Taxi Girl – Cherchez Le Garçon

Con lo “un poquitín estirados” que son los franceses, no es de extrañar que el rock producido en el país vecino se saltara alegremente toda la ola punk procedente de Inglaterra a finales de los 70’s. Salvo contadas excepciones –Stinky Toys, Asphalt Jungle, La Souris Déglinguée, Bijou-, pasó directamente a la new wave, que permitía un código vestimentario más acorde con sus gustos: modosito y limpito. Eran tiempos de cambio en Francia -igual que aquí aunque lógicamente por distintos motivos-, llamados “los años modernos”. A partir de 1979, irrumpieron un montón de grupos pop new wave, de la mano de músicos que, hay que decirlo, se creyeron los reyes del mambo, bastante creídos para los mejores, muy fantasmas otros. Dentro de esta avalancha de propuestas, en las que estaban Marquis de Sade, Goûts de Luxe, Niagara, Charles de Goal, Les Fils de Joie, Modern Guy, destacó una, Taxi Girl, efímera banda liderada por el más atormentado de todos los músicos rock galos, Daniel Darc.

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Jack Ary – Mange Des Tomates Mon Amour

Anoche tuve una pesadilla. Aplastaban el tomate. El raf despachurrado. The Green Tomato despanzurrado. Quedaba un charco de funículos, simientes y mesocarpo carnoso. Y algo de columna placentar y epicarpo. Pero ni rastro del pendúculo. Hit the Road Jack. Me desperté sudando y para recobrar la calma, empecé a tararear la única canción que podía traerme serenidad: Mange des Tomates Mon Amour.

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Nino Ferrer – Le Sud

Paró su coche en un camino de tierra blanca, arriba de una colina a tres kilómetros de su casa, a la sombra de algunos robles viejos. Salió, sacó su escopeta del maletero, se adentró en un campo de trigo, miró una última vez la hermosa cañada de su pueblo de Saint Cyprien en el Lot francés, apuntó el arma a su corazón, y disparó. Un suicidio a lo campesino para un aristócrata de alma. Así puso fin a sus días hace quince años Nino Ferrer, autor e intérprete de una de las canciones más bellas del repertorio galo, Le Sud. La muerte de su madre dos meses antes no dejó de ser la gota que colmó el vaso, porque toda su vida fue como un malentendido. Él no quería haber cantado muchas de las canciones que le habían traído comodidad, fama y mujeres. Tenía otra idea de su talento, tal y como dijo a su amigo del ama, Richard Bennett, pocas semanas antes del trágico desenlace: “Date cuenta, he escrito y compuesto más de dos cientos canciones, pero la gente sólo conoce tres”. Esto le mataba.

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Patrick Hernandez – Born To Be Alive

Hay canciones que han marcado tanto su época, para bien o para mal, que las puedes situar con gran precisión en momentos concisos de tu vida, recreando con las primeras notas toda la atmósfera del instante. Por ejemplo, recuerdo que cuando a un profesor se le ocurría la genial idea de ponerse malo y no aparecer por clase, huíamos pitando al bar de siempre, uno que tenía una sala reservada a los pinball –ya, ya, otra época lo sé-. Era una gozada gastarse los cuartos en interminables partidas, en lugar de caer fulminado por no recordar qué rayos era un triángulo obtusángulo isósceles. Momento mágico y efímero en el que me sentía el amo del pinball, hasta que empezara a sonar en el local Born To Be Alive, de Patrick Hernandez. Con esta canción podía perder las tres bolas en menos de un minuto. Mira, le voy a denunciar. ¿Dónde está Garzón?

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Kim Giani – Dreamarama

La historia de la música está repleta de artistas majaretas simpáticos, casi siempre inofensivos. Se dedican a hacer música, según su particular visión de ella. Si tiene público bien, si no, no pasa nada. No pretenden ser universales ni llenar estadios y de hecho no lo logran. Van a su bola, pueden gustar o enervar, pero la mayor parte del tiempo, pasan desapercibidos. Microfenómenos musicales inocuos. Hoy toca uno de estos, un francés para meter en el saco de los estajanovistas de la producción. Se llama Kim Giani.

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Erik Satie – Gymnopédies

Erik Satie murió pobre, muy pobre, casi en la indigencia. Se intuía, pero como no permitía que nadie accediera nunca a su pequeño estudio de las afueras de París, sólo se intuía. Cuando falleció, sus amigos que por fin pudieron entrar en la vivienda del pianista se quedaron perplejos –después de constatar que carecía de prácticamente todo- ante lo amontonado: dos pianos atados entre sí, una colección de falsos cuellos y otra de paraguas, y en el armario, trajes idénticos de terciopelo gris, con los que llevaba vistiendo muchos años. Y nada más. Tenía amigos que le podían haber ayudado, muchos amigos que se hubieran dejado la piel por él. Pero Satie nunca pidió. Ni rescate, ni lástima, ni limosna.  Sobrevivió como pudo a una relación tumultuosa con el piano, iniciada cuarenta años antes.

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Yann Tiersen – Amélie Poulain

Cuando una película lo reúne todo, unas criticas sinceramente admirativas, una recepción deslumbrante por parte del público, una cantidad escandalosa de premios, y esa resonancia especial en la sociedad, siempre hay algún mamarracho necio –se me ocurría un sinfín de palabrotas más, pero me dicen que tengo que cuidar un poco más los modales aquí- para ponerla a parir. La típica postura para quedar guay en una charla, a ver si la rubia de al lado cae rendida. Puede funcionar, si la rubia es también una mamarracha necia –no, no me harás decir lo que no he dicho-. Ya, lo sé, cada cual puede opinar lo que quiere, pero decir “sensiblería grotesca, realización vergonzosa, compendio de bobadas” como he podido leer, si no es de juzgado, como mínimo se merece un pequeño soplamocos para ayudar a despejar esta mente gruñona. Francamente, para qué ser aguafiestas? Amélie Poulain es una película que te llena la cabeza y el corazón de felicidad, este instante fugaz tan difícil de alcanzar.

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