John Carpenter – Escape From New York

De joven yo quería ser Snake Plissken. Quería ser un tipo duro, con barba de tres días, un parche en un ojo como los piratas, y ser graciosete. Es lo que gusta a las chicas, me decían. Al final tuve que adoptar otras técnicas, que si no, no me comía una rosca. También deje de salvar a los Presidentes dándole mi voto, terminaban pasándoselo por el forro. Lo que no mola de ser Snake Plissken son los viajes en planeador, eso de volar escuchando el viento en lugar del ronroneo apaciguador de un motor Rolls Royce Trent 533 de 236 kN, buf. Qué… no sabes lo que es un kN? Pues mal vamos. Snake Plissken, él, sabría. Snake Plissken rocks. Snake Plissken for President.

En 1981, John Carpenter dirige Escape From New York –Rescate en Nueva York en castellano-, una película de ciencia ficción, que al igual que otras tantas, falla en dos intentonas de anticiparse al futuro. Uno es la fecha, 1997; ni en 2013 ha pasado lo que imaginaba, a Manhattan se sigue entrando y saliendo con aparente libertad, aunque sea para delinquir en traje y corbata en una oficina respetable de una torre soleada. Y hablando de torre, este es el segundo fallo, hace aterrizar a mi héroe en el tejado del edificio más alto de la isla, gemelo de otro, que sabemos todos no existen. Cómo que “lamentable humor, Fiouck”, si ya no podemos reírnos con nuestros amigos yankees, a dónde vamos a parar. Total, y para resumir, Manhattan ha sido aislada del resto del continente, las autoridades la han convertido en una cárcel de máxima seguridad, en la que sobreviven como pueden todos los cacos del país. Un día que el Presidente de EEUU iba en un avión dormitando al son del ronroneo apaciguador de un motor Rolls Royce Trent 533 de 236 kN –se ve que se ha vendido muy bien este modelo-, irrumpen unos terroristas armados –me hace gracia esta expresión, si no va armado le das un soplamocos e inmediatamente deja de hacer el gilipollas-, pero el listillo logra escapar en una especie de cápsula, que desafortunadamente cae en pleno Manhattan. El jefe de policía me encarga el rescate, quiero decir, LE encarga el rescate a Snake Plissken, afamado forajido al que dan veinticuatro horas para la hazaña, so pena de muerte instantánea –le han implantado unos explosivos microscópicos en la garganta que se activarían pasado el plazo o si intentara huir-. Pero Snake no huye, no soy un cobarde.

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Siguen 80 minutos de acción muy bien montada y realizada, por las calles devastadas de la ciudad, en las que vamos descubriendo a una galería de personajes curiosos, interpretados por un porrón de estrellas: a parte de Fiouck Kurt Russell, están Lee Van Cleef en el papel del capullo de policía que le hace la trampa, Donald Pleasance (el Presidente), Ernest Borgnine (el taxista), Issac Hayes (Duke), Harry Dean Stanton (Cerebro). Por si no la hubieras visto, no te pienso decir que termina bien, gastando Plissken una última broma al Presidente y al jefe de policía. Soy así de buena persona.

Que a dónde voy con esto? Pues a la BSO. Muy buena. John Carpenter es de los pocos cineastas –de hecho no conozco a ningún otro- que compone él mismo las bandas sonoras de sus películas. En el caso de Escape From New York, así como de muchas de sus pelis, asoció a la escritura de la partitura a Alan Howarth, otro compositor especializada en películas fantásticas. Entre los dos, logran perfectamente su propósito de recrear una atmósfera oprimente, un tanto lúgubre. Utilizaron todo tipo de sintetizadores y efectos electrónicos para darle un toque futurista a la música, esencial en una película de este género. Tenía el vinilo. Ya no. Una pena, se lo mandaba a Nicolas Jaar, el del post de ayer, para que se avergüence un poco.

 

 

Escucha algunos temas de la BSO de Escape From New York, de John Carpenter

Michel Legrand – Verano del 42

Volvamos al aire libre, dejemos los barbudos retrasados mentales de ayer, e interesémonos por un imberbe de quince años. Hermie, así se llama, con sus dos amigos de toda la vida, pasa el verano en la isla de Nantucket, en frente de las costas de Massachusetts –es extremadamente difícil escribir bien este estado americano, yo lo consigo, paz en el mundo-. Estamos en 1942, verano del 42, la segunda guerra mundial hace estragos a 6000 kms de aquí, pero Hermie tiene otras preocupaciones. Le hierve la sangre, no tanto por el calor de fuera, sino por las chicas que le rodean. Se levanta febril, acorralado por miles de tetas felinianas, y se acuesta enfermizo, perseguido por cientos de culetes joviales –yaaaaaa, y quéééé, es asíííí, yo también pasé por esto-. Hasta que un día se queda fulminado –y atontado bien hay que decirlo, es algo horripilante el chaval- después de ver a su vecina de playa.

La vecina mola, claro está. Tiene el doble de años que el pobre Hermie, al que sus amigos tienen que venir a arrancar de la duna, cuando ya llevaba 4 días petrificado en su toalla de los Nets. Babeando. Una sonrisa idiota en la cara. El nirvana veraniego. “Me puedo morir”, se le puede oír gemir de vez en cuando. Quien sí ha fallecido es el marido de la moza en cuestión, al igual que miles de sus compatriotas mandados a Europa en socorro de un continente a la deriva. Así que cuando él se entera de la triste noticia, la consuela durante una noche, como haría cualquier hombre con su amada, pero cuando se despierta al día siguiente, ve como ella ha desaparecido, para siempre. Buf, pobre Hermie.

un été 42

De hecho, parece que Verano del 42 fue una película nefasta para casi todos, menos el compositor de la música, el francés Michel Legrand. Después del golpe maestro que representaba la película, a Gary Grimes –Hermie- no se le volvió a ver, o casi. A Jennifer O’Neil le pasó tres cuartos de lo mismo, más o menos. El Director, Robert Mulligan, después de ser nominado por segunda vez a un Golden Globe Award, nunca más volvió a brillar. Así que de la película queda una BSO hermosa, nostálgica a más no poder, que le valió a Michel Legrand el segundo Óscar de su carrera.

Michel Legrand, hijo del compositor Raymond Legrand y de la hermana del Director Jacques Hélian, estudió el piano y la composición en el Conservatorio de Paris, de 42 a 49, recibiendo clases de la mismísima Nadia Boulanger –buf, me hago viejo, es la tercera vez que se habla de ella en esta semana-. Su hermana Christiane fue miembro de la banda de jazz Double Six y las Swingle Singers, durante los años 50. Después de la segunda guerra mundial, dedica varios años a mejorar su estilo y el aprendizaje de varios instrumentos. En 1951 empieza a componer y arreglar temas para orquestas de su padre, quien le introduce en el mundillo de la chanson “ligera”, como Maurice Chevalier. Tres años más tarde, un disco con versiones jazz de canciones francesas, publicado por el sello americano Columbia, es un tremendo éxito, con más de ocho millones de álbumes vendidos. En los años siguientes, se codea con los más grandes, Miles Davis, John Coltrane, Bill Evans, convirtiéndose en el primer europeo en trabajar con los maestros del Jazz.

A partir de 1960, cambia radicalmente el rumbo de su carrera y empieza a dedicarse totalmente a la música de películas. Al principio para Directores franceses –Agnes Varda, Jean Luc Godard, Jacques Demy, etc-. Después de conocer la gloria en Francia por la BSO de Les Parapluies de Cherbourg, decide probar suerte en los US. Contando con la amistad de Quincy Jones y Henry Mancini, Michel Legrand logra hacerse un hueco, empezando por la BSO de El Caso de Thomas Crown, que le vale un primer Óscar. Dos años más tarde, recibe el mismo galardón por Verano del 42 –se llevará una tercera estatua por Yentl, con Barbara Streisand, en 1983, y culminará con veintisiete Grammy Awards en toda su carrera-.

La canción principal de Verano del 42, que dejo para escuchar, me es muy especial, por nada en particular, simplemente me suena tremendamente nostálgica y emocionante. La película es indiscutiblemente bonita, pobre chaval, pobre mujer, la vida es una mierda, ¿verdad?

 

 

Escucha Verano del 42, de Michel Legrand

 

Peter Gabriel – La Última Tentación De Cristo

No he visto nunca La Última Tentación de Cristo, la película de Martin Scorsese. No la vi en su día, tal vez ahora con la edad me dejaría tentar. La vería porque este señor es de mis directores preferidos, posiblemente ese sea el único largometraje suyo que no he visto. Respeto su elección de indagar en la vida de Jesucristo para plasmarla en una película –digo respeto como si yo tuviera algo que decir, ja-. También respeto a la gente que la vio, por los motivos que fueron, creyentes o no. A mi no me llegó, no me interesaba, no es lo mío, simplemente. Como a muchos, me repugnó la movilización de cierto sector católico en contra de la película, aunque parece que hace ya décadas. Ojo, no es que hayamos mejorado en todo este tiempo, mira las viñetas con las caricaturas de Mahoma, casi se dejan la vida en ello los dibujantes, vomitivo.

Pero sí me compré el disco, nada más publicarse. Primero el vinilo, luego el CD. Es de estos álbumes que me llevaría a cualquier sitio, es de una belleza inaudita. Peter Gabriel alcanza en esta obra la cumbre de su carrera. Ya volveré a dedicarle a este genial músico un post entero, sobre su vida y dedicación a la música, primero como miembro de Genesis, luego como artista en solitario, finalmente como fundador del sello Real World, que ha hecho más para la música que todas las gesticulaciones de muchas estrellas a lo largo de los últimos lustros. Hoy sólo quiero centrarme en esta banda sonora, hermosa a más no poder. Es raro poder desvincular una BSO de su película, normalmente una no va sin la otra, pero Peter Gabriel lo logra magistralmente.

[Ya van tres escuchas del tema It Is Accomplished, buf…]

Passion

Cuando Scorsese le encarga la composición de la banda sonora, lo hace con conocimiento de causa. Cuatro años antes, el artista había creado la música de la película Birdy, de Alan Parker, con Mathew Modine y Nicholas Cage –algún problema en decir que se trata de una de mis películas preferidas?-, su primera incursión en el cine, en colaboración con Daniel Lanois. En esta época, Peter Gabriel está en pleno lanzamiento de su sello, sabe que con este encargo, Scorsese le ofrece una ocasión única de darlo a conocer al mundo entero.

Buceando por las músicas del mundo, esencialmente del próximo oriente, pero también de África y Asia, creando un puente entre Occidente y Oriente de una inteligencia pasmosa, Peter Gabriel logra una alquimia perfecta, reuniendo músicos de mil orígenes y culturas, todos al servicio del amor y la emoción. Una obra musicalmente sobrecogedora, cautivadora, embriagadora, con el arte de Billy Cobham –batería de jazz de Panama-, Jon Hassell –trompetista americano-, Youssou N’Dour, L. Shankar, Nusrat Fateh Ali Khan –si has llegado hasta aquí y no sabes quien es Nusrat, lee este post-. Con esta BSO, Peter Gabriel se inventa una especie de folklor imaginario, con una instrumentalización magistral. Es lírico, es casi místico, es inmenso.

Wow. C’est beau, merde.

 

 

Escucha los temas más emocionantes de la BSO de La Última Tentación de Cristo, por Peter Gabriel

 

John Barry – Out Of Africa

John Barry, licencia para cautivar. Uno de los grandes compositores de bandas sonoras del siglo XX. A la altura de John Williams, Ennio Morricone o Maurice Jarre. Nos ha dejado algunas de las composiciones más bellas del cine. Fue sin duda el más romántico de todos los grandes, y eso que iba para rockero. Cómo es la vida eh? Sales de casa con chupa de cuero y Fender Stratocaster en mano, y regresas con chaqué y batuta en el bolsillo. Música, Maestro, Música…

[Nota del autor- ya ya, soy yo, fiouck- estoy escuchando el tema principal de Out Of Africa mientras escribo, mierda, me conmueve]

A ver, John Barry no salía con guitarra eléctrica, lo suyo era cantar y tocar –magistralmente- la trompeta. Primero en la mili. Luego en una banda que montó con amigos al volver a la vida civil, The John Barry Seven. En Inglaterra, a partir de 1957, se hicieron increíblemente famosos, actuando en un sinfín de programas TV, y fueron uno de los dos o tres grupos de rock de la época, compitiendo para el puesto con los mismísimos Shadows, del guitarrista leyenda Hank Marvin. Al estar casi siempre buceando por los pasillos de la BBC para los shows, John Barry se crea numerosas amistades, en especial con Adam Faith, cantante y actor de la película Beat Girl, de Edmond T. Gréville. Así es como le terminan proponiendo componer la música de la película. La primera BSO inglesa en ser grabada y distribuida en un vinilo.

Esta primera incursión en el mundo del cine hizo que se fijara en él Albert Broccoli, ilustre comedor de esta peculiar verdurita mojada en una copa de Martini Vodka agitado, no revuelto. Albert contrata a John para hacer los arreglos de la música de la primera película de James Bond –contra Dr No-, realizada por Monty Norman, autor del famoso tema inicial –pues sí, el mítico tema no es de John Barry, él sólo hizo los arreglos-. Pero ya desde la segunda entrega, se convierte en el músico oficial de la serie –a lo largo de su carrera realizará once BSO de veintidós películas del espía-. Sin John Barry, James Bond no sería probablemente el icono universal en el que se ha convertido.

Africa

En 1965, le encargan la música de la película de James Hill, Born Free –Nacida libre en España-, que narra la integración de tres cachorros de león en casa de un guardabosques en Kenia, con “Elsa” de protagonista principal. Esta película le vale a John Barry dos Óscars, a la mejor BSO y a la mejor canción.  Tres años más tarde gana un tercero, por la música de El León en Invierno, de Anthony Harvey, con Peter O’Toole, Katharine Hepburn y un joven Anthony Hopkins. Se convierte en el compositor más solicitado, Hollywood y el público adoran su estilo lírico resplandeciente. Sin embargo es la TV que va a engrandecer su fama internacional, y en especial la serie de culto The Persuaders –Los Persuasores, en España desgraciadamente no muy conocida-, con los enormes Tony Curtis y Roger Moore. La música de la serie dará la vuelta al mundo. Para gente de mi generación, escuchar las dos o tres primeras notas, es volver instantáneamente cerca de cuarenta años atrás, y volverse nostálgico para el resto del día –que sí, que la pongo abajo para escuchar-.

En 1985, alcanza la cima de su arte con Out Of Africa. Todo se ha dicho ya sobre esta película, que se ha hecho con los galardones más prestigiosos del cine –entre otros siete Óscars, el cuarto de John Barry-. De establecerse un ranking de las películas más hermosas y emocionantes de la historia, tendría que estar en el podio. Bueno, de establecerla yo, seguro. En cuanto a la BSO, la AFI –American Film Institute- la colocó en el #13 de su lista de las 25 bandas sonoras más grandes de la historia del cine. Eff… no sé, yo escucho el tema principal –ya van cinco veces esta mañana, emoción intacta-, y dejo de respirar. En fin…

En 1990, John Barry se hace con una quinta estatuilla para la magnífica Baila con los Lobos, de Kevin Costner. Luego su mala salud le impedirá componer a sus anchas y se tendrá que limitar mucho, hasta su muerte hace dos años. Pero qué legado…

Escucha el tema principal de Out Of Africa, de John Barry

Nikka Costa – Push & Pull

No por mucho madrugar amanece más temprano. Eso debe pensar Nikka Costa, cantante norteamericana que lleva publicando discos desde que tiene cinco años –hoy tiene cuarenta y uno- sin que llegue de verdad a despegar su carrera. Es más, cada nuevo disco se vende menos que el anterior. Su último single, Ching Ching Ching, grabado en 2011 para la banda sonora de la serie US Teen Wolf, no presagia nada bueno para quien fue la Child Star preferida de las tardes dominicales de TV de media Europa y US, a principios de los 80’s.

Nikka Costa estaba destinada a vivir por y para la música. Su padre, Don Costa, fue un legendario productor, arreglista y director de orquesta que trabajó con los artistas más grandes: Paul Anka, Tony Bennett, Sammy Davis Jr. y Frank Sinatra –siendo este último el padrino de Nikka-. En su casa siempre hubo músicos de visita, desde Quincy Jones a Sly Stone. Con tres años ya estaba componiendo sus propios temas, y los cantaba delante de su familia y sus invitados. El primer single que grabó fue con cinco años, un villancico empalagoso que interpretó en un simpático dúo con Don Ho. Este era un cantante tradicional pop hawaiano con cara de Georgie Dan –no confundir con Georgie Dans, el bloggero histérico con los derechos de autor- y voz de Dios Elvis Presley. Dos años más tarde, interpretó una canción como diminuta telonera de The Police en Chile, en un maxi concierto que congregó a cerca de 300.000 personas, y el año siguiente, cantó con su padrino Frank Sinatra en el césped de la Casa Blanca. En 1981, influenciada y alentada por su padre, y, no seamos mezquinos, ayudada por cierto talento para la música, grabó su primer álbum. Disco homónimo, subió hasta lo más alto de las listas de venta de muchos países europeos y de Suramérica. Contenía un cover del Out Here On My Own – cantada originalmente por Irene Cara en la película Fama- que cautivó a millones de chiquillas y no tan chiquillas en todo el mundo. Aquí fue un casi despropósito, instalándose el tema en el #1 durante nueve semanas.

Nikka

Dos años más tarde publicó un segundo disco, Fairy Tales, justo antes de que falleciera su padre. Luego esperó otros seis años para intentarlo de nuevo, con Here I Am, Yes It’s Me. Pero con diecisiete años la magia de los child stars ya no funcionaba, y el álbum pasó desapercibido. Los años siguientes los pasó en Australia, donde se hizo mujer y esposa, reordenó su vida, pensó en qué quería hacer con su vida de artista, profundizó en varios estilos, y escuchó todo el repertorio de la Motown y la Stax Records. Montó una banda, y empezaron tocando música funk y soul. Su primer álbum como adulta fue Butterfly Rocket, de 1996, por el que recibió el premio a la Mejor Artista Revelación en los Premios de la Industria Musical australiana. Después de volver a los US, siguió creando y componiendo, y en 2001 sacó el disco Everybody Got Their Something, una buena mezcla de rock, soul y r’n’b. El tema que abre el disco fue elegido por la marca de ropa Tommy Hillfiger para su campaña publicitaria en TV, pero no fue suficiente, el disco no vendió más de 250.000 copias, muy por debajo de lo que esperaba su discográfica. Siguieron otros dos álbumes, Can’tneverdidnothin’ en 2005 y Pebble to a Pearl en 2008, que tampoco tuvieron mucho éxito. Y con Ching Ching Ching, parece que se acaba la carrera de Nikka Costa.

En el disco Everybody Got Their Something, sin embargo, había una auténtica perla, Push&Pull. Fue seleccionada por Ted Demme para figurar en la banda sonora de su película Blow, con Johnny Depp y Penelope Cruz. Es una canción hermosa, con un tempo lento acompañando la voz clara de Nikka. Como Wise Up, de Aimee Man. Justo lo que necesitamos para arrancar esta semana.

 

 

Escucha Push & Pull, de Nikka Costa

 

Joshua Bell – Meditación de Thaïs

Ays calimeros del lunes… vale, algo suave par iniciar la semana. Violín, nada mejor que un poco de violín para aclararse las ideas y disipar restos de copas. Sobre todo si el violinista es Joshua Bell y el violín un Stradivarius.

Jóvenes violinistas prodigios ha habido muchos a lo largo de la historia. Basta con entrar en youtube y buscar vídeos de niños dándole al arco, plétora. Cuántos llegan a ser grandes músicos de verdad? Pocos. Los metes en un embudo, y al otro lado es un goteo muy lento de grandes talentos. Gil Shaham, Leonidas Kavakos, Maksim Vengérov, los virtuosos actuales, todos con “derecho” –y bolsos bien repletos- a tocar un Stradivarius. Pero hay un peldaño más en la escalera hacia el cielo, y ahí está Joshua Bell, el elegido, con su pinta de niño bien, su cuerpo atlético, su sonrisa sexy, campeón nacional de tenis con diez años, capaz de encestar treinta veces seguidas en baloncesto. Un súper dotado en todo lo que se propone.

Alumno de Josef Gingold –ruso judío establecido en los US, hasta su muerte en 1995 considerado como el mejor profesor con el que podía soñar un aprendiz-, Joshua Bell se produce con catorce años como solista con la Orquesta de Filadelfia, dirigida por Riccardo Muti. Impone el dato. A partir de ahí, su carrera está repleta de acontecimientos superlativos. Carnegie Hall con diecisiete años, primer Grammy con veintiséis, primera banda sonora original con treinta y uno –para la película canadiense el Violín Rojo-. Hace dos años aceptó dirigir la Academy of St Martin in The Fields, la mejor orquesta de cámara inglesa. Pasar de ser violinista a director de orquesta es un nuevo reto, al que no les fue del todo bien a ilustres predecesores como Rostropovich. Pero de momento, al igual que en cualquier otra actividad en las que invierte su tiempo, le va fenomenal.

En 2007, aceptó realizar, por cuenta del Washington Post, una experiencia única. Una fría mañana de enero de aquel año, se instaló en una estación de metro de la capital americana, y tocó durante tres cuartos de hora. De las 1.097 personas que pasaron delante de él –toda la escena se filmó con cámaras escondidas-, siete se detuvieron a escucharle, y sólo una mujer le reconoció, ya que había asistido pocos días antes a una representación del violinista por la que había pagado cien dólares. Aquel día le dio veinte más, de los treinta y dos que recaudó en total. Joshua Bell en el metro con su Stradivarius de 4 millones de dólares. ¡Nuestras prisas acabarán con nosotros!

Bell es el feliz dueño del Stradivarius llamado Gibson ex-Huberman. Fabricado en 1713 por el maestro lutier, fue robado dos veces. La segunda en 1936 por el músico Julian Altman, cuando era propiedad de Bronislaw Huberman. Altman esperó cerca de cincuenta años para restituirlo, después de confesar a su mujer que lo había robado él. En una ocasión que tuvo Bell de tocar con el violín, su dueño le dijo que lo vendía por cuatro millones de dólares, oferta que rechazó. Pero después de enterarse que lo iba a comprar un coleccionista alemán, se echó a llorar, vendió su propio Stradivarius –llamado Tom Tyler- por dos millones, y compró el Gibson ex-Huberman. El primer disco que sacó con el violín, Romance of the Violin, vendió cinco millones de ejemplares en el mundo. Una buena jugada.

Ladies

En 2004, Joshua Bell compuso la BSO de la formidable película La última Primavera, con dos enormes actrices, Judi Dench y Maggie Smith, que relata la historia de dos hermanas de los Cornualles ingleses que le salvan la vida a un náufrago polaco, que poco a poco recobra la memoria y su particular don para tocar el violín. Hay dos momentos que rozan lo sublime, cuando interpreta la pieza Meditación, de la ópera Thaïs del compositor francés Jules Massenet, y un tema creado especialmente para la película. Te dejo con los dos temas, magníficos.

Hair – (BSO) Let The Sunshine In

Cuando vuelven a sonar a lo lejos ciertos tambores de mal augurio, enseguida me vuelve en mente el musical más anti belicoso de todos, fabulosa obra de teatro de finales de los 60’s, oda atemporal a la alegría, el amor y la paz, Hair. Anti Vietnam en su momento, vale para cualquier escenario de guerra de hoy y mañana. La solemos escuchar en inglés, la oímos en español y en francés, también se agradecería se pudiera disfrutar en árabe y hebreo, o en cualquier idioma de naciones y pueblos que parecen haber olvidado que estamos aquí un tiempo reducido y que, fuck, no estaría mal que fuera viviendo en paz.

Hair, The American Tribal Love-Rock Musical, se estrena inicialmente de forma discreta en un pequeño teatro del East Village, The Anspacher Theater, Off-Broadway, en 1967. Discreta, muy a pesar de las intenciones de sus dos creadores, James Rado y Gerome Ragni –con música de Galt MacDermot-, que llevan años soñando con colocar un musical en Broadway a lo grande. Sin embargo, después de estudiar el proyecto, los representantes de los grandes teatros de la famosa avenida se niegan uno tras otro ante el propósito de la obra y el escándalo que se avecina. Cuando finaliza el contrato de seis semanas con el teatro, conocen al dueño de una discoteca de Manhattan, The Cheetah Club, que les propone trasladar el show allí. Poco a poco, corre la voz de que hay algo que se cuece en esta sala, y eso que sólo ofrece horarios inadaptados, con tal de preservar su actividad inicial de discoteca. En la primera representación, hasta se acercan Otto Preminger y Barbra Streisand, prescriptores sin levantar el dedo, como todas las estrellas. Las primeras criticas en los diarios neoyorquinos son muy buenas y encuentran fácilmente eco en una población de la east coast cada vez más ansiosa por escuchar otra propuesta de sociedad y conducta, y sobre todo cada vez más en contra de la guerra en Vietnam. Peace & Love, Sex & Drugs. Finalmente, logran un contrato con una sala de Broadway, el Biltmore Theater –rebautizado como el Friedman Theater en 2003-, en el que inician una nueva etapa seis meses después. Durante este periodo, aprovechan para modificar el guión, cambiar actores, añadir trece canciones nuevas y rehacer parte del decorado. Cuando se vuelve a estrenar el 29 de abril de 1968, Hair ha madurado, ha ganado en originalidad, es más audaz y critico aún con el sistema.

Hair

Desde esta fecha, Hair se ha convertido en una de las obras de Broadway más famosas, de estas que hacen de este barrio un lugar imprescindible cuando uno se encuentra de visita o vacaciones en NYC. Se mantuvo en el Biltmore durante 1472 representaciones, a pesar de la enorme controversia que supuso para la época, las canciones anti guerra, los desnudos, el fomento del uso de las drogas, el amor libre, y todo lo que caracterizó el movimiento hippie de finales de los 60’s. En EEUU algunas ciudades menos tolerantes recibieron a la tropa con una violencia inusitada para un acto cultural –en Cleveland familiares de actores encontraron la muerte en el incendio del hotel en el que se hospedaba la tropa-. Se empezó a exportar a otros países al año siguiente: en Londres estuvo casi 2000 noches seguidas y su estreno supuso el fin de la censura en los teatros; en Paris algunos movimientos católicos conservadores organizaron manifestaciones anti Hair durante el estreno; cada noche se podía asistir a una representación de la obra en muchos países del mundo –bueno ya sabemos más o menos cuáles-. En 1979, Milos Forman adaptó la obra al cine con John Savage, Treat Williams y Beverly d’Angelo. El guión es el mismo, menos el final, que ve morir a Berger (Treat Williams), en lugar de Claude Bukowski (John Savage), como en el musical original. Una película –al igual que West Side Story– que he visto múltiples veces y que veré otras muchas, con un placer siempre renovado. Hair es grande y vital, es gozosa por su alegre forma de darle una patada en los huevos a los carcas belicosos y amargados.

Te dejo con la canción del final de la película, Let The Sunshine. Me chifla.

 

 

 

Escucha Let the Sunshine in, de la BSO de Hair