Corazonada. Una más, la música es así, no avisa. Te dispones a escuchar Dead Kennedys para ponerte las pilas –receta del Profesor marabú Mamadou Fiouck: escucha el disco Fresh Fruit For Vegetables una vez al mes dando saltos locos y conocerás el amoooool -, y tropiezas con una chica jazz de la que en tu vida habías oído hablar y te quedas babeando, algo perplejo sobre la capacidad de los músicos a siempre sacar algo que te llene. Ya veo venir a los amantes del jazz de las grandes voces femeninas, jocosos, “este Fiouck, no conoce a Malia, qué paquete”; mejor me callo, que les podría dar un repaso en otros géneros, no lo dudes.
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Black – Wonderful Life
Qué cosas pasan en el país vecino. Un –iba a decir revista, pero no sería justo con las de verdad- periodicucho publica fotos del principal mandatario galo “en brazos” de una mujer que resulta no ser la oficial, y se arma la de dios. Me he metido en Le Monde –el supuestamente periódico de referencia, culto e intelectual, de izquierdas, trajes de pana en los 70’s, chaqueta Boss hoy en día- y los comentarios asustan. Que sí es el Presidente, que sí debería dar el ejemplo, que se agradecería dejara de follar durante los cinco años que le han tocado para centrarse en los problemas del país. Buf. Por dios…
Fela Kuti – Colonial Mentality
Ayer en internet corrió como la pólvora una noticia –buzz, en inglés onomatopeyasco- entre el público masculino, que nos puso a todos –venga ya, no mientas- una sonrisa de oreja a oreja y que abrió de repente unas perspectivas gloriosas. Según un estudio científico –insisto en la palabra científico, hablamos de investigadores de la Universidad de Carolina del Norte -, tragar semen al menos dos veces por semana alejaría la posibilidad de tener cáncer en las mujeres. Wow. La Directora de Investigación, Helena Shifteer, afirmó haberlo puesto en práctica desde hace lustros con su marido e insistió en que para que el método sea efectivo, debe practicarse al menos dos veces por semana. Tal vez sea todavía un poco pronto para saber si ella está a salvo de un cáncer, pero quien está en plena forma y súper feliz es el marido. Para una vez que los efectos colaterales de un tratamiento médico son beneficiosos para la salud…
Matthew E. White – Big Inner
Este es mi regalo de Navidad. El disco más brillante e improbable que he escuchado en mucho tiempo. Como tantas veces, he tardado mucho en enterarme, soy un poco paquete, eso me pasará por no ser un asiduo ni de Pitchfork ni de Mondosonoro. Aunque de todos modos hay tiempo para descubrir un disco, pueden pasar los años sin que envejezca la música que contiene. Al final, más que el tiempo perdido, me preocupa que un gran álbum no se cruce nunca por mi camino, por falta de oportunidad o porque a veces el azar no cumple con su cometido. Porque, cuando la casualidad no se deja abusar por el Plytmouth con Fever Tree, puedes estar de suerte. Como el otro día, que me crucé con Matthew E. White y su álbum Big Inner.
The holly fuck, pero por dios esto qué es? Crees en los milagros? Deberías, porque sin duda lo es.
Nunca el físico de un músico había sido tan alejado de la música que compone, como el de Matthew E. White. Es alto, relleno, barbudo, peludo; parece el retoño de cualquier miembro de ZZ Top o de Meat Loaf. Un poco oso, en su versión Droopy con aire afligido. Realmente, Matthew E. White es un coloso bonachón y apacible, y aunque parezca mentira y tan poco creíble, ha sido capaz de componer y producir un primer disco de un virtuosismo y una delicadeza pasmosos. Big Inner –beginner- es una enorme joya de pop y soul, con toques góspel, jazz, americana y folk. Big Inner es la suma del talento extraterrestre de un músico que nunca antes había compuesto ni cantado, más un coro y un big band como en los buenos viejos tiempos. ¡Aleluyah!
Matthew E. White creció entre Manilla, donde sus padres residieron durante ocho años como misionarios católicos –esto no se inventa-, y el estado de Virginia, uno de los lugares más conservadores y puritanos de EEUU, tierra de telepredicadores bastos y binarios, fuente de luz inagotable para cierto ministro falto de argumentos para defender lo indefendible. Muy pequeño, sus padres le daban música para escuchar. A los tres años, estaba con un best-of de Beach Boys. Pocos años más tarde, era Chuck Berry quien sonaba en su dormitorio, como puente de enlace con un país que nunca había pisado. Una vez instalados en los US, se puso a tocar la guitarra, quería ser tan grande como su ídolo Chuck. Luego evolucionó hacia la música hippie, el rock progresivo, el Grateful Dead y más tarde el grunge de Nirvana. Lo miró y analizó todo, hasta la escena punk de Richmond, la ciudad donde se estaba criando, que descartó con una frase muy bonita, precursora de su postura con la música a veces cerebral : “había una escena punk rock importante, pero no me interesaba, no tenía esta energía en mi, no sentía suficiente rabia ni me veía muy cínico, todavía tenía mis ilusiones”. Finalmente, cual ordenador que escupe el resultado de unas cálculos y algoritmos complejos, decidió dirigirse hacia el jazz experimental.
Durante muchos años, estuvo tocando en el grupo Fight The Big Bull, banda de jazz afamada por inspirarse en el free jazz de los 60’s; fue el alumno aventajado de quien fue su mentor durante más de diez años, Steven Bernstein, erudito de la música, músico de Lou Reed, Leonard Cohen y muchos otros. Empujó a Matthew a escuchar, mirar, aprender, practicar, leer. Steven le abrió múltiples camino, Matthew logró fusionarlos todos en una única línea experimental. La suya, inspirada en la historia de la Stax y la Motown, se articula alrededor de un sello propio –Spacebomb-, un estudio de grabación, y una banda que se beneficiará de todas las bondades del conjunto.
El resultado, Big Inner, es apabullante. Un disco debut como muy pocos en la historia de la música popular. Siete canciones muy largas, en las que plasma su idea de la vida, la religión, la música y el porvenir de la humanidad. Música creativa, cálida, madura, majestuosa. Bajo groovy, guitarras delicadas, cobres serenos, teclados aéreos, percusiones suaves, coros exaltados, y la voz de Matthew E. White, delicada y desgarradora.
Hay que escuchar Brazos, hasta el final, son nueve minutos con muchas variaciones, incalificables. Es hermoso. Peace.
Escucha algiunos de los temas más bonitos de Big Inner, primer álbum de Matthew E. White
Melanie De Biasio – No Deal
Mélanie de Biasio no respira alegría. Cara angelical -de estos ángeles permanentemente a punto de caer-, mirada en el limbo. Desprende mucho pudor y reserva sobre su persona. Se expresa con su música, elegante mezcla de jazz con reminiscencias de trip hop versión Portishead, melancólica, lenta, suave. Fuego en la chimenea, copa de tinto en mano, luz tenue, lluvia al otro lado de la ventana, Mélanie de Biasio en los bafles. Uno de los cocteles recetados en la nueva propuesta de ley de suicidio asistido que entra a debate en Francia. Ya, claro que me paso, pero por si acaso, ve el vídeo oficial de la canción (clic) que te dejo abajo para su escucha, ya verás. También sabe sonreír Mélanie y cuando lo hace, se le ilumina la cara como a todas las mujeres que regalan estos momentos con parsimonia y te entran ganas de escuchar lo que tiene que decir.
Pero dice poco. Esta belga que se cree nació en Charleroi hace treinta y cinco años no cuenta mucho, argumentando que no importa su vida. Que si la quieres conocer, que escuches su música. Ya. Menos mal que tengo genes de Hercules Poirot. Allá vamos. Mélanie tiene sangre tramposa italiana, heredada de un abuelo emigrado al “Plat Pays”, del añorado Jacques Brel. Con su hermana gemela, Catherine, estudia música clásica, concretamente la flauta travesera, aunque de adolescente también pasa por su época rockera, tendencia Nirvana y Jeff Buckley. Entra en el Conservatorio de Bruselas y sale a los pocos años con el primer premio y la más alta distinción, quitémonos el sombrero. Al salir se incorpora a una banda jazz que pronto sale de gira por salas underground rusos, donde pilla una infección pulmonar que la deja al borde de la muerte y sin voz durante un año. A base de esfuerzos, vuelve a cantar e interpretar, y en 2006 consigue el premio a la mejor artista novel en la ceremonia de los premios Django d’Or, algo así como los grammys belgas para el jazz. El año siguiente publica un primer albúm, A Stomach is Burning, del que vende 4.000 ejemplares, todo un logro para el mercado belga de este género. Llama la atención de mucha gente, le invitan a producirse en actuaciones improvisadas, hasta en la costa este americana, con los mismísimos Neville Brothers.
Al volver, invierte varios años en la composición de su segundo disco, No Deal, que finalmente se publica este año. Se defiende de hacer jazz de las grandes voces americanas del siglo pasado, como su querida Nina Simone, sin embargo es lo primero que viene en mente. Sólo dura treinta y cuatro minutos. Es poco. Sus letras hablan esencialmente de amor, será que hay poco que decir sobre el asunto, según ella. O que la cantidad es enemiga de la intensidad. Más sensibilidad, menos virtuosidad. Música sombría y desconcertante, aunque hermosa y cautivadora. En el país vecino se está convirtiendo en toda una estrella. Como siempre, Francia acaparándose de las joyas belgas. Estos franchutes…
Escucha The Flow, del disco No Deal de Mélanie de Biasio
Melody Gardot – Worrisome Heart
Tenía ese CD en mi coche, desde hace tiempo. Hasta tenía puesto todavía el plástico. Quiero decir, era un CD de verdad, nuevo para más inri, no un soporte con mp3 descargados gratis de internet. Creía haberlo regalado hace tiempo, pero ahí estaba, en la guantera donde normalmente las bombillas de repuesto. Como ya estaba más que hartito de los discos que llevaba meses escuchando en mis pocos recorridos con coche, ayer dije, venga ya Fiouck, déjate de tonterías y ponlo.
keith Jarrett – The Köln Concert
En la segunda mitad de los años 60, Keith Jarrett solía tocar en uno de los múltiples garitos Jazz del barrio latino de París -St Germain-, el Cameleón. Ahí empezaba a deslumbrar con su particular técnica, muchas veces basada en la más absoluta improvisación. Hubo una época en la que venía a escucharle todas las noches el mismísimo Miles Davis. Un día se le acercó, a medio camino entre fascinado e intrigado, y le preguntó: “¿Cómo lo haces? ¿Cómo puedes tocar a partir de nada?”. Keith le contestó: “No lo sé. Porque la pregunta no es esa, la realidad es la de saber si un músico concibe la nada como la falta de algo, o como un ‘lleno’ que surge espontáneamente”. Este es el post nº 281 del blog, y posiblemente sea esa la frase más inteligente que en él se ha leído. Bueno, naturalmente quitando algunos chascarrillos que he ido soltando por ahí, ¿eh?
Keith Jarrett va para sus 70. Vive aislado, cerbero de su propia vida privada, a hora y media de Nueva York, en medio de bosques y lagos, en una finca muy grande, protegida de los curiosos por un alambrado no muy acorde con la idea que se hace uno de uno de los grandes pianistas de este siglo. Corren leyendas sobre esta mansión, se cuenta que tiene un salón con grandes ventanales abiertos hacia la naturaleza, con dos Steinway & Sons cara a cara, uno negro y otro blanco. Leyenda total, no existe esta habitación. En su fortín, recibe poco, menos a los medios, pero cuando lo hace, se sincera. Hace más de quince años, casi le hunde una enfermedad rara, que los médicos terminaron llamando el síndrome de la fatiga crónica. Tardo años en salir de ella, en base a pelear, mucho pelear. Desde hace diez años, ha vuelto a componer, y sobre todo, lo que más le gusta en la vida, a improvisar.
La improvisación es un arte que pocos pianistas manejan como Keith Jarrett. Improvisar no es otra cosa que sentarse frente a un instrumento, en este caso el piano, sin tener ni la más mínima idea de qué tocar, y ofrecer una actuación coherente, potente, bonita, emocionante. Su formación de pianista clásico le ayuda mucho, porque requiere una gran técnica. Empezó muy joven, con tres años, y con ocho dio su primer concierto clásico, en su ciudad natal de Allentown, en Pensilvania. En esta primera actuación, tocó Bach, Mozart, y terminó por dos obras suyas, siendo una de ellas improvisada. Ocho años. Wow. Con diecisiete años, rechazó una beca para ir a París a estudiar en la escuela de Nadia Boulanger –ya mencionada en este blog varias veces como una de las profesoras de piano más legendarias del siglo XX-. Más adelante, sí aceptó entrar en la Berklee School de Bostón –los más asiduos recordarán que esta escuela ya se mencionaba ayer en el post dedicado a Esperanza Spalding-. Una vez adulto, pasa del clásico al jazz, y empieza a tocar con bandas de todo tipo, en las que su arte termina quitándole el estrellato a músicos mucho mayores. Muy al principio de los 70’s, se convierte en paralelo en el pianista de la formación de Miles Davis. Dos años más tarde, logra grabar su primer disco, con sus primeras composiciones, directamente de la mano de uno de los productores musicales de jazz más afamado, Manfred Eicher, dueño del prestigioso sello del mismo nombre. Es este mismo Manfred Eicher, que, tres años más tarde, grabará el famoso concierto The Köln Concert, uno de los discos más famosos de la música moderna.
En enero de 1975, la Ópera de Colonia invita a Keith Jarrett a dar un recital, durante la gira que el músico está realizando en Europa, desde dos años atrás. Un concierto y la grabación resultante se hacen famoso, al margen de la calidad de la actuación y la grabación, cuando todo está en su contra. Aquel día el artista se sentía fuera de lugar, agotado por la falta de sueño, con dolores de espalda, pero sobre todo particularmente enfadado por la calidad del piano que la organización le había dejado para la ocasión, muy alejada de lo que él había solicitado, todo por culpa de una huelga de transporte. Hasta el último momento estuvo dudando entre tocar o marcharse. Finalmente, se sentó frente al piano, y empezó reproduciendo las cuatro notas de la musiquilla de llamada a la orden del recinto musical. El público primero se extrañó, pero pronto se dejó invadir por esta extraña sensación de estar presenciando algo inmenso, mágico, casi de ciencia ficción, más de una hora de música improvisada de la primera a la última nota. Aquella noche Manfred Eicher y el técnico de sonido Martin Wieland hicieron malabarismo para grabar el concierto de la mejor forma posible, y pasaron días encerrados en el estudio para sacar el mejor sonido posible. Desde su publicación, The Köln Concert es con creces el disco de jazz, pero también el disco de piano, más vendido de la historia. Más de tres millones y medio de ejemplares. El disco que posiblemente más hizo para acercar un público inepto –como yo, dirán algunos lectores, ajem- al jazz.
Keith Jarrett, después de salir de su enfermedad, volverá a repetir la hazaña en 2002, en Japón, en dos actuaciones igual de legendarias. Pero el disco que abrió el camino y se quedará para la eternidad es el de Colonia. Fabulosa obra. Lamentablemente sólo tengo la Part II a para proponerte. Aunque esta es la que más me gusta a mi. De joven tenía el vinilo, uno más que se me fue, desesperante.
Escucha parte del Köln Concert, de Keith Jarrett


