Leía hoy en un medio de tirada nacional un artículo –muy bueno por cierto, cómo mola cobrar por escribir estas reseñas, yo también quiero- acerca de los cincuenta años que cumple I Can’t Get No Satisfaction, de los Rolling Stones. Un día hablaré de ellos, arrodillado ante los p… amos, aunque hayan cometido cosas miserables, pero lo haré cuando tenga un día entero para pensarme bien cómo contarlo.
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Jane Birkin – Arabesque
El Vaticano -y sus sicarios de L’Osservatore Romano- fue en su día el mejor embajador de la chanson française, muy a su pesar. En octubre de 1963, se negó a que Edith Piaf recibiera un funeral religioso –por su mala vida de mujer que amaba la vida y los hombres-, y convirtió al gorrión milagroso en algo más que una leyenda. Seis años más tarde, calificó Je T’Aime Moi Non Plus de canción obscena, y las ventas se multiplicaron como los panes y los peces. ¡Qué cosas!, a ver si nos vamos a tener que ofender por las faldas que llevan los prelados, igual le hacemos un favor a la iglesia apostólica romana.
Indra Rios-Moore – Heartland
“Todos los hombres que descubren Prince en un escenario se dicen lo mismo: este tipo podría ser mi mujer. Estoy segura de que les gustaría hacerle el amor”. Yo he visto al enano púrpura de Minneapolis dos veces en concierto –la primera en París en una desastrosa actuación de 50 minutos que prefiero olvidar, la segunda en Madrid en las Ventas, gigantesca y apoteósica- y no recuerdo que se me ocurriera nada sexual con el gnomo violeta. Con su corista a lo mejor, ¿pero con Prince?
Ximena Sariñana – Mediocre
Ayer estuve en Londres. Bueno, para ser exacto, en las afueras, a exactamente 1.602 kilómetros más al sur del centro de la capital inglesa, en un pueblo llamado Navamorcuende. Un pueblo sin alma, medio fantasma, como todos los pueblos de 2 a 6 de la tarde cuando el sol amenaza con hacerte añorar el invierno. El hambre nos pilló justo ahí y elegimos mal el chiringuito, normal. Cuando todo puede ir mal, irá peor, decía el otro.
Anna Domino – 88
Hubo una época, no tan lejana, en la que los sellos importaban de verdad. Como escuchar música requería un soporte físico, vinilo o cassette, y comprarlos no generaba suspicacias del vecindario ni miradas atónitas de tus amigos, vendían, luego existían. Así podían permitirse auténticos lujos y producir música alternativa –en su acepción ochentera- de calidad, sin caer en concurso de acreedores al día siguiente.
Corine Bailey Rae – Corine Bailey Rae
La próxima vez que entre en una sala de conciertos pequeña, prestaré más atención al ropero. Normalmente paso de dejar nada, más que nada por la cola que se monta cuando acaba la actuación. Pero después de leer la biografía de Corine Bailey Rae, ahora algo dejaré, aunque sean los pantalones, por si estamos con 35 grados fuera y solo llevo camiseta –es que mi tableta de chocolate de yogurín se ha borrado con los años-. Y de paso pediré un autógrafo a la chiquilla al otro lado del mostrador, por si las moscas.
Torres – Sprinters
Los hay que hacen música para hacer dinero (muchos), otros para llamar a la revolución (pocos), y demasiados porque se creen buenos. Muchas para enseñar el culo, otros porque no les ha ido bien en el cole. Algunos entran al azar, otros por la puerta de atrás, y los hay que se dan una leche desafortunada después de subirse por la ventana. Algunos dirán haberse hecho músico para pillar sexo, pocos reconocerán que las fans ya no son lo que eran. Torres, ella, quiere exorcizar su pasado de hija adoptada.