos.

En 1968, compone una canción, My Year is a Day, que interpretan un grupo formado por americanos residentes en Paris, Les Irresistibles. El tema es un éxito considerable para la época, da la vuelta al mundo y vende lo que no está escrito. Todo el dinero ganado –en esta época los autores sí podían vivir de su trabajo-, lo invierte en la composición de una obra para la misa de boda de una pareja de amigos, Lux Aeterna. Como dijo mucho más tarde, «se vendió menos que jaulas para leones«, sin embargo hoy es una obra de culto, especialmente en Japón –qué cosas, en Japón, ¿por qué será?-.  Luego sacó varios singles como cantante, pero no tuvo éxito ninguno, hasta que Barbara –en los medios galos siempre la llaman la Gran Dama de la canción francesa, pero no dicen nunca cuánto mide- se fija en él y le pide participar a la composición de su álbum La Louve. Ella le termina convinciendo para que se ponga de nuevo a cantar, así es como en 1975 publica un single que va a dar mucho que hablar, Rock’n’dollars, en el que se mofa de esta costumbre muy franchute de poner palabras inglesas en las canciones. En mayo, le invitan a un programa de TV muy famoso, al que William Sheller acude, muy nervioso. Justo antes de que le toque salir en directo, se entera de que forma parte de la sección Una Canción Idiota, y se niega. Ante el desastre anunciado, el presentador –Bouvard, toda una estrella en Francia- va a verle y le dice: «deja que el público, no tan tonto como pensamos, decida si tu canción es o no una tontería«. Aceptó el reto, y no se equivocó. Al día siguiente las tiendas de discos tuvieron una avalancha de compradores del disco, de los que se vendieron 500.000 ejemplares en pocas semanas. Yo la conozco como si fuera ayer, me la sé de memoria. Me sonaba a tremendamente nuevo. Fue cuando William Sheller se hizo un nombre para el resto de sus días.

Sheller un homme heureux

Curiosamente el éxito y los tres años de conciertos y galas que siguieron le asquearon definitivamente de la fama y se prometió no volver a hacer nada tan facilón. Por ello dedicó los siguientes 35 años a hacer la música que a él le gusta, mezclando estilos y géneros, hasta sinfónicos. Y curiosamente sigue teniendo un éxito tremendo. En 1987 publica su octavo disco, Ailleurs, que contiene varios temas sinfónicos, aún cantados por él. Wow, magnífica Excalibur.

Y en 1991, publicó un álbum live con sus mejores canciones que contiene también un tema inédito, Un Homme Heureux. Ays esta canción, buf qué emoción, en mi top 5 canción francesa. El albúm vendió cerca de un millión de copias, por el solo talento de este señor.

Pourquoi les gens qui s´aiment / Sont-ils toujours un peu les mêmes? / Ils ont quand ils s´en viennent / Le même regard d´un seul désir pour deux / Ce sont des gens heureux

Por qué la gente que se ama / casi siempre es la misma / Tienen cuando se vienen / La misma mirada de un solo deseo para dos / Es gente feliz

Te dejo con las cuatro canciones mencionadas en este post. Claro que sigue componiendo y sacando discos, pero me parecen resumir perfectamente la carrera de este artista, tan ecléctico. Soy fan.

 

 

Escucha algunas canciones de William Sheller

Frankie Goes To Hollywood – Relax

Ayer falleció Doris Lessing, con 94 años. Recuerdo muy bien a esta escritora británica, nobel de literatura en 2007, Príncipe de Asturias 2001, clasificada #5 de los escritores ingleses desde 1945 por The Times, de joven en casa invadió mi espacio masculino de la mano de los miembros femeninos de mi universo familiar, como motor y estandarte del feminismo en los sesenta, a la altura de Simone de Beauvoir. Yo apoyo cualquier iniciativa que se proponga defender la condición femenina –quitando a algunas histéricas que consiguen justo lo contrario-, así que sé que algún libro de ella habré leído, pero soy incapaz de decir cuál. Muy mal lo sé. Navegando por ahí para refrescar mi memoria, me he dado cuenta de que curiosamente, de los más de sesenta libros y ensayos que publicó a lo largo de su vida, sólo uno se llevó a la gran pantalla, hace muy pocos meses y, con una BSO que, más curioso aún, contiene una canción que llevaba tiempo pensando en publicar en este blog.

The Grandmothers, es una recopilación de cuatro novelas cortas escritas hace menos de diez años. Una de ellas cuenta como dos mujeres se enamoran locamente del hijo de la otra, formando una pareja de cuatro con relaciones cruzadas. Por lo que he podido leer, los más trastornados por la situación parecen ser los dos chicos, qué cosas. A lo que iba, en abril salió una adaptación al cine, Perfect Mothers, realizada por una directora francesa, Anne Fontaine, con Naomi wow wow Watts y Robin wow wow wow Wright. La BSO no es nada del otro mundo –Cut Copy, The Bamboos, Kirsty MacColl-, si no fuera por el famosísimo Relax, de Frankie Goes To Hollywood.

A ver. Que quede claro, no me gusta ni la canción ni el vídeo, y es cansino el ambiente gay con gorro de cuero propio de principios de los 80, pero hay que reconocer que en su día, fue un mega hit y lo quiera(s) o no, forma parte de este good ol’time. FGTH se forma en 1980 en Liverpool –y yo que estaba seguro de que eran yankees-. Eligen este nombre después de ver un artículo en The New Yorker con este titular y una foto de Sinatra –el magazine aclaró posteriormente que no había artículo, tan sólo una obra gráfica de un artista belga llamado Guy Peellaert-. Durante un tiempo intentan colar su música en las oficinas de las discográficas, pero su actitud provocadora provoca –bonita reiteración Fiouck, se ve que no te mola mucho el grupo- un rechazo unánime. En febrero de 1983, a raíz de la programación de una John Peel Session grabada pocos meses antes, se deja convencer Trevor Horn –ex miembro de Bugles y dueño del sello ZTT, editor de Propaganda y Art Of Noise– y les firma un contrato para la publicación de un primer álbum, Welcome to the Pleasuredome.

Relax

En octubre de 1983, sale a la venta la canción Relax. No arrasa, sigue un camino lento pero digno en las listas de venta, sin deslumbrar. Sube hasta el #35 de los charts y ahí parece que se acaba la historia del tema, hasta que en enero de 1984, la BBC lo programa en Top of the Pops, que propulsa la canción hasta el #6 en poquitos días. Pero ahí no queda la cosa. Pocos días después, un DJ cretino de la BBC, Mike Read, mientras la estaba pinchando, descubre con horror la portada del disco –muy bonita por cierto-, y se declara ultrajado por la connotación sexual de la misma. Inmediatamente el tema y el grupo se ven baneados de antena, y ya lo sabemos, nada mejor que este tipo de publicidad para que un disco venda. Se instala al rato en el puesto #1 y ahí se queda 6 semanas, antes de invadir el resto del planeta, vendiendo millones de copias. La recuerdo como una de las canciones que más salía en la radio en esta época, no había forma de escapar de ella. Anunció un cambio radical en la música, durante algunos años el rock fue ninguneado, sólo valía esta pop sosa, muy bien hecha pero sosa –Pet Shop Boys, Erasure, etc-. Luego sacarían más hits, como Two Tribes, Rage Hard, The Power of Love, y plof, desaparecieron a los pocos años. Adiós FGTH, adiós…

 

 

Escucha Relax, de Frankie Goes To Holywood.

 

The Lanskies – 48 Hours

Cuatro grados marca el termómetro fuera. Cuatro. En qué clase de mente enferma cabe que podamos estar un domingo por la mañana con tan poquitos grados? Pero si la vida no es posible por debajo de veinticinco, todo el mundo lo sabe. ¿Entonces, por qué hemos de pasar por esto? Si el frio tuviera alguna función orgánica o una finalidad vital para la raza humana, pues mira, asumes y te aguantas. Pero no, sólo le hace más rico al gallego ese de Inditex. Hasta en Saint-Lô, pueblo francés de la baja Normandía, hace mejor hoy. Diez grados tienen, hombres con suerte, yo firmaba.

No conoces Saint-Lô? Yo tampoco, y eso que en principio lo tengo más fácil. En la escuela en Francia se suele contar la anécdota siguiente: durante la noche del 6 al 7 de junio de 1944, los americanos tenían planeado bombardear la ciudad, ocupada por los soldados alemanes. Pocas horas antes, aviones aliados tiraron papeletas desde lo alto para avisar a la población del bombardeo inminente. Pero aquel día soplaba un viento terrible, y las papeletas se perdieron en la naturaleza. Total? Una ciudad arrasada al 95%, y más de 1.000 civiles muertos. Buf… Hoy se ha reconstruido, claro. Es un pueblo costero de 19.320 habitantes, mirando hacia UK. La cifra no para de bajar, después de un pico de 23.221 en 1975, por qué será? Huirá la gente por la música que se cuece en los bajos de la ciudad? Porque aunque parezca mentira, esta ciudad tristona, sin apenas historia, es cuna de algunas de las bandas rock más prometedoras de la escena del país vecino. Da Brasilians, Belone, The Dadds, The Fuck, Pink Fish, The Lanskies… Saint-Lô tiene la proporción de grupos indie rock más alta de Francia, sin lugar a duda. Cierto que la ciudad apenas tiene oferta cultural o infraestructuras de ocio, así que a la juventud de allí, no les queda más remedio que hacer música.

The Lanskies 48 hours

Y los que mejor lo hacen son los de The Lanskies. Una banda de cinco músicos, tres locales, un alemán –bajista- y un inglés, el cantante. Este habla perfectamente francés –vive allí desde que sus padres decidieron cruzar el Canal de la Mancha para establecerse al sol, juas-, pero canta en inglés, y hace bien; siempre me ha parecido difícil contar en el panorama rock cantando en otro idioma que no sea el inglés. The Lanskies llevan algunos años dando mucho que hablar. Su primer álbum publicado en 2010, Bank Holliday –algunas fuentes dicen que es el segundo, pero el primero se “perdió” por ahí-, tuvo una gran repercusión en Francia. Hacen lo que llaman hot wave, mezcla alegre de la new wave de sus padres y de rock de hoy. Suenan a Arctic Monkeys, o Bloc Party, Kaiser Chief, Franz Ferdinand. El cantante tiene la voz de Robert Smith joven, antes de que se pusiera como una bola, y sus canciones invitan a bailar frenéticamente. Te dejo con el tema que le daba nombre al álbum, Bank Holiday, pero sobre todo con su última creación, publicada hace un mes escaso, 48 hours –no confundir con la de The Clash.

Hop, sube el volumen, shake the ass, luego zumito y a misa.

 

 

Escucha 48 hours, de The Lanskies

 

Michel Legrand – Verano del 42

Volvamos al aire libre, dejemos los barbudos retrasados mentales de ayer, e interesémonos por un imberbe de quince años. Hermie, así se llama, con sus dos amigos de toda la vida, pasa el verano en la isla de Nantucket, en frente de las costas de Massachusetts –es extremadamente difícil escribir bien este estado americano, yo lo consigo, paz en el mundo-. Estamos en 1942, verano del 42, la segunda guerra mundial hace estragos a 6000 kms de aquí, pero Hermie tiene otras preocupaciones. Le hierve la sangre, no tanto por el calor de fuera, sino por las chicas que le rodean. Se levanta febril, acorralado por miles de tetas felinianas, y se acuesta enfermizo, perseguido por cientos de culetes joviales –yaaaaaa, y quéééé, es asíííí, yo también pasé por esto-. Hasta que un día se queda fulminado –y atontado bien hay que decirlo, es algo horripilante el chaval- después de ver a su vecina de playa.

La vecina mola, claro está. Tiene el doble de años que el pobre Hermie, al que sus amigos tienen que venir a arrancar de la duna, cuando ya llevaba 4 días petrificado en su toalla de los Nets. Babeando. Una sonrisa idiota en la cara. El nirvana veraniego. “Me puedo morir”, se le puede oír gemir de vez en cuando. Quien sí ha fallecido es el marido de la moza en cuestión, al igual que miles de sus compatriotas mandados a Europa en socorro de un continente a la deriva. Así que cuando él se entera de la triste noticia, la consuela durante una noche, como haría cualquier hombre con su amada, pero cuando se despierta al día siguiente, ve como ella ha desaparecido, para siempre. Buf, pobre Hermie.

un été 42

De hecho, parece que Verano del 42 fue una película nefasta para casi todos, menos el compositor de la música, el francés Michel Legrand. Después del golpe maestro que representaba la película, a Gary Grimes –Hermie- no se le volvió a ver, o casi. A Jennifer O’Neil le pasó tres cuartos de lo mismo, más o menos. El Director, Robert Mulligan, después de ser nominado por segunda vez a un Golden Globe Award, nunca más volvió a brillar. Así que de la película queda una BSO hermosa, nostálgica a más no poder, que le valió a Michel Legrand el segundo Óscar de su carrera.

Michel Legrand, hijo del compositor Raymond Legrand y de la hermana del Director Jacques Hélian, estudió el piano y la composición en el Conservatorio de Paris, de 42 a 49, recibiendo clases de la mismísima Nadia Boulanger –buf, me hago viejo, es la tercera vez que se habla de ella en esta semana-. Su hermana Christiane fue miembro de la banda de jazz Double Six y las Swingle Singers, durante los años 50. Después de la segunda guerra mundial, dedica varios años a mejorar su estilo y el aprendizaje de varios instrumentos. En 1951 empieza a componer y arreglar temas para orquestas de su padre, quien le introduce en el mundillo de la chanson “ligera”, como Maurice Chevalier. Tres años más tarde, un disco con versiones jazz de canciones francesas, publicado por el sello americano Columbia, es un tremendo éxito, con más de ocho millones de álbumes vendidos. En los años siguientes, se codea con los más grandes, Miles Davis, John Coltrane, Bill Evans, convirtiéndose en el primer europeo en trabajar con los maestros del Jazz.

A partir de 1960, cambia radicalmente el rumbo de su carrera y empieza a dedicarse totalmente a la música de películas. Al principio para Directores franceses –Agnes Varda, Jean Luc Godard, Jacques Demy, etc-. Después de conocer la gloria en Francia por la BSO de Les Parapluies de Cherbourg, decide probar suerte en los US. Contando con la amistad de Quincy Jones y Henry Mancini, Michel Legrand logra hacerse un hueco, empezando por la BSO de El Caso de Thomas Crown, que le vale un primer Óscar. Dos años más tarde, recibe el mismo galardón por Verano del 42 –se llevará una tercera estatua por Yentl, con Barbara Streisand, en 1983, y culminará con veintisiete Grammy Awards en toda su carrera-.

La canción principal de Verano del 42, que dejo para escuchar, me es muy especial, por nada en particular, simplemente me suena tremendamente nostálgica y emocionante. La película es indiscutiblemente bonita, pobre chaval, pobre mujer, la vida es una mierda, ¿verdad?

 

 

Escucha Verano del 42, de Michel Legrand

 

Rock School Kabul

Cada cual vive su vida agarrándose a su particular escala de valores humanos. Humano, es decir, el valor por encima de cualquier otra consideración social, cultural, religiosa, etc. Una especie de escala de Richter de la empatía al revés, partiendo desde arriba, donde la gente buena de verdad, bajando por escalones dignos –estando yo en uno de estos, di que sí-, siguiendo por peldaños cada vez más resbaladizos y menos relucientes, adentrándose por pisos sin mucha luz, donde reina la maldad y la vileza, bajando, bajando y bajando hasta el último eslabón, donde los psicópatas, el terror, el dolor. Una singularidad, desde donde la luz no escapa, y donde la vida tiene un valor muy relativo, prácticamente insignificante. Sin embargo, si te fijas bien, en el suelo, se vislumbra una trampilla de madera, pesada, húmeda, fría, casi sellada en el suelo; si te da por levantarla, aparta la nariz mientras exhala aire corrompido. ¿No los ves allí abajo? Enciende una cerilla y acércala, sí, allí están, los Talibanes.

Mezclados, eso sí, con primos no muy lejanos –en la actitud y las enseñanzas- de otras ramas religiosas. Cuando me refiero a ellos, no pretendo meterme en creencias, en fe. Me la refanfinfla, mi ateísmo feliz me lo impide. Hablo de las desviaciones que los extremismos generan, y la prohibición absoluta de cualquier deseo de enriquecer su vida con otra cosa que no sea la palabra de Dios, Allah, Yave, etc. Y ya que estamos en un blog de música, hablemos de los Talibanes y la música –en otro post hablaré de los judíos ortodoxos, y los católicos fundamentalistas, no temes-.

«Talibanes y la música, toma 1…  ¡Acción!… ¡Corten!. Recoged todo el material, se acabó el reportaje». Es que es así, no hay nada que contar sobre la música en el mundo de los Talibanes. Se inventaron un ministerio llamado “Ministerio para la promoción de la virtud y la represión del vicio”. Este organismo prohibió el teatro, el cine, la televisión, los ordenadores, las cámaras de foto, los reproductores de cintas. Animó la quema de instrumentos de música y los cassettes, fomentó la violencia contra los músicos y su encarcelamiento, pidió a la población que rapara la cabeza de los que todavía se atrevían a escuchar música, aunque fuera religiosa. Convirtieron a Mozart, Ravi Shankar, The Rolling StonesA.R. Rahman, NirvanaNusrat Fateh Ali Khan, U2Um Kalsum y millones de creadores de emoción, belleza y sentimientos, en el blanco de la ira de algunos miles de locos de otro planeta. Fuck The Talibans.

Rock school Kabul

A qué viene todo esto? A que aún así, a veces, parece que un destello de luz sí sale de la cueva. Si bien la sociedad de Kabul sigue siendo muy conservadora, los Talibanes ya no mandan tanto. Menos aún en la Rock School Kabul. Abierta hace dos años, en el salón de una casa de la capital afgana, de la mano de uno de sus fundadores Humayun Zadran, esta escuela tan particular acoge hoy a cerca de 40 alumnos, que ensayan todo el día con los instrumentos que se han podido salvar. We Will Rock You, de Queen, tiene la palma. Pero también suena Knocking’On Heaven’s Door, de Dylan. Y Linkin Park. Y heavy metal, interpretado por chavales que no llegan a diez años. En las paredes se han pintado graffitis en honor a los héroes de esta juventud afgana que se atreve, en especial un retrato inmenso en blanco y negro de Jack y Meg White, de The White Stripes. Todo hecho posible gracias a las donaciones de entidades privadas o públicas de fuera, como el Banco Mundial, de la ONU, y al compromiso hermoso de extranjeros que dedican su vida a enseñar la música a los novatos del barrio. Como Robin Ryczek, violoncelista norteamericana de Bostón, 29 años, que decidió marcharse a Afganistán después de una única llamada de un amigo con el que había viajado a Oriente Próximo años antes. Me quito el sombrero, Madame.

Así que hoy, no propongo ningún disco o canción para escuchar en especial. Un día señalado para escuchar toda la música del mundo, pensando en que no todo el mundo lo tiene tan fácil. Viva la música. Viva las músicas, y Fuck the Talibans. Rock’n’Roll.

 

keith Jarrett – The Köln Concert

En la segunda mitad de los años 60, Keith Jarrett solía tocar en uno de los múltiples garitos Jazz del barrio latino de París -St Germain-, el Cameleón. Ahí empezaba a deslumbrar con su particular técnica, muchas veces basada en la más absoluta improvisación. Hubo una época en la que venía a escucharle todas las noches el mismísimo Miles Davis. Un día se le acercó, a medio camino entre fascinado e intrigado, y le preguntó: “¿Cómo lo haces? ¿Cómo puedes tocar a partir de nada?”. Keith le contestó: “No lo sé. Porque la pregunta no es esa, la realidad es la de saber si un músico concibe la nada como la falta de algo, o como un ‘lleno’ que surge espontáneamente”. Este es el post nº 281 del blog, y posiblemente sea esa la frase más inteligente que en él se ha leído. Bueno, naturalmente quitando algunos chascarrillos que he ido soltando por ahí, ¿eh?

Keith Jarrett va para sus 70. Vive aislado, cerbero de su propia vida privada, a hora y media de Nueva York, en medio de bosques y lagos, en una finca muy grande, protegida de los curiosos por un alambrado no muy acorde con la idea que se hace uno de uno de los grandes pianistas de este siglo. Corren leyendas sobre esta mansión, se cuenta que tiene un salón con grandes ventanales abiertos hacia la naturaleza, con dos Steinway & Sons cara a cara, uno negro y otro blanco. Leyenda total, no existe esta habitación. En su fortín, recibe poco, menos a los medios, pero cuando lo hace, se sincera. Hace más de quince años, casi le hunde una enfermedad rara, que los médicos terminaron llamando el síndrome de la fatiga crónica. Tardo años en salir de ella, en base a pelear, mucho pelear. Desde hace diez años, ha vuelto a componer, y sobre todo, lo que más le gusta en la vida, a improvisar.

La improvisación es un arte que pocos pianistas manejan como Keith Jarrett. Improvisar no es otra cosa que sentarse frente a un instrumento, en este caso el piano, sin tener ni la más mínima idea de qué tocar, y ofrecer una actuación coherente, potente, bonita, emocionante. Su formación de pianista clásico le ayuda mucho, porque requiere una gran técnica. Empezó muy joven, con tres años, y con ocho dio su primer concierto clásico, en su ciudad natal de Allentown, en Pensilvania. En esta primera actuación, tocó Bach, Mozart, y terminó por dos obras suyas, siendo una de ellas improvisada. Ocho años. Wow. Con diecisiete años, rechazó una beca para ir a París a estudiar en la escuela de Nadia Boulanger –ya mencionada en este blog varias veces como una de las profesoras de piano más legendarias del siglo XX-. Más adelante, sí aceptó entrar en la Berklee School de Bostón –los más asiduos recordarán que esta escuela ya se mencionaba ayer en el post dedicado a Esperanza Spalding-. Una vez adulto, pasa del clásico al jazz, y empieza a tocar con bandas de todo tipo, en las que su arte termina quitándole el estrellato a músicos mucho mayores. Muy al principio de los 70’s, se convierte en paralelo en el pianista de la formación de Miles Davis. Dos años más tarde, logra grabar su primer disco, con sus primeras composiciones, directamente de la mano de uno de los productores musicales de jazz más afamado, Manfred Eicher, dueño del prestigioso sello del mismo nombre. Es este mismo Manfred Eicher, que, tres años más tarde, grabará el famoso concierto The Köln Concert, uno de los discos más famosos de la música moderna.

Keith Jarret the koln concert

En enero de 1975, la Ópera de Colonia invita a Keith Jarrett a dar un recital, durante la gira que el músico está realizando en Europa, desde dos años atrás. Un concierto y la grabación resultante se hacen famoso, al margen de la calidad de la actuación y la grabación, cuando todo está en su contra. Aquel día el artista se sentía fuera de lugar, agotado por la falta de sueño, con dolores de espalda, pero sobre todo particularmente enfadado por la calidad del piano que la organización le había dejado para la ocasión, muy alejada de lo que él había solicitado, todo por culpa de una huelga de transporte. Hasta el último momento estuvo dudando entre tocar o marcharse. Finalmente, se sentó frente al piano, y empezó reproduciendo las cuatro notas de la musiquilla de llamada a la orden del recinto musical. El público primero se extrañó, pero pronto se dejó invadir por esta extraña sensación de estar presenciando algo inmenso, mágico, casi de ciencia ficción, más de una hora de música improvisada de la primera a la última nota. Aquella noche Manfred Eicher y el técnico de sonido Martin Wieland hicieron malabarismo para grabar el concierto de la mejor forma posible, y pasaron días encerrados en el estudio para sacar el mejor sonido posible. Desde su publicación, The Köln Concert es con creces el disco de jazz, pero también el disco de piano, más vendido de la historia. Más de tres millones y medio de ejemplares. El disco que posiblemente más hizo para acercar un público inepto –como yo, dirán algunos lectores, ajem- al jazz.

Keith Jarrett, después de salir de su enfermedad, volverá a repetir la hazaña en 2002, en Japón, en dos actuaciones igual de legendarias. Pero el disco que abrió el camino y se quedará para la eternidad es el de Colonia. Fabulosa obra. Lamentablemente sólo tengo la Part II a para proponerte. Aunque esta es la que más me gusta a mi. De joven tenía el vinilo, uno más que se me fue, desesperante.

 

 

Escucha parte del Köln Concert, de Keith Jarrett

Esperanza Spalding – Black Gold

Casi casi le gana Dante di Blasio a Esperanza Spalding, por el premio al pelo afro más abultado. Dicen que el padre del chaval ganó los recientes comicios en la ciudad del CBGB gracias, en parte, a esta enorme bola de pelo que luce su retoño desde hace años -tendrá Álvaro Ramírez de Haro Aguirre que lucir dreadlocks o una cresta rosa para que su madre se meta a España en el bolsillo?-. No sé si un corte de pelo puede influir en unas elecciones, lo que tengo claro es que Esperanza Spalding no debe su creciente fama a su particular melena, sino sólo a su enorme talento para darle un aire fresco al jazz y por tocar como pocos un instrumento que duplicará a la artista en peso y volumen.

Dice esta norteamericana que oyó la llamada de la música clásica con cinco años, al ver en la tele un programa infantil en el que actuaba Yo Yo Ma, francés de origen chino afincado en los US, posiblemente el mejor violonchelista de este siglo. Hace de ello veinticuatro años –esto para que calcules su edad-. A raíz de ello, su madre la inscribió a un curso gratuito de la comunidad para que aprendiera el violín –no fluía precisamente el dinero en este barrio pobre de Portland, en el que su madre muchas veces le ordenaba que agachara la cabeza en casa para evitar balas perdidas-, y desde el principio mostró grandes dotes. En un campamento de verano, compuso un pequeño quinteto en un mini concurso, pero le dieron el premio a otro chaval por no creer que la obra fuera de ella. Siguió sus estudios de música clásica hasta entrar, gracias a una beca, en la escuela Berklee de Boston, con 16 años. Cuatro años más tarde, se convirtió en la profesora más joven del prestigioso centro.

Pocos años antes, había descubierto por casualidad el contrabajo, y se hizo con él. En paralelo también se puso a cantar, por obligación, para tocar en bandas y ganar el dinero de su alquiler. Se unió a un grupo de jazz que buscaba a un bajista y un cantante, se propuso cumplir con ambas tareas. A partir de ese momento, creció su fama, y su pelo. Hoy se la considera como a una grande. La revista Down Beat, que será algo así como el NME del rock, la sitúa en el #5 de las mejores bajistas, y en también en el #5 de las vocalistas –detrás de grandes voces como la de Dee Dee Bridgewater-. Y con tan sólo 29 años. Sin embargo huye del estrellato y de los focos, lo suyo es la humildad y la reflexión sobre el jazz. Es consciente que la palabra Jazz en sí no ayuda, que muchas veces tiene “estereotipo negativo y connotación pesada”, tal como reconoce. También le enerva sobremanera que se tache de pop la música que hace. Sólo quiere que se le escuche y se disfrute, sin etiquetas.

Esperanza spalding black gold

En 2009, Obama le pidió expresamente que tocara durante la ceremonia de entrega del Nobel de la Paz –menuda farsa, cuando te enteras del caso Snowden-. Acudió, sin más entusiasmo, porque, como dice ella, es ciudadana americana porque paga sus impuestos allí, pero no se siente identificada con la política de su país. En 2010, es Prince quien la llamó, para que ensayaran juntos, en sesiones privadas; luego tocaron en alguna gala, ella asombrada por estar codeándose con él. En 2011, por su álbum Chamber Music Society, el tercero de su carrera, ganó el Grammy a la mejor artista revelación, delante de Justin Bieber –no, no diré ninguna burrada sobre este engendro-. En 2012, toca en la sala Joy de Madrid, y en más lugares de España, ella tan feliz. En 2013 Fiouck le dedica un post en su blog. Jatetú la progresión en cinco años. Va para grande la moza.

Luego vendrán los fans de la primera hora a tirarme de la oreja por la canción que te dejo escuchar. Es cierto, no es posiblemente la más representativa de su repertorio, pero como ella dice, “hay que escuchar y disfrutar”. Esperanza Spalding, a dúo con Algebra Blesset, interpretando Black Gold. Súper bonita.

 

 

Escucha Black Gold, de Esperanza Spalding