John Cooper Clarke – Snap Crackle & Bop

En qué se diferencia John Cooper Clarke de Bob Dylan? En casi todo. Primero, es ingles. Segundo, va peor peinado –JCC da la sensación de haber puesto la cabeza detrás de un motor de avión-. Tercero, en que si a Bob Dylan le conoce el planeta entero, a John Cooper Clarke posiblemente ni su casero. Yo por ejemplo no había estado pensando en este hombre en décadas. Por cierto, debería dejar de hablar de “planeta entero” cuando me refiero a éxitos o artistas famosos, porque a dos tercios de la población mundial, le importa un pepino la música pop rock tal como la entendemos por aquí desde los 50’s. Gangnam Style es la peor señal de que hasta en asuntos musicales pasan olímpicamente de nosotros. ¿Qué hace Justin Bieber?

Entonces en qué se parecen Dylan y Cooper Clarke? A parte de que son católicos ambos? En sus letras. Mejor dicho en la calidad de sus letras. Muchas veces se ha dicho de Dylan que a parte de cantante, era poeta. De Cooper Clarke se ha dicho hasta la saciedad justo lo contrario, que a parte de poeta, era cantante. The punk poet. Procedente de la cantera musical de Manchester de los 70’s, lo suyo es ante todo escribir poemas. Que luego los transcriba en escenarios como telonero de los Sex Pistols y The Clash es casi secundario, aunque de ahí le sale otro reconocimiento como uno de los maestros del Spoken Word, al igual que Gil Scott Heron o Linton Kwesi Johnson.

Snap Crackle Bop

Nació en 1949 en Salford, Lancashire. Despertó su alma de poeta un profesor de letras “a lo Ernest Hemingway”, llegó a decir. Pero si de la música se vive mal –por mucho que digan lo contrario los pro música gratis para justificar los downloads-, imagínate de la poesía. Así que hasta los veintitantos años, fue técnico de laboratorio en la Universidad de Salford, que le acaba de condecorar con un Doctorado Honorífico hace tres meses en reconocimiento a su labor. Empezó su carrera en baretos folks de Manchester, como “cantante” de una formación llamada The Ferrets. Luego pasó a ser acompañado por The Invisible Girls, que contaba con músicos como Martin Hannett, productor de Joy Division y Pete Sheley, de Buzzcocks. En 1979, publica Gimmix Play Loud, al más puro estilo slam, el único single que llegó a colocar en las listas de venta UK. En cuanto a discos, el tercero se situó #26 de los charts. Snap Crackle & Bop, así se llamaba el álbum, contenía el tema Beasley Street. Este tema le valió una censura por parte de la BBC, porque en un momento del poema, se mete con Keith Joseph, que en su día no sólo fue Ministro de la Thatcher, sino su mentor político. Un tipo deleznable que arruinó sus posibilidades de ser Primer Minstro del Reino de la momia real cuando en un discurso enunció la posibilidad de controlar la natalidad en los hogares más humildes. Le llovieron –afortunadamente- tal cantidad de criticas, que tuvo que renunciar.

Posteriormente, Cooper Clarke cayó en las drogas, tuvo una relación heroinada con Nico, de la Velvet Underground y desapareció muchos años. Hace diez años ha vuelto curado, se ha casado, tiene una hija, sigue escribiendo y subiéndose a los escenarios, es una enciclopedia viva de la cultura del siglo XX, le han hecho varios documentales, uno de sus poemas sale en el interior del CD single Fluorescent Adolescent, de Arctic Monkey, ha inspirado a una generación entera de poetas y escritores, pero como él dijo en una entrevista en el Guardian, “considering the massive impact I’ve had on British culture, it’s fucking diabolical how poor I am”.

 

 

Escucha algunas canciones de John Cooper Clarke

 

keith Jarrett – The Köln Concert

En la segunda mitad de los años 60, Keith Jarrett solía tocar en uno de los múltiples garitos Jazz del barrio latino de París -St Germain-, el Cameleón. Ahí empezaba a deslumbrar con su particular técnica, muchas veces basada en la más absoluta improvisación. Hubo una época en la que venía a escucharle todas las noches el mismísimo Miles Davis. Un día se le acercó, a medio camino entre fascinado e intrigado, y le preguntó: “¿Cómo lo haces? ¿Cómo puedes tocar a partir de nada?”. Keith le contestó: “No lo sé. Porque la pregunta no es esa, la realidad es la de saber si un músico concibe la nada como la falta de algo, o como un ‘lleno’ que surge espontáneamente”. Este es el post nº 281 del blog, y posiblemente sea esa la frase más inteligente que en él se ha leído. Bueno, naturalmente quitando algunos chascarrillos que he ido soltando por ahí, ¿eh?

Keith Jarrett va para sus 70. Vive aislado, cerbero de su propia vida privada, a hora y media de Nueva York, en medio de bosques y lagos, en una finca muy grande, protegida de los curiosos por un alambrado no muy acorde con la idea que se hace uno de uno de los grandes pianistas de este siglo. Corren leyendas sobre esta mansión, se cuenta que tiene un salón con grandes ventanales abiertos hacia la naturaleza, con dos Steinway & Sons cara a cara, uno negro y otro blanco. Leyenda total, no existe esta habitación. En su fortín, recibe poco, menos a los medios, pero cuando lo hace, se sincera. Hace más de quince años, casi le hunde una enfermedad rara, que los médicos terminaron llamando el síndrome de la fatiga crónica. Tardo años en salir de ella, en base a pelear, mucho pelear. Desde hace diez años, ha vuelto a componer, y sobre todo, lo que más le gusta en la vida, a improvisar.

La improvisación es un arte que pocos pianistas manejan como Keith Jarrett. Improvisar no es otra cosa que sentarse frente a un instrumento, en este caso el piano, sin tener ni la más mínima idea de qué tocar, y ofrecer una actuación coherente, potente, bonita, emocionante. Su formación de pianista clásico le ayuda mucho, porque requiere una gran técnica. Empezó muy joven, con tres años, y con ocho dio su primer concierto clásico, en su ciudad natal de Allentown, en Pensilvania. En esta primera actuación, tocó Bach, Mozart, y terminó por dos obras suyas, siendo una de ellas improvisada. Ocho años. Wow. Con diecisiete años, rechazó una beca para ir a París a estudiar en la escuela de Nadia Boulanger –ya mencionada en este blog varias veces como una de las profesoras de piano más legendarias del siglo XX-. Más adelante, sí aceptó entrar en la Berklee School de Bostón –los más asiduos recordarán que esta escuela ya se mencionaba ayer en el post dedicado a Esperanza Spalding-. Una vez adulto, pasa del clásico al jazz, y empieza a tocar con bandas de todo tipo, en las que su arte termina quitándole el estrellato a músicos mucho mayores. Muy al principio de los 70’s, se convierte en paralelo en el pianista de la formación de Miles Davis. Dos años más tarde, logra grabar su primer disco, con sus primeras composiciones, directamente de la mano de uno de los productores musicales de jazz más afamado, Manfred Eicher, dueño del prestigioso sello del mismo nombre. Es este mismo Manfred Eicher, que, tres años más tarde, grabará el famoso concierto The Köln Concert, uno de los discos más famosos de la música moderna.

Keith Jarret the koln concert

En enero de 1975, la Ópera de Colonia invita a Keith Jarrett a dar un recital, durante la gira que el músico está realizando en Europa, desde dos años atrás. Un concierto y la grabación resultante se hacen famoso, al margen de la calidad de la actuación y la grabación, cuando todo está en su contra. Aquel día el artista se sentía fuera de lugar, agotado por la falta de sueño, con dolores de espalda, pero sobre todo particularmente enfadado por la calidad del piano que la organización le había dejado para la ocasión, muy alejada de lo que él había solicitado, todo por culpa de una huelga de transporte. Hasta el último momento estuvo dudando entre tocar o marcharse. Finalmente, se sentó frente al piano, y empezó reproduciendo las cuatro notas de la musiquilla de llamada a la orden del recinto musical. El público primero se extrañó, pero pronto se dejó invadir por esta extraña sensación de estar presenciando algo inmenso, mágico, casi de ciencia ficción, más de una hora de música improvisada de la primera a la última nota. Aquella noche Manfred Eicher y el técnico de sonido Martin Wieland hicieron malabarismo para grabar el concierto de la mejor forma posible, y pasaron días encerrados en el estudio para sacar el mejor sonido posible. Desde su publicación, The Köln Concert es con creces el disco de jazz, pero también el disco de piano, más vendido de la historia. Más de tres millones y medio de ejemplares. El disco que posiblemente más hizo para acercar un público inepto –como yo, dirán algunos lectores, ajem- al jazz.

Keith Jarrett, después de salir de su enfermedad, volverá a repetir la hazaña en 2002, en Japón, en dos actuaciones igual de legendarias. Pero el disco que abrió el camino y se quedará para la eternidad es el de Colonia. Fabulosa obra. Lamentablemente sólo tengo la Part II a para proponerte. Aunque esta es la que más me gusta a mi. De joven tenía el vinilo, uno más que se me fue, desesperante.

 

 

Escucha parte del Köln Concert, de Keith Jarrett

XTC – Making Plans For Nigel

Finales de los 70’s en UK. Empieza y finaliza la disco music. Irrumpe y estalla el género punk. Se acaba con el rock progresivo. Aparece la new wave y el rock gótico. Nace y muere el ska. Se hace grande el reggae, se afianza el hard rock, renace la pop. De 75 a 79 la música es un hervidero de estilos y mini revoluciones más o menos duraderas. ADN rock’n’roll. Un día llevas cresta rosa, al día siguiente sales con melena rubita, dos días después luces pelo grasiento hasta los riñones. Por la mañana pidiendo desobediencia civil, por la tarde probando nueva chaqueta con lentejuelas, por la noche acostándote borracho con tu Harley. Fue divertido, aunque me cachis, a mi me faltaron algunos años para poder disfrutarlo sin tener que pedir permiso para salir de noche. Aunque más complicado lo tuvieron algunos grupos, que no encontraron nunca su sitio, como si el público hubiese llegado a saturación de géneros y estilos. XTC por ejemplo.

XTC se forma en 1974, con el cantante Andy Partridge al frente, y en la sombra, el bajista Colin Moulding. Lo van a intentar todo, mezcla brillante de Joe Jackson, Talking Heads, o Clash. Incluso algo de éxito van a tener, pero fundamentalmente la fama del grupo no ha estado nunca a la altura de su talento. Empezaron un poco experimentales, con dos primeros álbumes que quedan bastante en el olvido –la verdad es que ni los conocía-, antes de postular por un puesto en el altar con su tercer disco, Drums & Wires, de 1979. El disco propuso una serie de canciones para enmarcar, aprovechando que el vendaval punk se había convertido en ligera brisa oliendo a rancio. Pero no fue la primera vez que el público resultara ser jodidamente ingrato. Le dio la espalda a tremendas canciones como Ten Feet Tall, Life Begins At The Top, Day in Day Out, That is The Way. Y la enorme Complicated Game, guiño a los grupos de cold wave emergiendo por toda Inglaterra, como The Cure. Con voz entre Morrison y Strummer. Lo reconozco, se me había olvidado por completo esta canción, cuando estamos hablando de una joya de la época. Más de 5’ de endecha de otro mundo, vamos, voy a tener que quitar una canción de mi top 20 histórico. Voy a pensar cuál. Tengo toda la noche, ¿queda ginebra?

XTC Drums and Wires

Y luego, la guinda, Making Plans for Nigel. Canción Rock básica perfecta. He buscado y rebuscado la formula para calificarla, eso de “rock básico perfecto” me parece lo más adecuado. Sencillez imparable. Ya oigo a lo lejos voces disonantes con lo de siempre “ya está bien con tanto ochentero”. Discrepo su señoría, primero estábamos en el 79, y segundo esta canción se podía haber escrito mañana. Otra cosa es que tuviera más éxito ahora, posiblemente no, porque curiosamente con 1000 veces más medios que en aquella época, se ha reducido el número de canciones que se escuchan a su más mínima expresión. Total, Making Plans For Nigel, una canción que pretendía denunciar el paternalismo en boga en UK por estos años -los planes que dibujaban los padres para sus retoños-, no pasó del #37 en las listas inglesas. El puesto más alto al que llegó la banda en sus casi treinta años de carrera. Es incomprensible, aunque puede enorgullecerse de haber compuesto uno de los temas más representativos de esta época. Batería algo atmosférica, guitarras ligeras marcando el ritmo, bajo poderoso, estribillo pegadizo. Es básico, es sencillo, es enorme.

Venga, date un respiro, luego zumito y a misa.

 

 

Escucha dos de los mejores temas de Drums & Wires, de XTC

The Knack – My Sharona

Ma ma ma myyy Sharona.

(Mi mi mi miiii mi Choni)

La escuchaba por casualidad ayer y estaba tan seguro de haberla publicado en el blog hace tiempo, que casi se me olvida de nuevo. Es que My Sharona no es cualquier canción. Es de estas pocas que son más conocidas que el propio grupo, identificable con el primer beat, intemporal. Roza la perfección en la composición, ninguno de los cuatro miembros sobra, todos tienen su momentito de gloria. Imposible decir no me gusta –atrévete, que te veto la entrada a este blog-. A ver, entendámonos, no es para llorar de felicidad. Pero es indudablemente una buena canción, el atraco perfecto en ventas, versionada múltiples veces, un riff de guitarra imitado en su día por millones de adolescentes de pelo largo y grasiento –esto último, en mi época, era el no va más, pero yo no caí, gracias Johnny Rotten-.

De qué va la canción? Pues de qué va a ir si no de amor, claro. Y a poder ser, de amor que no las tenía todas consigo al principio. Resulta que el cantante de la banda, Doug Fieger, se enamoró perdidamente de una chica –puestos a que una chica/o te vuelva loco/a, mejor que sea exagerado-, cuando él tenía veinticinco años y ella diecisiete. La moza se llamaba Sharona Alperin –Choni Alperina-, y se convirtió en su pareja durante cuatro años. Y este es el primer milagro, porque si ves al Doug ese, en los vídeos de My Sharona, con su corte de pelo medieval y su pinta sideral, y luego comparas con la chica de la portada del disco, la de la camiseta sin sujetador -buf-, no te cuadra que ella haya podido corresponderle. La moza musa inspira a nuestro Doug, que se pone durante dos meses a escribir la letra perfecta para ella –de ahí el Ma ma ma myyy Sharona, los maestros Jaiku seculares no podrían haber sacado algo mejor-, y es cuando conoce a quien sería luego el famoso guitarrista de The Knack, que venía con el riff bajo el brazo. Segundo milagro. Y dale, que la navidad está a la vuelta de la esquina.

Portada Sharona Calperin

Los dos terminan de contratar al resto de la banda, un bajista y un batería. Estamos en 1977, en L.A., todo es posible –y viendo el éxito que va a tener la banda, créetelo-. Empiezan a tocar en bares y salas del Sunset Strip, se codean en jams de lujo con Springsteen, Tom Petty, Ray Manzarek, llevando aromas de éxito asegurado a los cazadores de talento de la industria. Sigue una pelea –a veces estos c…. tienen olfato, hay que reconocerlo- entre sellos, llevándose la palma Capitol Records. Entran en un estudio y salen de ahí con un primer álbum, Get the Knack. Pum Pa, el gordo. Fue #1 de los charts US durante cinco semanas, vendiendo en un plis plas dos millones de copias. Todo, bien hay que decirlo, gracias a un casi único hit, My Sharona, #1 de las listas durante seis semanas en Estados Unidos y Canadá, y un montón de países de Europa. El tema de Capitol que más rápido llegó hasta lo más alto desde el I Want To Hold Your Hand de los cuatro sosos, en 1964.

Un beat fabuloso, una línea de bajo asombrosa –de las más legendarias de la música popular-, un riff de guitarra en el altar, de obligado estudio para quien se disponga a crear una banda de rock, y un cantante atontado por su suerte de ligón. Total, My Sharona, una canción rock energizante para la eternidad. Dave Grohl, batería de Niravana, siempre dijo que era su canción preferida –la banda la llegó a interpretar en algunos conciertos-. George Bush la tenía en su iPod –espera espera, no te creas que este pedazo de alcornoque me inspire, pero la historia del rock’n’roll se hace también con estas anécdotas-. Y anécdotas así, para escribir un libro. Lo mío es un blog, ahí lo dejo. Hala, al tajo.

 

 

Escucha My Sharona, la legendaria canción de The Knack

Jacno – Rectangle

Cuando Debbie Harry alias Blondie cantaba “Denis Denis, oh with your eyes so blue/Denis Denis, I’ve got a crush on you«, en 1978 en su primer hit europeo, un rumor persistente hasta hoy explicaba que el Denis en cuestión no era otro que Denis Quillard, francés parisino nacido en 1957, músico de culto injustamente tratado por los medios –es decir, olvidado-, precursor y novador, padre de la escena punk y new wave gala, desgraciadamente fallecido de un cáncer hace cuatro años.

A Denis Quillard se le conocía por su mote, Jacno, que había “robado” al artista pintor del mismo nombre, autor del logo de la marca de cigarros francesa Gauloises. Yo de joven llegué a fumar esta marca barata, tabaco negro áspero que, al levantarte por la mañana, te destrozaba la garganta si por desgracia no te había dado tiempo a tomar un café.  Después del primer café, sólo te la arrancaba malamente. Eso sí, había una franja –pequeña, pero interesante- de la población femenina, al que le gustaba la idea de salir con un chico que fumaba Gauloises, qué cosas… En fin, total, céntrate un poco Fiouck.

Jacno siempre iba adelantado a su tiempo, de ahí el continuo desencuentro con la mayoría de los periodistas y el gran público. Claro que tenía a sus seguidores, en especial Alain Pacadis, cronista musical dandy de leyenda, night clubber feo y sucio, pilar cultural del diario Liberation –una especie de Diego Manrique, pero versión trash-, que tratará por todos los medios de hacer de Jacno un Elvis dios vivo –Pacadis se pasaba con la leche de soja-. En 1975, Jacno conoce en una manifestación estudiantil a una guapa uruguaya, llegada de Sudamérica cinco años antes, Elli Medeiros. Flechazo -la verdad es que la chica, hoy esposa de Brian de Palma, está guapísima-. A partir de ahí van a vivir como en una película, a cámara rápida. Ese mismo año, crean el grupo Stinky Toys –el nombre es un mix de la famosa marca de cochecitos de plástico Dinky Toys y del grupo punk neoyorquino The New York Dolls-, sacan un par de álbumes con canciones menos punk que rock enérgico pero más elegante –Jacno se parece más a David Bowie que a Johnny Rotten, por eso le gustaba tanto a Debbie Harry-. Los discos no venden, pero su fama en el underground parisino y hasta londinense crece. El 20 de septiembre de 1976, invitados por el manager de los Sex Pistols, el inefable Malcolm McLaren, participan con otros siete grupos en el mítico mini festival The 100 Club Punk Special: Sex Pistols, Clash, Buzzcocks, Siouxsie, Vibrators, Damned. ¡Wow!.  La experiencia fue nefasta, el ambiente desastroso, pero para el curriculum, mola.

Jacno primer punk francés

Ante la falta de reconocimiento y ventas, el grupo se separa, y Jacno aprovecha para sacar un álbum en solitario, en su día nuevamente ignorado, cuando ahora se lo considera como esencial en la evolución de la música rock del país vecino. El disco sólo contenía cuatro canciones, instrumentales, más un tema cantado por Elli Medeiros, con su voz tan alta. Con este disco, Jacno se apropió del legado de Kraftwerk, componiendo cuatro canciones con sonido sintético, frio, repetitivo, hipnótico al vez que melódico. El artista lo hace todo, sintetizadores, guitarras, batería, composición, arreglos y producción. En la portada del álbum, se le ve con un Dinky Toys en la mano. Treinta y cuatro años más tarde, el disco no ha envejecido un ápice, podría ser Air, o Daft Punk – que lo habrán escuchado y re-escuchado-.

En 1980, vuelve a formar un dúo con su amiga, Elli & Jacno. Publican algunos discos con algo más de éxito, pero lo vuelven a dejar en 1985. Jacno sigue con su carrera en solitario, a la vez que empieza a producir algunos artistas franceses con los que conoce, por fin, cierta fama, aunque indirecta. En 1989 saca un nuevo álbum, “T’es loin, t’es près”, que contiene el tema «C’est une chanson», que me gusta mucho, con ese estribillo pegadizo, bonita melodía un tanto nostálgica, que dice: «C’est Une Chanson ….. sur le temps qui passe…. le temps qui file et nous menace…», “Es una canción… sobre el tiempo que pasa… el tiempo que se va, y nos amenaza”. Aff…

 

 

Escucha el disco Rectangle, de Jacno

The Residents – Commercial Album

Cuando reinaba el vinilo –Let the good times roll, como cantaban The Cars-, ese soporte musical inefable, también llamado 12”, 30cm, LP, álbum o disco, tanto el artista como su discográfica se enfrentaban a un problema aparentemente tonto, que no era otro que el tiempo disponible en cada cara. Fíjate si era tonto el problema, que no había una duración estándar, dependía del espectro de frecuencia, de la gama dinámica y de la amplitud estereofónica como de otras características de la grabación.

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Tuxedomoon – No Tears

Esta vez se acabó el verano, ni tres meses nos ha durado, menuda estafa. The great weather swindle. En el cielo se ven grandes formaciones de pájaros, de camino a su casa de invierno, con una mueca de burla en el pico. Cabrones. Parecen muy disciplinados, dibujando V grandes entre cientos de ellos, con el cabecilla al frente, el guía espiritual que les lleva hasta la tierra prometida, con bastón y larga barba blanca. Más le vale no equivocarse, que se lo cargan. Detrás se ve uno que va a su bola, ni V grandes ni cabecilla ni leches. Lo acabo de ver de cerca con los prismáticos, resulta que lleva una camiseta de Tuxedomoon -y unos impecables Creepers de punta, azul eléctrico-.

Tuxedomoon. Uno de estos grupos que nunca entró en el molde de la música estereotipada. Inclasificable, una especie de teatro musical que mezclaba la electro, el jazz fusión, el punk y el gótico. Sintetizadores, violines, bajo, saxófono, esta banda de San Francisco de finales de los 70’s lo utilizó todo, incluso instrumentos creados por ellos mismos, como el Treatment Mountain, especie de pirámide de madera con múltiples pedales de efectos –imagínate lo que se fumada en SF a mediados de los 70-. Bien es cierto que tenían base, ya que el dúo fundador estudiaba en el laboratorio de música electrónica de la universidad de SF en 1977. Una ración de vanguardismo musical y otra de punk. Con esta receta sacan un primer EP, No Tears, con sonidos que recuerdan a Kraftwerk o Bowie de la época Heroes, pero con los dedos metidos en el enchufe. La única regla que se imponen era “rechazar cualquier sonido que pudiera parecerse a la de otro artista”. Eso de las V grandes con cabecilla respetable no era lo suyo. Sus primeras actuaciones son descritas como “Cabaret electrónico teatral”. Ya, dicho así no mola, pero escucha No Tears, ya verás, uno de los grandes himnos electro punks.

No Tears

Esta repentina fama –bueno fama, entendámonos- les permite hacer de telonero en conciertos de grupos con cierto parentesco, Pere Ubu, Devo, Cabaret Voltaire o The Residents. Después de mudarse a Nueva York, se dan cuenta de que en los US no se les entiende y que donde venden, es en Europa. Cruzan el charco y se establecen en Bruselas. Abrazan e integran cada vez más estilos a su ya larga lista -tango, música clásica, funk, orientalista-, componen una obra para el ballet Divine de Maurice Bejart, sacan álbumes para aburrir –el último de quince es de 2007-, con, muy de vez en cuando, alguna perla, como In a manner of speaking, 1985, del álbum Holy Wars. Esta hermosa canción ha sido versionada primero por Martin L. Gore, de Depeche Mode, en su disco en solitario Counterfeit EP, de 1989, y muy recientemente por Röyksopp, en su disco de 2013, Late Night Tales.

Venga, sube el volumen y escucha No Tears, luego zumito y a misa. Coge el paraguas.

 

 

Escucha No Tears, de Tuxedomoon