Erik Satie – Gymnopédies

Erik Satie murió pobre, muy pobre, casi en la indigencia. Se intuía, pero como no permitía que nadie accediera nunca a su pequeño estudio de las afueras de París, sólo se intuía. Cuando falleció, sus amigos que por fin pudieron entrar en la vivienda del pianista se quedaron perplejos –después de constatar que carecía de prácticamente todo- ante lo amontonado: dos pianos atados entre sí, una colección de falsos cuellos y otra de paraguas, y en el armario, trajes idénticos de terciopelo gris, con los que llevaba vistiendo muchos años. Y nada más. Tenía amigos que le podían haber ayudado, muchos amigos que se hubieran dejado la piel por él. Pero Satie nunca pidió. Ni rescate, ni lástima, ni limosna.  Sobrevivió como pudo a una relación tumultuosa con el piano, iniciada cuarenta años antes.

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