Ayer, después de mi pedo de desprecio desengañado en la nariz de la inefable e infumable miss bistec –más quisiera yo, por dios mi reino por poder tirarle un pedo en plena cara-, me preguntaron si mi homenaje ventoso a miss solomillo valía para el disco del día. Y digo yo, por qué fiouck no iba a ser capaz de sacar una canción, ¿eh? Aunque la mejor respuesta es la de publicar al día siguiente un disco de verdad, un álbum de estos que te atrapa, te llena la cabeza de sensaciones hermosas, el corazón de latidos felices y el estómago de suaves patadas. De estos que te recuerdan que la música no se mide por el número de followers en Twitter, sino por las emociones que te asaltan –ya sé lo que vas a decir y yo te lo digo, no, no son emociones las que uno siente al escuchar a miss costillas salsa barbacoa, son alertas de que es hora de que espabiles-.
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Jefferson Airplane – Surrealistic Pillow
El otro día me llegó una de estas imágenes que viajan vía mail o whatsapp, rebotando de pc en pc durante una semana hasta que la sustituya una nueva, más divertida o impactante. Pero esta me la quedé, la tengo en el escritorio, me parece muy acertada, emblemática de una visión empresarial timorata de otro siglo, digamos que el anterior al pasado. La imagen dice: “Director Financiero preguntando al CEO: Qué pasa si invertimos en formar a nuestros empleados y luego se marchan?. Responde el CEO: Y qué pasa si no lo hacemos, ¿y se quedan?”. Bien CEO bien, ahí te veo. Aunque yo añadiría “Y qué pasa si no lo hacemos, y se marchan por no sentirse valorados?”. Sobre ello debieron reflexionar los músicos de The Great Society en octubre de 1966, cuando dejaron marcharse a su cantante, Grace Slick. Hoy Fiouck haría un post sobre ellos, no sobre Jefferson Airplane.
Valerie June – Pushin’ Against a Stone
Cara de Venus vudú y pelo de Gorgona moderna, indolencia sureña, voz nasal y lánguida, Valerie June huele a Tennessee, granero abandonado, Ford pick-up desbaratado, sol asfixiante, mecedora inmóvil, serpiente de cascabel cabrona, horca polvorienta y viejo granjero blanco desdentado y un dedo de frente –el otro dedo, de Jack Daniel’s-. Valerie June es la nueva sensación de la música root americana, la nueva sacerdotisa del folk blues góspel sureño, con sólo treinta y un años y cuatro álbumes.
Después de criarse en Jackson, Tennessee, hermana mayor de una fratria de cinco niños y con góspel hasta en la sopa, Valerie June se marcha temprano de casa para probar suerte en Memphis, con su novio y futuro marido. Un bar la acoge en su seno, como camarera de día y cantante de noche. Pronto su voz de sirena encandila al público lo que la lleva a producirse en salas de la ciudad y en festivales de música root de los estados del sur. Algunos años después, se marcha a Nueva York, con un nuevo novio y grandes aspiraciones. Auto produce dos discos que pasan un poco desapercibido –The Way of the Weeping Willow y Mountain of Rose Quartz-, toca cada vez que puede, y termina interesando a John Forté, ex miembro de The Fugees, que anda buscando colaboradores para un álbum en solitario. Graban cinco canciones juntos, pero sólo ve la luz una de ella. Y bingo, Give Me Water, bonita perla de Blues Hip Hop, llama la atención de muchos medios y artistas. Uno de ellos no es otro que Dan Auerbach, cantante guitarrista de The Black Keys, neo sureño instalado en Nashville donde ha instalado su propio estudio de grabación.
Mientras el de las Llaves Negras busca una fórmula para sacar adelante su corazonada, ella se lanza al crowfunding, un Kickstarter en toda regla que le permite recaudar 15 mil dólares, con los que graba su tercer disco de estudio, Valerie June & The Tennessee Express. Con este nuevo álbum, más la ayuda de Dan Auerbach, logra hacer una mini gira por Europa, en salas diminutas, de a veces no más de treinta espectadores. No tiene ella ni sus músicos una gran técnica –ella siempre ha dicho que no quería ser Jimi Hendrix, tan sólo acompañar su canto con guitarra-, pero compensa con su radicalidad y compromiso con su letra.
De vuelta a los US, se mete de lleno en su colaboración con Dan Auerbach. Apoyándose en su fama, el Black Keys logra enchufarle en algunos actos y giras, que le llevó a participar de telonera de la gira de Jake Bugg, otra nueva sensación, esta vez inglesa y de rock. En marzo del mismo año entra a grabar lo que es su cuarto álbum, Pushin’ Agaisnt a Stone, publicado este verano y con creces el más logrado, mejor arreglado y producido de los cuatro. Su voz a la vez dulce y nasal, armoniosa y guerrera, acompaña perfectamente un conjunto de doce temas de muchos géneros, entre blues, góspel, pop, country y jazz. Recibe un aluvión de criticas todas ditirámbicas; si hasta Rolling Stones lo clasifica en el #44 de su lista de los cincuenta mejores álbumes de 2013. Gran álbum.
Escucha algunos de las mejores canciones del cuarto álbum de Valerie June
Matthew E. White – Big Inner
Este es mi regalo de Navidad. El disco más brillante e improbable que he escuchado en mucho tiempo. Como tantas veces, he tardado mucho en enterarme, soy un poco paquete, eso me pasará por no ser un asiduo ni de Pitchfork ni de Mondosonoro. Aunque de todos modos hay tiempo para descubrir un disco, pueden pasar los años sin que envejezca la música que contiene. Al final, más que el tiempo perdido, me preocupa que un gran álbum no se cruce nunca por mi camino, por falta de oportunidad o porque a veces el azar no cumple con su cometido. Porque, cuando la casualidad no se deja abusar por el Plytmouth con Fever Tree, puedes estar de suerte. Como el otro día, que me crucé con Matthew E. White y su álbum Big Inner.
The holly fuck, pero por dios esto qué es? Crees en los milagros? Deberías, porque sin duda lo es.
Nunca el físico de un músico había sido tan alejado de la música que compone, como el de Matthew E. White. Es alto, relleno, barbudo, peludo; parece el retoño de cualquier miembro de ZZ Top o de Meat Loaf. Un poco oso, en su versión Droopy con aire afligido. Realmente, Matthew E. White es un coloso bonachón y apacible, y aunque parezca mentira y tan poco creíble, ha sido capaz de componer y producir un primer disco de un virtuosismo y una delicadeza pasmosos. Big Inner –beginner- es una enorme joya de pop y soul, con toques góspel, jazz, americana y folk. Big Inner es la suma del talento extraterrestre de un músico que nunca antes había compuesto ni cantado, más un coro y un big band como en los buenos viejos tiempos. ¡Aleluyah!
Matthew E. White creció entre Manilla, donde sus padres residieron durante ocho años como misionarios católicos –esto no se inventa-, y el estado de Virginia, uno de los lugares más conservadores y puritanos de EEUU, tierra de telepredicadores bastos y binarios, fuente de luz inagotable para cierto ministro falto de argumentos para defender lo indefendible. Muy pequeño, sus padres le daban música para escuchar. A los tres años, estaba con un best-of de Beach Boys. Pocos años más tarde, era Chuck Berry quien sonaba en su dormitorio, como puente de enlace con un país que nunca había pisado. Una vez instalados en los US, se puso a tocar la guitarra, quería ser tan grande como su ídolo Chuck. Luego evolucionó hacia la música hippie, el rock progresivo, el Grateful Dead y más tarde el grunge de Nirvana. Lo miró y analizó todo, hasta la escena punk de Richmond, la ciudad donde se estaba criando, que descartó con una frase muy bonita, precursora de su postura con la música a veces cerebral : “había una escena punk rock importante, pero no me interesaba, no tenía esta energía en mi, no sentía suficiente rabia ni me veía muy cínico, todavía tenía mis ilusiones”. Finalmente, cual ordenador que escupe el resultado de unas cálculos y algoritmos complejos, decidió dirigirse hacia el jazz experimental.
Durante muchos años, estuvo tocando en el grupo Fight The Big Bull, banda de jazz afamada por inspirarse en el free jazz de los 60’s; fue el alumno aventajado de quien fue su mentor durante más de diez años, Steven Bernstein, erudito de la música, músico de Lou Reed, Leonard Cohen y muchos otros. Empujó a Matthew a escuchar, mirar, aprender, practicar, leer. Steven le abrió múltiples camino, Matthew logró fusionarlos todos en una única línea experimental. La suya, inspirada en la historia de la Stax y la Motown, se articula alrededor de un sello propio –Spacebomb-, un estudio de grabación, y una banda que se beneficiará de todas las bondades del conjunto.
El resultado, Big Inner, es apabullante. Un disco debut como muy pocos en la historia de la música popular. Siete canciones muy largas, en las que plasma su idea de la vida, la religión, la música y el porvenir de la humanidad. Música creativa, cálida, madura, majestuosa. Bajo groovy, guitarras delicadas, cobres serenos, teclados aéreos, percusiones suaves, coros exaltados, y la voz de Matthew E. White, delicada y desgarradora.
Hay que escuchar Brazos, hasta el final, son nueve minutos con muchas variaciones, incalificables. Es hermoso. Peace.
Escucha algiunos de los temas más bonitos de Big Inner, primer álbum de Matthew E. White
Jim James – Regions Of Light And Sound Of God
Qué quedará de Jim James el año que viene? Dentro de cinco, diez o cincuenta años? Esta es la pregunta que me hacía mientras sonaba suavemente su disco Regions of Light and Sound of God en casa. No sé si es una pregunta buena o idiota, o si está simplemente fuera de lugar, viendo lo que nos rodea. Es sólo que a mi me llama la atención. Toda esta música indie folk que nos cae del cielo a diario, por mucho talento que tengan sus intérpretes –y no le falta a Jim James-, para qué? Me haré viejo, quiero creer a toda costa que los músicos le dan sentido a la música que hacen, cuando realmente son felices haciendo feliz a sus fans. Tendrán razón en el fondo. Rehacer el mundo con notas, acordes y letra ñoña, es cosa del pasado. Hoy vale la estética y el entertainment. Música bonita para quedarse en la cama o música cañera para salir de ella. Pero para salir a la calle a pedir, ya no hay. Fiouck, tomate un poleo y relájate.
Jim James es joven, no llega a 35 años, pero hace música de viejos. De viejos hippies que habrían vuelto de todo, calendario en mano, tachando los días que quedan para la jubilación, después de décadas pasados en Correos o, para los más osados, en su tienda de libros de medicina natural y bolsitas de plantas milagrosas -menos para tu bolsillo-. Y esta mala leche Fiouck? Lo siento, es sólo que me siento un pelín estafado por el amigo James. Su primer disco en solitario, publicado en febrero de este año, empezaba tan bien, que da rabia. El tema que abre el álbum, State of The Art (A.E.I.O.U.) me encanta, y sigue por el mismo camino con la segunda canción Know Til Now. Piano, teclados, percusiones, guitarra ligera, bajo profundo, y su voz clara a la Neil Young o Paddy McAloon, de Prefab Sprout. Wow, dos temas realmente prometedores. Y luego yo qué sé, hace como plof. Todo recae como un clafoutis de queso que se habría quedado un minuto de más en el horno. Ooooooh qué pena, dicen. Pues eso, qué pena. No es malo el resto del disco ni mucho menos, pero lo podía haber interpretado uno de los cuatro millones de artistas de indie folk aparecidos este año, y nadie se daría cuenta.
Y eso que no es realmente un novato. Nacido en 1978, en Louisville, Kentucky, Jim James fue primero cantante de una banda llamada Month of Sunday, también conocida como Mont de Sundua. En 1998 sacan un disco, del que no hay rastro –después de más de 300 posts en este blog, he llegado a la conclusión de que no existes como artista si no tienes wiki en inglés-. Aquel mismo año, Jim James pasa a otra formación, My Morning Jacket, de la que se convierte en líder, cantante, guitarrista, productor, alma, conductor de la furgoneta. Seis álbumes han publicado desde entonces. Al principio dándole fuerte a la reverb en su voz, haciendo una música atmosférica –iba a decir aburrida, pero no sería justo, sobre todo que es un grandísimo guitarrista, Rolling Stones le incluye en su lista de los veinte mejores guitarristas del momento-, rozando con el rock psicodélico, hasta suavizar el lado 70’s a partir del cuarto disco, Z, el más aclamado por los medios especializados y el público.
Y un buen día de 2013, decide probar suerte en solitario. Regions of Light and Sound of God –también hay que ver el título-. Recibe buenas críticas, no ditirámbicas, pero sí gratas. Oye, ya van veinte años de carrera. Que conste que antes de preguntarme lo que quedará de Jim James en el futuro, me saco el sombrero, porque la música también necesita a artistas que, aunque no vayan a cambiar el mundo, sí nos lo hacen más ameno, aunque sea durante sólo dos canciones.
Escucha las dos mejores canciones del disco de Jim James
Citizen Cope – The Clarence Greenwood Recordings
El otro día, una lectora del blog, una de los 800 millones que lo leen a diario –¿no será una risita tonta lo que acabo de oír?-, compartió conmigo una canción pensando en que me podría gustar tanto como a ella. Bingo, me entusiasmó. Me gustó a la primera, el típico tema que sabes que detrás tiene que haber más y que te va a gustar todo lo que hace. Pero tontamente no me quedé con el nombre completo ni con el link –los fines de semana toca gintonic-, sólo me acordaba del apellido. Cope. Merci Madame, ajem, lo que he sufrido para volver a localizarle y poderle dedicar este post con olor a lunes.
Porque músicos que se apelliden Cope, hay para aburrir. El primero que me viene en mente es el amigo Julian Cope, ex líder de The Teardrop Explodes, banda punk de finales de los 70’s, también conocido como especialista en cultura neolítica, poeta, activista, escritor de ensayos. Luego tenemos a Pierre Cope, bajista de un grupo efímero llamado The Void, y luego del dúo Dinger, con su comparsa Andy Bell, que luego formaría Erasure. También está Miles Cope, músico de jazz US, Kenneth Cope, compositor de música religiosa –que sí, que los hay-, Jay Cope, cantante de hip hop y rap US –no podía no haber un Cope rapero-, y Nick Cope, cantautor inglés. Lo más probable es que haya más. Pero en fin, en ese momento di con el mío, él del post de hoy, Citizen Cope.
Merci Madame, la búsqueda ha merecido la pena. Clarence Greenwood se llama el Ciudadano Cope; es americano, escribe, produce e intérpreta una música muy personal, mezcla inteligente y brillante de blues, soul, folk, rock, y si me atrevo, de rap. De hecho inició su carrera hace quince años como miembro de un grupo de hip hop de Washington llamado Basehead. Voz ronca y barba de cinco días que seducen a las chicas. Y un talento que vuelve loco a los medios. Rolling Stones escribió de él “Citizen Cope mezcla hip-hop con folk, soul y blues, y siente profundamente esta fusión, ofreciendo acordes y armonías poco comunes que combinan una delicada disonancia con destellos inesperados de belleza”. Justo lo iba a decir. The Washington Post lo nombró “el mejor artista de soul de la ciudad desde Marvin Gaye”. Ya tiene cinco álbumes en su poder, sin contar uno que publicó hace veinte años, pero del que sólo se editaron 500 copias. Yo te dejo con cuatro temas del segundo, de 2004, llamado The Clarence Greenwoods Recordings. Te va a encantar, lo sé. De elegir una, me quedo con Pablo Picasso. Buf, qué bonita.
Escucha los mejores temas de The Clarence Greenwoods Recordings, de Citizen Cope
Laura Marling – Alas, I Cannot Swim
La música está llena de consideraciones en principio antagónicas, como mínimo incompatibles. Veamos el caso Laura Marling. Ella es una digna representante de la folk music inglesa. No soy muy de este género, salvo contadas excepciones –como la de esta rubita por ejemplo-, pero entiendo que es la música de los hippies, los peludos peace and love de los sesenta, anti establishment, anti sistema, pro amor y sexo libre, grandes cigarros y gafas redondas. Meditar, trabajar lo mínimo y vivir del cuento. Pero curiosamente ella procede de un entorno familiar justo en lo opuesto. Su padre es baronet. Algo así como un barón chiquitín. Más que un Caballero, pero no lo suficiente como para tener su asiento en la cámara de los Lores. Casi un don nadie jatetu, pero que se hace llamar Sir, ama a una única mujer en su vida, no tolera descarríos sexuales –sobre todo si no son suyos-, fuma habanas, lleva monóculo, y va a la iglesia. Por lo demás eso sí es bastante parecido, trabaja lo mínimo y vive del cuento.
Pues la Marling, aún procediendo de una finca azul, se ha convertido en una de las grandes figuras de la música folk. Se veía venir; estudió en un colegio Quaker –nada que ver con los cereales- y años más tarde declaró que ahí dentro se sentía rara. No es para menos. Con 16 años, se marcha a Londres –era la última retoña Marling, y el título de barón chiquitín se transmite al hijo mayor, para qué quedarse francamente- y muy rápidamente integra un movimiento musical naciente, llamado nu-folk, donde se hace un montón de amigos con gafas de pasta –la moda cambia, ya nadie respeta nada-. Colabora y canta con bandas “famosas” –no nos pasemos eh?-, Noah and the Whale, The Rakes, e incluso sale en el clip de la canción Young Love, de Mystery Jets. Aplica las buenas viejas reglas hippies coleccionando novios y rollos –todos músicos de bandas que le ayudaron a hacerse un hueco, qué mal pensado eres Fiouck-, compone y escribe canciones propias, que auto edita en EPs de los que luego renegó, antes de firmar con Virgin para publicar un primer álbum, Alas, I Cannot Swim –probar con aletas, listilla-.
Sale en 2008, de la mano de su free rollo de aquel entonces, Charlie Fink, de Noah and the Whale. La acogida fue muy buena. Para que me guste a mi un disco de folk tiene que tener un algo que no me saque de quicio a los dos minutos. Vendió más de cien mil discos en UK, un dato revelador del talente de la chiquilla, que acababa de cumplir 18 años (¡¡dieciocho!!). Fue nominado a los Mercury Music Prize –algo así como los Oscars de la música en UK-, recibió criticas calurosas –la que más sonó fue que era la digna sucesora de Joni Mitchell-, y NME situó el tema My Manic and I en el #146 de su lista de las 150 mejores canciones de los últimos 15 años. El disco es realmente muy bonito, su voz suena fuerte y las melodías frescas. Vamos, que lo puedes escuchar un día lluvioso y triste, no te vas a pegar un tiro.
Escucha entero Alas, I Cannot Swim, de Laura Marling




