Sí, lo sé, The Who ya ha estado en el blog anteriormente. Pero en el fondo esta norma de no repetir un artista en los 1.000 posts previstos no está escrita, me la inventé yo y la asumes tú. Pues me invento otra, hala; hop. Que no, de cómoda nada, sólo corresponde a una necesidad puntual, muy puntual, de poder destacar un disco que, aunque inicialmente publicado como vinilo, forma parte del legado rock’n’roll y cultural –aunque sea mío- por transformarse luego en película de culto, esencial, madre de mil vocaciones y pasiones –aunque sean mías-. Tommy, posiblemente el disco que más hizo para que Fiouck amara el rock’n’roll y pudieras tú disfrutarlo leyéndolo a diario. Ya ya, ríete.
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Maurice Ravel – Bolero
Ya sé lo que vas a decir, “Puaj, una obra facilona para salir de apuro para el post de hoy”. Ays, no caigas en la creencia popular de que el Bolero de Ravel es una obra para ascensores o supermercados. No es culpa del compositor si hay tantos descerebrados repartidos por el mundo para grabar esta obra en el reproductor de los Otis y Schindler del planeta. Y el que sepas silbar las primeras notas tampoco quiere decir que es una obra fácil. El Bolero, a pesar de su aparente sencillez, es una obra harto compleja, que pocos músicos profesionales saben reproducir de memoria sin ninguna falta de solfeo. Además es una obra con historia y muchas anécdotas, a eso iba, contártelas.
Chuck Berry – Johnny B. Goode
Si Presley fue Dios, Chuck Berry fue Moíses, tablas de los diez mandamientos del rock’n’roll en mano. Un Moíses con camisa y corbata de jurista, y mono de albañil: Echó nada menos que los cimientos de la casa del rock y escribió el código y las reglas a seguir. Chuck Berry fue excesivo en todo, en la gloria y en la sombra. Un músico genial y un capullo grande, uno de los más grandes guitarristas del siglo y, faceta menos valorada, un letrista fuera de lo común. Para descubrir los Estados Unidos posteriores a la segunda guerra mundial, se dice que puedes leer a Hemingway o Bukovski, Kerouac o Fante, o simplemente escuchar a Chuck Berry.
Sonic Youth – Daydream Nation
Juventud sónica. No sé si se lo pensaron mucho, pero el nombre está genialmente bien elegido. Pega a la perfección a lo que fue una de las grandes bandas rock de los últimos treinta años, depositaria antes que cualquier otra del sonido alternativo US. Claro que cuando se separaron en 2011, ya no eran tan “youth” como al principio, aunque cuando ves a Kim Gordon en los últimos conciertos que dieron, con 58 años ella, dudas de si el tiempo pasa a la misma velocidad para todos. Sonic Youth, grupo esencial en la historia del rock aunque no valorado a la altura de su legado. En mi particular relación con el rock, una de las bandas que más me arrepiento de no haber visto en concierto. Tonto de Fiouck, ya es tarde.
Led Zeppelin – Kashmir
Cómo se sabe cuando te estás adentrando en la sala reservada a los más grandes? Realmente te avisan, hay un cartel que pone “Aquí reposan los huéspedes del altar del rock’n’roll, déjate de tonterías y quítate los zapatos”. Así que hoy te contaré Led Zeppelin en calcetines. Nuevos, para que veas. Ayer me preguntó un amigo por el post de hoy, “mañana quién es”, cuando se lo dije, sólo contestó con un ligero “uch”. Es de sobra conocido que un “uch” vale más que muchas palabras. Uch viene a decir, ojo listillo, no te metas con Led Zeppelin, nada de sorna vale? Esta banda forma parte del círculo restringido de los artistas a los que no se toca sin un permiso especial. Una especie de licencia 0,007, licencia para soltar chascarrillos.
The New York Dolls – The New York Dolls
Este blog deja cada vez más que desear… ayer caderas brasileñas, hoy muñecas neoyorquinas… y mañana si no lo paramos ya, codos tibetanos? Gemelos esquimales? Rodillas escandinavas? Tobillos bereberes? Pero esto qué es! Undia-undisco.net, el antro musical con el chulo del tomate verde. Hay que ver los espectáculos que se montan ahí, hombres maquillados y travestidos, pero por dios qué es esto, llamad a Gallardón, él sabrá lo que hay que hacer con estos depravados. The New York Dolls, vade retro Satanás, sacad el ajo y las estacas de madera, apuntad al corazón, cuando se levante el sol se esfumarán.
Maria Callas – La Wally
Maria Anne Sofia Cecilia Kalogeropoulos. En sus 53 años de vida, María Callas lo acaparó todo. La gloria, los elogios, la envidia, las criticas, el amor, las penas, los kilos, el dinero, los escándalos, el sufrimiento, la enfermedad, la belleza. De muchas artistas se han dicho que eran divas, pero sólo a María Callas se le llama La Diva. Icono adulado o criticado, figura imprescindible de la cultura del siglo XX y de los próximos mil años, revolucionó por completo el arte lírico y provocó una emoción que ninguna cantante de Ópera ha podido igualar. Recibió tantos elogios durante y después de su vida, que es difícil elegir uno, aunque me quedaría con este, de María Trivella, Directora del Conservatorio Nacional Griego, que la acogió con tan sólo catorce años –la madre de María Callas mintió sobre su edad-, y que fue la primera, con su madre, en ver el potencial de la voz de la niña: “Su voz tenía un tono cálido, lírico, intenso, que daba torbellinos resplandecientes, llenando el aire con ecos melodiosos y armoniosos, cristalinos, como un carillón. Era desconcertante”.
En aquella época, Evangelina, la progenitora, ya había vuelto a Grecia, después de una aventura de quince años en EEUU con un marido que según ella le defraudó y del que divorció antes de volver con sus dos hijas a Atenas. Para compensar el tiempo perdido, decide hacer de María una estrella del bel canto después de ver cómo desde muy pequeña todo el mundo la mira admirativo. Obnubilada por la voz de su hija, decide que se ha de alimentar de platos ricos y de chuches, “porque una bonita voz sólo puede desarrollarse en grasa”. Así que de adolescente, María Callas es más bien regordete, a parte de miope. Pero deslumbra, cante donde cante.
Es harto difícil resumir la vida artística de un mito. Lo que está claro, es que no fue un camino de rosas. Después de pasar por las clases de Elvira de Hidalgo, en el Conservatorio de Atenas, donde trabajó más duro que cualquier otro alumno, María Callas empieza con sus primeros pequeños papeles en la Ópera Nacional de Grecia. Con diecisiete años, da su primer recital en Boccaccio, una opereta de Franz Von Supé. Obligada por su propia madre a cantar para el invasor italiano durante la segunda guerra mundial, le ofrecen interpretar el papel de Tosca, la famosa Ópera de Puccini. Es una obra muy especial para Maria Callas. Inició su carrera con ella y la finalizó veintitrés años después con la misma. Y aquella primera interpretación de 1942 fue declarada la Tosca del siglo por numerosos musicólogos. Cuando finaliza la guerra y liberan a Grecia, primero da recitales por todo el país para celebrar la victoria, pero pronto es despedida del Conservatorio, después de que a su madre se la sospechara de colaboración con el enemigo. María Callas se marcha a EEUU para reunirse con su padre y alejarse de una madre que considera culpable de “prostituirse con el enemigo”.
Pero en EEUU no le va a ir bien. A pesar de ver como el Metropolitan Ópera de NYC la califica durante un ensayo de “voz excepcional, ha de subirse a un escenario rápidamente”, sólo conoce fracasos. Vuelve a Italia en 1947, para interpretar La Gioconda, de Pionchelli, en manos de quien será su mentor durante años, Tullio Serafin. Allí conoce a Giovanni Meneghini, industrial del ladrillo –sí, hubo una época en la que el ladrillo coqueteaba con la belleza-, con quien se casa en 1949. Encadena los recitales, Tristán e Isolda, La Walkirie e I Puritani, de Bellini, estas últimas dos casi al mismo tiempo, sometiendo su voz a enormes tensiones y logrando lo que nadie hubiera creído posible. En los medios de comunicación, se habló de milagro. El mito María Callas había nacido.
Montserrat Cabballé dijo mucho más tarde: “Nos abrió una puerta, para nosotros cantantes del mundo entero. Una puerta que estaba cerrada. Detrás de ella, dormía música y grandes actuaciones. Nos dio la oportunidad, a los que estábamos dispuestos a seguirla, de hacer cosas casi impensables antes. Nunca soñé con que me comparasen con María Callas. No sería justo. No estoy a su altura”.
Luego vendría la fama, la gloria mundial, el régimen –llegó a pesar 92 kilos, más Botero que Giacometi- que la convirtió durante más de una década en una de las mujeres más hermosas y elegantes del planeta, la boda con Onasis, las infidelidades de su segundo marido con Jackie Kennedy, la enfermedad, los medicamentos, su amor eterno por el armador griego, acompañándole en sus últimos suspiros en el Hospital Americano de París, donde el gigante de los mares falleció en marzo de 1975. Definitivamente retirada de los escenarios desde 1965, María Callas pasó sus últimos años enseñando y dando clases en París, desfigurada por el dolor, la tristeza, los medicamentos. La Diva falleció en septiembre de 1977.
En 1981, un cineasta francés, Jean Jacques Beineix, rodó Diva, una película en la que el joven protagonista, gran admirador de la soprano del momento, graba de forma clandestina el recital que da en París, cuando la artista siempre se había negado a que se le grabara su voz. Sigue una historia un tanto inverosímil, más estética que otra cosa. Durante el recital, como un guiño a María Callas, la artista –interpretada por Wilhelmenia Wiggins Fernandez– canta La Wally, una Ópera poco conocida de Alfredo Catalani, estrenada en 1892. El aria más conocido se llama Ebben? Ne Andró Lontana. Es pura emoción. Con la voz de María Callas, resulta difícil no estremecerse. Pone los pelos de punta y deja sin aliento.
Escucha una de las obras interpretadas por Maria Callas más hermosas, La Wally
