Con lo “un poquitín estirados” que son los franceses, no es de extrañar que el rock producido en el país vecino se saltara alegremente toda la ola punk procedente de Inglaterra a finales de los 70’s. Salvo contadas excepciones –Stinky Toys, Asphalt Jungle, La Souris Déglinguée, Bijou-, pasó directamente a la new wave, que permitía un código vestimentario más acorde con sus gustos: modosito y limpito. Eran tiempos de cambio en Francia -igual que aquí aunque lógicamente por distintos motivos-, llamados “los años modernos”. A partir de 1979, irrumpieron un montón de grupos pop new wave, de la mano de músicos que, hay que decirlo, se creyeron los reyes del mambo, bastante creídos para los mejores, muy fantasmas otros. Dentro de esta avalancha de propuestas, en las que estaban Marquis de Sade, Goûts de Luxe, Niagara, Charles de Goal, Les Fils de Joie, Modern Guy, destacó una, Taxi Girl, efímera banda liderada por el más atormentado de todos los músicos rock galos, Daniel Darc.
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Arthur Beatrice – Working Out
No estoy contento contigo, lector(a) de este blog. Cero patato contento. Ayer publiqué acerca de Chuck Berry, EL Chuck Berry, y fue de las entradas menos leídas. Sin embargo, él del día anterior, Vlopi y sus colegas de habla raro, sigue arrasando. El fundador de la rock’n’roll attitude y leyenda viva de la guitarra vs unos mindundis ucranianos chalados, y ganan estos últimos con holgura? Pero a dónde vamos a parar…
Vopli Vidopliassova – High Way To Hell
Hoy nos vamos para Ucrania, será mi pequeña contribución a la paz mundial, peace and love man. Como pequeño recordatorio, y sin meterme en los asuntos políticos internos de este país –posiblemente la misma farsa que por aquí-, Ucrania es un país soberano desde el 24 de agosto de 1991, fecha en la que el parlamento tomó la decisión de independizarse de la ex Unión Soviética. En diciembre del mismo año, el pueblo respaldó su nuevo estatus en un referendo en el que el 90,5% de la población votó a favor. Lo digo para que no se nos olvide lo fundamental. Venga, alcemos la copa de Vodka, pongamos la mejor canción de Vopli Vidopliassova, eructemos a la faz del hijo de la gran Putin y reclamémosle que salga del armario de una vez por todas en vez de querer meterse en él de sus vecinos.
Cock Robin – First Love Last Rites
First Love Last Rites, tercer álbum de Cock Robin, de 1989, es el típico ejemplo de cagada de una discográfica. Sentido común 12 points, CBS Sony 0 point. Olfato 12 points, CBS Sony 0 point. Clase 12 points, CBS Sony 0 point. Un desastre en toda regla. Va una pareja de músicos y le entrega a su casa discográfica oro puro con incrustaciones de diamantes, y el inepto de turno lo mete en el taco “no creo en ello” en lugar del taco “qué más da si no vende, esto es grande, a por todas”. No has escuchado nunca este disco? Culpa de este cenutrio –pagaría caro para que él leyera este post y se avergonzara, aunque sea un poquito-. Firt Love Last Rites, lo tenía en cassette para escuchar en el metro, lo tenía en vinilo para escuchar en mi casa, lo tenía en CD para escuchar años más tarde en mi coche, ahora lo tengo en mp3 para escuchar en mi Nexus. ¿Cuál será el soporte de reproducción cuando me haya ido hacia las estrellas? –que no, que no he fumado la moqueta-.
Bill Pritchard – Half A Million
A mediados de los 80’s, trabajé durante tres años en una radio en París. En la última época, tenía que alimentar un talk show nocturno con invitados del mundo “cultural”. Músicos, escritores, artistas de todo tipo. Bendita época profesional la verdad, me lo pasé bomba. Por suerte, con el presentador teníamos los mismos gustos, así que podía invitar a quien me daba la gana. Encima por circunstancias ajenas, no teníamos que preocuparnos para nada de la audiencia. Una gozada disponer de tres horas diarias de antena en estas condiciones. Invitábamos a personajes famosos y a auténticos desconocidos, sólo por el placer de conocerles durante un rato. Tengo anécdotas para llenar dos wikipedias, hoy me conformaré con una acerca del invitado de una noche, Bill Pritchard, un cantante inglés sin pedigrí y del que tenía el vinilo –eran otros tiempos, las discográficas mandaban cientos de álbumes a las radios para la promoción, me quedé con unos cuantos-.
Fredrika Stahl – Off To Dance
Me ha dicho el médico que me ponga más al sol, que me falta vitamina D. Pues se ve que no conoce a Fredrika Stahl. La pobre, más que blanca, es diáfana. Es lo que tiene nacer en un país donde el sol apenas se digna en salir 6 meses al año. Tanta noche también explicará sus tremendas ojeras, dormirá hasta la extenuación –excelente Fiouck, you are the milk-. Por lo demás, es guapa. Bueno, más que guapa, atractiva. Y eso que es rubia rubia rubia. Muy sueca vamos. Ah claro, ojos azules y manos delgadas. En la portada de su último disco, sale en blanco y negro con un corte de pelo que le da un aire Hollywood de los años 50. Llama la atención la moza. De hecho es lo que ha hecho que escuchara su disco. Estaba convencido de que su música no iba a estar a la altura de la foto. Me equivoqué.
Jay Jay Johanson – Whiskey
Insoportable. Cautivadora. Chillona. Cálida. Nasal. Frágil. Pedante. Luminosa. Aguda. Acariciadora. Desde luego la voz de Jay Jay Johanson no deja indiferente. O te chifla o te saca de quicio. Cosa que puedo entender, porque si bien a mi me encanta, reconozco que a veces está al borde de hacerme saltar de mis casillas. Su voz es la faceta más destacable de un artista al que cuesta encasillar. Al juego de “te gustará si te gusta…”, no es nada fácil poner a alguien que te pueda orientar. O sí, pero no uno, sino muchos y muy variados. Crooner al estilo Sinatra, Trip Hop a lo Portishead, teatral como Neil Hannon de Divine Comedy, Jay Jay Johanson lleva cerca de veinte años liándola con estilos varios y despistando a sus seguidores.