Yves Montand – Les Feuilles Mortes

Yves Montand, sentado a la derecha de Edith Piaf en el trono de los artistas franceses más internacionales. Cual Rubick’s Cube de cuatro caras, Montand se construyó una carrera mezclando facetas de cantante, actor, político y galán. Un Sinatra francés, sin la pata productor, pero mejor actor; y con él que se podía hablar de asuntos de política internacional sin riesgo de que tres matones interrumpiesen la charla y te sacaran por la puerta trasera. Vivió intensamente tantas historias que daría para varios libros. En la ambulancia que le llevaba a urgencias después de sufrir un desmayo durante el último día de rodaje de su última película, le dijo al médico: “Sé que me voy a morir pero no pasa nada, he tenido una hermosa vida”. Murió al día siguiente, el nueve de noviembre de 1991, dejando a Francia huérfana de su artista más querido.

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Jean Louis Murat – Cheyenne Autumn

Suicidez-vous, Le Peuple Est MortSuicidense, El Pueblo Ha Muerto-. Esta canción de 1981, con tan llamativo título, no tuvo el éxito esperado por su compositor e intérprete, Jean Louis Murat. Encima desde entonces arrastra una mala fama, la de haber llevado una adolescente a tomarse el título al pie de la letra. Una canción marcada con el sello de la infamia, dicen. Según qué es la infamia. El voto del domingo en Francia sí me huele a infamia. Francia es un país enfermo, hace mucho que ha dejado de ser el motor de nada. Va a rastras, de lo peor. Destierro la canción, su título me parece tan apropiado.

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Jack Ary – Mange Des Tomates Mon Amour

Anoche tuve una pesadilla. Aplastaban el tomate. El raf despachurrado. The Green Tomato despanzurrado. Quedaba un charco de funículos, simientes y mesocarpo carnoso. Y algo de columna placentar y epicarpo. Pero ni rastro del pendúculo. Hit the Road Jack. Me desperté sudando y para recobrar la calma, empecé a tararear la única canción que podía traerme serenidad: Mange des Tomates Mon Amour.

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Nino Ferrer – Le Sud

Paró su coche en un camino de tierra blanca, arriba de una colina a tres kilómetros de su casa, a la sombra de algunos robles viejos. Salió, sacó su escopeta del maletero, se adentró en un campo de trigo, miró una última vez la hermosa cañada de su pueblo de Saint Cyprien en el Lot francés, apuntó el arma a su corazón, y disparó. Un suicidio a lo campesino para un aristócrata de alma. Así puso fin a sus días hace quince años Nino Ferrer, autor e intérprete de una de las canciones más bellas del repertorio galo, Le Sud. La muerte de su madre dos meses antes no dejó de ser la gota que colmó el vaso, porque toda su vida fue como un malentendido. Él no quería haber cantado muchas de las canciones que le habían traído comodidad, fama y mujeres. Tenía otra idea de su talento, tal y como dijo a su amigo del ama, Richard Bennett, pocas semanas antes del trágico desenlace: “Date cuenta, he escrito y compuesto más de dos cientos canciones, pero la gente sólo conoce tres”. Esto le mataba.

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Philippe Katerine – Robots Après Tout

Ya sabes, me gusta fastidiarte el domingo con canciones imposibles. Esta vez vayamos a Francia, donde un tal Philippe Katerine lleva más de veinte años azotando las ondas, cuando le dejan, demostrando como un crack que se puede hacer música diferente y tener el reconocimiento –entendámonos, tampoco es David el Jeta- de los medios y el público sin mezquindad ni bajarse nunca los pantalones –o levantar la falda, según-.

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William Sheller – Un Homme Heureux

William Sheller. He aquí un músico un tanto particular. No por ser francés – hay franchutes majetes ¿eh?-, sino por lograr componer canciones que no se inscriben en ninguna corriente –es más, muy a menudo totalmente a contra corriente-, de mil estilos distintos, logrando siempre un éxito popular en el que todos los públicos se identifican, gozando de una popularidad sólida, receptor del respeto de toda la industria musical y los medios –nadie habla mal, nunca, de William Sheller, simplemente no se concibe-, con una legión de seguidores fieles, apasionados por el personaje y sus obras, y todo se lo debe a algo que se hace cada vez más raro: el talento. Un talento enorme y una capacidad creativa siempre renovada. William Sheller tiene 67 años y creo que siempre ha estado por ahí en mi entorno musical inmediato. Yo soy fan, a ver si soy capaz de convencerte. Porque claro, lo más probable es que no te suene, no creo que haya traspasado las fronteras francófonas.

Nace en Paris en julio de 1946, de madre francesa y padre americano –un soldado que se quedaría después de la liberación en agosto de 1945, echemos cuenta, este haría algo más que tomar champagne con cierta parisina-. Con tres años, su familia decide probar suerte en los US, en Ohio, donde entablan amistad con músicos de Jazz que suelen invadir el hogar, obligando al pequeño William a quedarse quieto “para no molestar”. Dijo décadas más tarde, que de esta época se quedó, por desgracia, con una aversión total y definitiva por el Jazz –a mi me pasa lo mismo con las judías verdes, que me obligaban a terminar de pequeño, una tortura-. Con siete años se vuelve para Francia, haciéndose mayor en su familia materna, profesionales del teatro. Con diez años decide “ser el nuevo Beethoven o nada”. Sus padres se resignan, hasta tal punto que con 15 años le sacan de la escuela para que se dedique entero a su pasión, el piano y la composición. Pero las cosas no ocurrieron como las imaginaba, un día que su piano estaba en el taller, se fue a ensayar a casa de una amiga, que le hizo descubrir la música pop y rock de la época. En tres horas William Sheller pasó de querer ser compositor clásico a convertirse en rockero. Tiró a la basura toda su formación, y se incorporó a un grupo rock de Niza, los Worst, especialistas en conciertos chungos y cachet miserables. Es cuando William Hand pasa a llamarse William Sheller, nombre procedente del mix de los apellidos del poeta ingles Percy Shelley y del poeta alemán Johan Christoph Friedrich Schiller. Un pelín intelectual sí que era, pero se lo perdonamos.

En 1968, compone una canción, My Year is a Day, que interpretan un grupo formado por americanos residentes en Paris, Les Irresistibles. El tema es un éxito considerable para la época, da la vuelta al mundo y vende lo que no está escrito. Todo el dinero ganado –en esta época los autores sí podían vivir de su trabajo-, lo invierte en la composición de una obra para la misa de boda de una pareja de amigos, Lux Aeterna. Como dijo mucho más tarde, «se vendió menos que jaulas para leones«, sin embargo hoy es una obra de culto, especialmente en Japón –qué cosas, en Japón, ¿por qué será?-.  Luego sacó varios singles como cantante, pero no tuvo éxito ninguno, hasta que Barbara –en los medios galos siempre la llaman la Gran Dama de la canción francesa, pero no dicen nunca cuánto mide- se fija en él y le pide participar a la composición de su álbum La Louve. Ella le termina convinciendo para que se ponga de nuevo a cantar, así es como en 1975 publica un single que va a dar mucho que hablar, Rock’n’dollars, en el que se mofa de esta costumbre muy franchute de poner palabras inglesas en las canciones. En mayo, le invitan a un programa de TV muy famoso, al que William Sheller acude, muy nervioso. Justo antes de que le toque salir en directo, se entera de que forma parte de la sección Una Canción Idiota, y se niega. Ante el desastre anunciado, el presentador –Bouvard, toda una estrella en Francia- va a verle y le dice: «deja que el público, no tan tonto como pensamos, decida si tu canción es o no una tontería«. Aceptó el reto, y no se equivocó. Al día siguiente las tiendas de discos tuvieron una avalancha de compradores del disco, de los que se vendieron 500.000 ejemplares en pocas semanas. Yo la conozco como si fuera ayer, me la sé de memoria. Me sonaba a tremendamente nuevo. Fue cuando William Sheller se hizo un nombre para el resto de sus días.

Sheller un homme heureux

Curiosamente el éxito y los tres años de conciertos y galas que siguieron le asquearon definitivamente de la fama y se prometió no volver a hacer nada tan facilón. Por ello dedicó los siguientes 35 años a hacer la música que a él le gusta, mezclando estilos y géneros, hasta sinfónicos. Y curiosamente sigue teniendo un éxito tremendo. En 1987 publica su octavo disco, Ailleurs, que contiene varios temas sinfónicos, aún cantados por él. Wow, magnífica Excalibur.

Y en 1991, publicó un álbum live con sus mejores canciones que contiene también un tema inédito, Un Homme Heureux. Ays esta canción, buf qué emoción, en mi top 5 canción francesa. El albúm vendió cerca de un millión de copias, por el solo talento de este señor.

Pourquoi les gens qui s´aiment / Sont-ils toujours un peu les mêmes? / Ils ont quand ils s´en viennent / Le même regard d´un seul désir pour deux / Ce sont des gens heureux

Por qué la gente que se ama / casi siempre es la misma / Tienen cuando se vienen / La misma mirada de un solo deseo para dos / Es gente feliz

Te dejo con las cuatro canciones mencionadas en este post. Claro que sigue componiendo y sacando discos, pero me parecen resumir perfectamente la carrera de este artista, tan ecléctico. Soy fan.

 

 

Escucha algunas canciones de William Sheller

Edith Piaf – Non, Je Ne Regrette Rien

El once de octubre de 1963, un día después de su fallecimiento, se anunció la muerte de Edith Piaf, la artista francesa más grande del siglo XX. Hoy hace cincuenta años. Su amigo desde muchos años atrás, Jean Cocteau, poeta, dramaturgo y cineasta, figura literaria e intelectual de la post-guerra, declaró aquel día: “El barco se está terminando de hundir. No he conocido nunca a una persona tan desprendida de su alma. No entregaba su alma, la regalaba, tiraba oro por la ventana”. Después de pronunciar estas palabras, Jean Cocteau se murió también, pocas horas después que la cantante.

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