Archy Marshall sacó su primer EP con diecisiete años, como Zoo Kid. Lo mires por donde lo mires, y no deja de ser fascinante, sacar un disco más que digno a esta edad sólo puede pasar en Inglaterra. Ubicas la misma historia aquí, o en cualquier otro país del mundo, y lo que el (la) chaval(a) te entregaría serían cutrerías empalagosas a lo Bisbal o María Sagana –he tenido que ir a la web de los 40 para saber con quien estaban suspirando últimamente los adolescentes-. Diecisiete años el Archy, me quito el sombrero, lo mismo que hice con Anja Plaschg, la joven austriaca de Soap&Skin.
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Young Fathers – Dead
No sé a dónde va la música la verdad, yo me conformo con seguir disfrutando de ella, sea el estilo que sea mientras me siga emocionando/impactando. Esta mañana, al bucear por ahí en busca de sonidos alimenticios, me encontré con las dos vertientes de su evolución. La comercial, que escupe engendros cada vez más sosos; y la creativa, que no para de proponer propuestas y direcciones nuevas. Concretamente di con dos grupos que no conocía. El primero, usted perdone, se llama Imagine Dragons y me quedé asombrado viendo el número de visionados que acumulan en youtube. Haciendo un rápido cálculo, deben de superar los 300 millones, todo ello con un único disco y dos hits, It’s Time y Radioactive. Después de escuchar ambas “cosas”, saqué dos conclusiones: primero, por suerte no estaré leyendo los medios susceptibles de hablar de ellos; segundo, es hora de que se jubilen los periodistas de Rolling Stones que hablan de rock para referirse a ellos. Música pop insípida para quinceañeras nietas de Los 40 Principales.
Bomba Estereo – Fuego
¡¡Siete de enero, por fin!! Cómo que qué le pasa al siete de enero? Se acabó! Las fiestas, noche mala, noche senil, los reyes embusteros –Señor Guillotin, vaya preparándose, por si acaso-. Se acabó el comer como si fuera la última vez. Sueño con lechuga hervida y zumo de alcachofas. Vaciarme y limpiarme. Ponerme como nuevo. Ya ya, lo sé, un voto piadoso más. De hecho hoy me espera butifarra salsa mostaza y patatas doradas. Como mola. Hago una salsa mostaza de escándalo, lo único que me sale bien, con mi legendaria mayonesa casera. Como ves, no da para un libro de recetas. Por ello hago este blog de música.
Tom Tom Club – Tom Tom Club
En 1980, después del disco Talking Heads 77, el grupo empieza a sufrir las primeras distensiones. David Byrne, hace de pop star carismática, aureolado por la recepción del álbum en los medios y la escena rock neoyorquina de finales de los 70’s. Jerry Harrison, el guitarrista, ex Modern Lovers, inicia una carrera de productor exitoso, que le llevará a sacar adelante grupos como Fine Young Cannibals, Crash Test Dummies, No Doubt. Por su lado, el batería Chris Frantz, con su pareja Tina Weymouth, la gran bajista responsable de la línea de bajo de la canción de culto Psycho Killer, se desmarcan del grupo para crear Tom Tom Club.
Estamos en 1980. Las discotecas de NYC hierven con el agonizante sonido disco de finales de los 70’s. Necesitan una cura de rejuvenecimiento y una fusión de los sonidos que se avecinan, rap, hip hop, new wave, pop. Renuévate o muere, suelen decir. Tom Tom Club se lo va a servir en bandeja, con dos singles ligeros, alegres, euforizantes, que, treinta y tres años después, no han envejecido nada. Wordy Rappinghood y Genius of Love, las pocas desviaciones dance que me permitía en aquella época.
Si bien la banda nace del deseo de Tina y Chris de liberarse de Talking Heads, no sería lo que fue sin la aportación en músicos y talentos del Compass Point All Stars. Esta última formación no era una banda como tal, sino una gran familia agrupando a algunos de los más grandes músicos de reggae y funk del caribe, dirigido por Chris Blackwell, el genial e influyente dueño del sello Island Records, fundador de la industria musical de la Jamaica después de firmar con Bob Marley, asociación que llevará a los dos a la cima hasta la muerte del genio del reggae. El Compass Point All Stars también constaba del Compass Point Studio, en el que decenas de artistas grabaron algunos de sus discos, como AC/DC y su Back in Black en 1980, Robert Palmer, Talking Heads, B’52s, Dire Straits, Rolling Stones, REM, U2, Grace Jones, Iron Maiden, Shakira, Bjork, Lenny Kravitz, Adèle…
Así que cuando Tina Weymouth y Chris Frantz se ponen en busca de músicos para completar Tom Tom Club, van de compras al Compass Point y se llevan a Adrian Belew (guitarra), Tyrone Downie (teclados), Uziah Sticky Thompson (percusiones). Al conjunto la propia Tina asocia a sus tres hermanas, Lani, Loric et Laura para los coros. El primer álbum del grupo es extremadamente novedoso, el sonido, festivo, fusiona rap, hip hop, pop y new wave en un combinado que suena fresco y regenerador. Primero sacan el single Wordy Rappinghood. Inspirado en una versión moderna de A Ram Sam Sam –canción de juego infantil de origen marroquí- interpretada en 1971 por Rolf Harris –hombre de tele y música en UK, aunque australiano de nacimiento-, Wordy Rappinghood es toda una oda a la palabra, las palabras. Sigue Genius of Love, que invade por igual a las pistas de baile europeas y americanas. Ambos singles llegan hasta casi lo más alto de los charts a ambos lados del atlántico. Dos canciones emblemáticas de esta época claramente despreocupada. Buf, no estaría mal volver a vivir algunos años así, ¿verdad?
Escucha los dos singles más famosos de Tom Tom Club
Malcolm McLaren – Duck Rock
[fondo sonoro: nutridos aplausos]
Post nº 300.
[fondo sonoro: silencio respetuoso]
Buf, quedan 700 para acabar con este reto un poco particular –a veces me vienen en mente otros calificativos menos tiernos-, el de llegar a 1.000 discos reseñados seguidos. A veces se trata sólo de una canción, pero la intención es la misma. He calculado que el tres de noviembre de 2015 cruzaré la meta y ya sé qué disco será. De hecho, ya tengo más o menos listo los últimos diez. Es posible que tenga que repetir un grupo o dos de los que ya han estado en los primeros 300, porque me gustan especialmente y tienen que figurar en el final. De momento, vayamos con el 300. Y para no derogar a la tradición de que cada centenar toca algo de los Sex Pistols, visitemos la tumba del maléfico Malcolm McLaren.
Se lo llevó un cáncer hace tres años. La enfermedad fue lo único que no logró manipular a su antojo, como hizo con prácticamente todo el mundo a lo largo de su vida. John Lydon solía decir del ex manager de The Sex Pistols que era la persona más diabólica que le había tocado conocer. Cínico, mentiroso, fabulador, durante una época de su vida se apropió de cosas que no eran de él. Tenía un ego desmesurado, aunque en alguna ocasión no le impidió perder, como en el juicio contra John Lydon, que le obligó a restituir al cantante no sólo el nombre del grupo Sex Pistols sino también buena parte del dinero de los derechos de autor.
Sin embargo hay que reconocerle un enorme talento para crear y modelar, en un bucle sin fin en el que durante años supo renovarse mejor que nadie para no caer en el olvido. Fue empresario, manager, gerente dueño de tienda de ropa, diseñador, compositor, cantante, combinando con mucho arte múltiples facetas de tipo culto con don para hacer dinero. Nació justo después de la segunda guerra mundial, de padre escoces que se marchó de casa cuando Malcolm sólo tenía dos años, y madre judía que le dejó a su abuela y prácticamente desapareció. Su abuela era hija de un vendedor de diamantes portugués de origen judío, y al pobre chiquitín le inculcó su apotegma favorito: “es bueno ser malo mientras que ser bueno es simplemente aburrido”. Con semejante enseñanza el pobre Malcolm no podía evolucionar favorablemente, aunque pudo ser peor. Después de una infancia sin demasiados problemas, se dejó atraer por el movimiento situacionista, especialmente el King Mob, un grupo radical que trató de contribuir a la revolución social del proletariado en todo el mundo. Luego llegaría a la conclusión de que molaba más hacer dinero, y se metió de lleno en el negocio de la ropa con su compañera sentimental Vivienne Westwood –abrieron en 1971 la famosa tienda Let It Rock, en Kings Road, que luego pasaría a llamarse Sex- y él de la música. Primero, a finales de 1973, como manager de los New York Dolls, dándoles ropa de su creación para los conciertos. Segundo como manager de The Sex Pistols, en 1975. McLaren siempre dijo que creó y moldeó el grupo. Es cierto que cuando conoció a Johnny Rotten, la banda ya estaba montada y sólo faltaba a alguien que pudiera encender la mecha de la bomba. Rotten cumplió a rajatabla con el papel, eclipsando por completo al manager con sus letras provocadoras y su forma de interpretarlas en concierto. Por ello Malcolm maniobró para quitárselo de encima en cuanto pudiera, concretamente durante la gira por los US en 1978. Jugada nefasta ya que el grupo no sobrevivió a la salida de su líder carismático. Después del split de la banda, lo volvió a intentar con Adam & The Ants y un grupo de chicas, Bow Wow Wow, sin lograr repetir el mismo éxito.
En 1982 se lanzó en una carrera en solitario, con un don para pillar tendencias antes que cualquiera. De ahí nació en 1983 el disco Duck Rock, con su grupo The World’s Famous Supreme Team, en el que plasma temas de rap, hip hop, scratching y world music, después de presenciar un concierto de Afrika Bambaataa cuando estaba tratando de “vender” Bow Wow Wow en NYC. Este álbum contenía dos hits, Double Dutch y sobre todo Buffalo Gals, una versión de una canción tradicional US con el que UK descubrió el hip hop-. El año siguiente saca un nuevo single, inspirado en la ópera Madame Butterfly, que llega a funcionar muy bien en Europa. Pero a partir de ahí el fenómeno empieza a decaer, pierde el olfato –en 1985 se acercó a una joven banda, The Red Hot Chili Peppers, pero su oferta de “reforma” visual rozó el ridículo y fue rechazada por el líder de la banda Anthony Kiedis– y terminó cayendo en el olvido o casi, debiendo tirar del fenómeno punk –que se apropió en múltiples ocasiones, hay que j…- para seguir existiendo musicalmente, hasta su muerte en 2010.
Te dejo con los tres temas mencionados, más una canción curiosa con Catherine Deneuve, llamada Paris Paris. Hala, adiós Malcolm.
Escucha los «mejores» temas de Malcolm McLaren
Eminem – Infinite
Marshall Bruce Mathers III. A mi me dices este nombre hace una horita, y te enseño el camino hacia el baño más cercano, preocupado por tu tripa. Pero ya me he enterado, resulta que es lo mismo que decir Eminem. Que conste que me parece bien que uno abandone su DNI para iniciar su vida como músico, renegando de todo, reivindicando una oportunidad, vomito y cuenta nueva. Es más, el rock, o cualquier género musical fuera del molde, debería de ser esto. Olvidar para gritar más a gusto. Pero a mi, Eminem me pilló demasiado tarde, su rabia –y no dudo que sea sincera- huele a compact disc, no a vinilo, y al final lo que sé de él se lo debo a mi hija. Buf, Fiouck, te haces viejo.
La tentación, al hablar de Eminem, es la de indagar en su juventud, difícil, caótica, rebelde, en busca de una explicación. Pues no indagaré, no tengo sofá para que se tumbe. Sólo diré que de su adolescencia, salió como una pila atómica, dispuesto a comerse el mundo, a darle una patada a quien se pusiera por el camino, a soltarle soplamocos a la tierra entera. Hace veintiún años de ello. Desde su primera actuación en un vídeoclip –con Champtown, en Do-Da-Dipity-, hasta hoy, cinco de noviembre de 2013, fecha de publicación de su octavo álbum, The Marhsall Mathers LP2.
Escribir sobre Eminem es sumamente arriesgado. Es dios para millones de fans. Es oro todo lo que reluce para su discográfica. Es figura para wikis de hoy y enciclopedias de mañana. Es The King of Hip Hop. Pegaron motes parecidos a algunos artistas por ser el primero en su estilo. Eminem se ganó el suyo no sólo irrumpiendo después de muchos, sino peleando contra la idea de que el rap era cosa de negros. The White Trash vs The Nigger Attitude. Tuvo a influencias de lujo –Dr Dre-, se dejó inspirar por leyendas del hip hop –Grandmaster Flash, Ll Cool J, Big Daddy Kane, etc-, aprendió de iconos raperos –Tupac Shakur, Notorious BIG-, se inventó un avatar –Slim Shady– antes de lanzarse de verdad, se arriesgó con un primer disco tan bueno que nadie lo pilló -1996, Infinite-, se resignó a sacar un segundo álbum mejor aún tres años después –The Slim Shady LP-, y se convirtió en el “fucking best artist” de la primera década del siglo XXI.
¿Sabes? Me alegro por él. Ya lo he dicho aquí, no suelo escuchar mucho rap, pero defiendo la idea de que este género le ha tomado el relevo al rock reivindicativo, para llamar al público a mover el culo y enseñar con el dedo –habrá que hacerse a la idea de que mucho más no se puede pedir-. Y como estandarte del rap y el hip hop, ahí está Eminem. El artista que más discos ha vendido en la década 1999-2009. Exactamente 225 millones, de los que 105 millones como álbumes. Para que nos hagamos una idea, de ocurrir diez años antes, es decir antes del mp3 y los miles de sitios web para descargar música gratis, no son 100 millones de álbumes los que hubiera vendido, sino posiblemente 500 o 1.000 millones, poniéndose a la altura de dios Elvis o los cuatro sosos de Liverpool. No lo sé, son sólo números, a esta altura no quieren decir mucho, pero muestran lo inmenso que es Eminem en la cultura de este siglo y lo que representa para una generación entera. Rolling Stone lo sitúa en el #82 de su lista de los 100 Artistas más importantes, quedándose corto, y clasifica Aftermath, de 1999, en el #275 de su lista de los 500 álbumes más grandes de todos los tiempos. Para rematar, con tan solo cuarenta y un años, ya tiene en su poder trece Grammy Awards.
Es un crack, indudablemente. Me encanta que le de un repaso a todos estos artistas que tanto aborrezco, Gagas, Guettas & Co. Marshall Bruce Mathers III, dales fuerte.
[No soy quien para recomendar un disco de Eminem, te dejo escuchar la primera canción de su primer disco, Infinite, de 1996, homónima].
Escucha la primera canción en la carrera de Eminem, Infinite
Bran Van 3000 – Drinking in L.A.
En los años 70, Europa conoció un curioso fenómeno, de repente florecieron marcas y nombres de comercio con el número mágico. Tintorería 2000, Cafetería 2000, Espacio 2000, Disco 2000. Supongo que querían transmitir modernidad, aunque ya en los 80 olía a horterada. Y a medida que nos acercábamos a la fatídica fecha, muchos se resignaron a cambiar de denominación, antes de que el negocio fuera a peor. Los de Bran Van 3000 fueron un poco más listos. Se pusieron un milenario más, para no pillarse los dedos. Ideas buenas estos canadienses han tenido alguna, aunque no siempre afortunadas. De todos modos, habrá que aguantar otros 987 años a ver qué pasa, os voy contando.
La primera buena idea de este combo de hasta nueve miembros, entre DJs, músicos y cantantes, fue de estrenarse con un mega hit planetario tan genial como pegadizo, el famoso Drinking in L.A. Un one hit wonder en toda regla, una pena, porque la segunda gran idea que tuvieron fue de hacer música buena, variada, original, talentosa. Pero ya sabemos que esto no es ningún criterio a la hora de triunfar. A veces pasa esto, por unos motivos nunca demostrados, un disco falla a la hora de conectar con su público. El problema añadido de Bran Van 3000 fue que mezclaron tantos géneros y estilos que al final no se sabía muy bien qué estabas escuchando. Rock, jazz, hip hop, rap, pop, imposible clasificarlo. Es una tontería pero a la gente le gusta poder identificar un grupo con su propia escala de valores. Y Bran Van estaba en muchas escalas a la vez. Su primer álbum, Glee, publicado en 1997 pocos meses después de Drinking in L.A., pretendía surfear sobre la ola de simpatía que había despertado la banda en medio mundo. Pero no ocurrió. Recibió las mejores criticas, tuvo un Juno Award al mejor disco alternativo del año –los premios concedidos anualmente por la industria musical canadiense, Rufus Wainwright recibió el mismo el año siguiente por su disco homónimo-, pero las ventas no pasaron de 50.000 copias. Yo que lo estoy re-escuchando mientras voy escribiendo el post de hoy, te puedo asegurar que es incomprensible. Qué maestría en la fusión de géneros y la mezcla de sonidos y ritmos. Diecisiete canciones que forman un espléndido patchwork musical.
Desde entonces han publicado otros tres álbumes, siendo el último, The Garden, de 2010. En la misma línea que el primero, mezclan rap con jazz, rock con trip hop, gritos con susurros.
Drinking in L.A. es una verdadera perla melódica, rozando la electro, el hip hop y la pop. Cuenta las desavenencias del DJ y fundador de la banda, James di Salvio, con su propia vida, Dj errante por L.A. en busca de algo grande que hacer, algún legado que dejarse para si mismo. Triunfó en las listas de venta en norte américa y europa por igual. Fue utilizada en campañas publicitarias, en películas –Playing by heart, de Willard Carroll, con Connery, Angelina Jolie, Dennis Quaid, etc-, en sintonías de programas radiofónicos. No tengo la menor duda de que se seguirá escuchando en el año 3000. Os voy contando.
Escucha el one hit wonder de Bran Van 3000, Drinking in L.A.



