Nino Ferrer – Le Sud

Paró su coche en un camino de tierra blanca, arriba de una colina a tres kilómetros de su casa, a la sombra de algunos robles viejos. Salió, sacó su escopeta del maletero, se adentró en un campo de trigo, miró una última vez la hermosa cañada de su pueblo de Saint Cyprien en el Lot francés, apuntó el arma a su corazón, y disparó. Un suicidio a lo campesino para un aristócrata de alma. Así puso fin a sus días hace quince años Nino Ferrer, autor e intérprete de una de las canciones más bellas del repertorio galo, Le Sud. La muerte de su madre dos meses antes no dejó de ser la gota que colmó el vaso, porque toda su vida fue como un malentendido. Él no quería haber cantado muchas de las canciones que le habían traído comodidad, fama y mujeres. Tenía otra idea de su talento, tal y como dijo a su amigo del ama, Richard Bennett, pocas semanas antes del trágico desenlace: “Date cuenta, he escrito y compuesto más de dos cientos canciones, pero la gente sólo conoce tres”. Esto le mataba.

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Patrick Hernandez – Born To Be Alive

Hay canciones que han marcado tanto su época, para bien o para mal, que las puedes situar con gran precisión en momentos concisos de tu vida, recreando con las primeras notas toda la atmósfera del instante. Por ejemplo, recuerdo que cuando a un profesor se le ocurría la genial idea de ponerse malo y no aparecer por clase, huíamos pitando al bar de siempre, uno que tenía una sala reservada a los pinball –ya, ya, otra época lo sé-. Era una gozada gastarse los cuartos en interminables partidas, en lugar de caer fulminado por no recordar qué rayos era un triángulo obtusángulo isósceles. Momento mágico y efímero en el que me sentía el amo del pinball, hasta que empezara a sonar en el local Born To Be Alive, de Patrick Hernandez. Con esta canción podía perder las tres bolas en menos de un minuto. Mira, le voy a denunciar. ¿Dónde está Garzón?

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Sonic Youth – Daydream Nation

Juventud sónica. No sé si se lo pensaron mucho, pero el nombre está genialmente bien elegido. Pega a la perfección a lo que fue una de las grandes bandas rock de los últimos treinta años, depositaria antes que cualquier otra del sonido alternativo US. Claro que cuando se separaron en 2011, ya no eran tan “youth” como al principio, aunque cuando ves a Kim Gordon en los últimos conciertos que dieron, con 58 años ella, dudas de si el tiempo pasa a la misma velocidad para todos. Sonic Youth, grupo esencial en la historia del rock aunque no valorado a la altura de su legado. En mi particular relación con el rock, una de las bandas que más me arrepiento de no haber visto en concierto. Tonto de Fiouck, ya es tarde.

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Kim Giani – Dreamarama

La historia de la música está repleta de artistas majaretas simpáticos, casi siempre inofensivos. Se dedican a hacer música, según su particular visión de ella. Si tiene público bien, si no, no pasa nada. No pretenden ser universales ni llenar estadios y de hecho no lo logran. Van a su bola, pueden gustar o enervar, pero la mayor parte del tiempo, pasan desapercibidos. Microfenómenos musicales inocuos. Hoy toca uno de estos, un francés para meter en el saco de los estajanovistas de la producción. Se llama Kim Giani.

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Petula Clark – Downtown

Venga… y una de mi infancia, ¡una! Downtown, de Petula Clark. ¿Te acuerdas, no te acuerdas? Calla, es mi blog. A ver, luego te cuento, resulta que al indagar sobre ella, me he dado cuenta de que estaba bastante equivocado. Y eso que de chiquitín la escuché lo que no está escrito. Sobre la canción, Downtown, la verdad es que hay poco que contar, pero he de hacer como la wiki que tiene dedicada, la génesis parece sacada de un corto de Albert Hitchcock –Albert, el hermano del otro-. Vaya, ni Kevin Le Carré -Kevin, el hermano del otro- lo hubiera contado mejor. Pero lo más importante son sus gafas, hay una foto de ella en blanco y negro, del año 1966, en la que se la ve con gafas cuadradas, exactamente las que ando buscando desde hace años y que nadie se ha molestado en regalarme, ay que ver. Petula, si me lees, a cambio de tus gafas, te doy mi vinilo 45t de Anita Ward, Ring My Bell. Venga no te rías, aparte de que qué más te da, ya tienes más de 80 años… quiero decir, no me mal interpretes, hoy seguro que un buen Ring My Bell te aporta más que unas gafas de sol cuadradas… Tú di que sí ays…

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Led Zeppelin – Kashmir

Cómo se sabe cuando te estás adentrando en la sala reservada a los más grandes? Realmente te avisan, hay un cartel que pone “Aquí reposan los huéspedes del altar del rock’n’roll, déjate de tonterías y quítate los zapatos”. Así que hoy te contaré Led Zeppelin en calcetines. Nuevos, para que veas. Ayer me preguntó un amigo por el post de hoy, “mañana quién es”, cuando se lo dije, sólo contestó con un ligero “uch”. Es de sobra conocido que un “uch” vale más que muchas palabras. Uch viene a decir, ojo listillo, no te metas con Led Zeppelin, nada de sorna vale? Esta banda forma parte del círculo restringido de los artistas a los que no se toca sin un permiso especial. Una especie de licencia 0,007, licencia para soltar chascarrillos.

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The Crystals – He’s A Rebel

Back to the sixties in the US, últimos años de una época despreocupada iniciada en los 50’s. Todos los clichés valen, coches enormes azules con ruedas blancas, palmeras bordando avenidas espaciosas hacia el pacífico, fachadas de color pastel, letreros luminosos animados, motels recién pintados, el logo de Life, gafas negras tipo ojos felinos, moños atómicos, pantalón pitillo, delicadas y sanas hamburguesas, ligues atrevidos en los drive-in, ruidos de tortas –¡demasiado atrevido!-, seamos sinceros, fue –para ellos, capullos- una época bendita, que nos dio envidia y nos sigue dando envidia a todos, inclusive a ellos mismos. Realmente no sé si era una época menos cargada que la que nos toca vivir, pero lo que nos llega cuarenta años después es una sensación de “A vivir, que son 3.650 días”, con The Crystals y su Da Doo Ron Ron de fondo. Venga, todos a la vez, Suspiremos…

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