Ella Fitzgerald – Ella Fitzgerald Sings the George and Ira Gershwin Songbook

Iniciar un post sobre Ella Fitzgerald, es como atacar el Everest en bañador, sin oxígeno y con ventisca. Como que algo de respeto le tienes a la cosa, y pocas ganas de reír. Y yo soy de reír, sobre todo hablando de música, y nadie debería de estar por encima de esta regla, ¿verdad?. Así que busque y rebusque, y ya encontré una anécdota divertida sobre Ella Fitzgerald. Tenía los pies grandes y peludos como un hobbit. Ja, casi caes eh? Na, es broma. Pero esta tontería relaja el ambiente, y es importante desmitificar, incluso a Ella Fitzgerald.

Porque sí, es un mito. First Lady of Song. Queen of Jazz. Lady Ella. Son pocos los elegidos con mote intemporal, por los siglos de los siglos. Ella se lo ganó a pulso –realmente, como todos, esto no cae del cielo-. Como muchas cantantes trascendentales, se hizo grande contra la adversidad –vease Edith Piaf, en un post de la semana pasada-. Nació pobre -1917, en las afueras de Nueva York-, sus padres se separaron rápidamente, tuvo que ayudar a su familia a salir adelante trabajando muy joven, con quince años su madre falleció y a las pocas semanas su padrastro, dejándola a ella y su hermana totalmente huérfanas. Recogidas por una tía, se deja atraer por el lado oscuro de la buena vida y tiene unos pequeños problemas con la policía, que la manda a un centro de reeducación, del que escapa. Sin domicilio, se deja caer en cuchitriles de poca monta, ejerciendo incluso de fisonomista en un burdel.

Es cuando aparece el hada buena, tantas veces celebrada en este blog. Con diecisiete años se inscribe en un concurso musical, organizado por el Apollo Theater de Harlem –en esta sala donde 28 años más tarde James Brown grabará su famoso Live at the Apollo-, en el que piensa presentar un número de baile. Pero en el último momento, desilusionada por el candidato que la precede, decide cambiar radicalmente y sin haberlo preparado, interpreta simplemente el tema Judy, una canción originalmente interpretada por su ídolo, Connee Boswell. Cuando termina de cantar, recibe una ovación por parte de un público podo dado a tanta calidad. Gana el concurso, veinticinco dólares, y un manager, Benny Carter, saxofonista de la orquesta que acompañaba a los concursantes. Empieza a producirse en clubs menores de la ciudad, y después de realizar una memorable actuación delante de los estudiantes de Yale –pocos negros habría en las gradas-, es contratada para incorporarse a la orquesta de Chick Webb. Graba un primer disco en 1936, aunque el primer triunfo llega dos años más tarde, con su particular versión de una canción infantil llamada A-Tisket A-Tasket. El tema se queda cuatro meses en lo más alto de las listas, consiguiendo vender más de un millón de copias. A partir de este momento, Ella Fitzgerald es una estrella.

Al igual que Edith Piaf, brilla bajo los focos, pero en cuanto baja el telón, no hay mucha felicidad. Tímida, acomplejada por su físico, no encuentra muchos motivos de alegría con los hombres. Durante un tiempo casada con el bajista de Dizzie Gillespie, con él que adopta un niño, su estatus de estrella cada vez más solicitada primero en Estados Unidos y luego fuera del país hace que la unión no dura. En 1956 y 1957, su carrera alcanza una primera cima, gracias a tres discos publicados por su discográfica, interpretados en dúo con Louis Armstrong. Entre ellos se encuentra la legendaria versión de Porgy and Bess, de George e Ira Gershwin. Luego, cansada de tanto be-bop, vuelve a sus raíces jazz, e inicia la grabación de una serie de ocho álbumes míticos, los famosos Song Books, momento cumbre de su vida y del jazz en general. Empieza por Cole Porter, y luego siguen Richard Rodgers y Lorenz Hart, Duke Ellington, Irving Berlin, George e Ira Gershwin, Harold Arlen, Jerome Kern y, finalmente, Jonny Mercer, todos monstruos de la composición y del jazz. Ira Gershwin, en el más hermoso de los elogios, declaró posteriormente: “no había realizado que mis canciones eran tan bonitas hasta escucharlas interpretadas por Ella Fitzgerald”.

Ella

Ella Fitzgerald ganará 13 Grammys Awards, condecoraciones en muchos países, la profunda amistad de algunos iconos de la época –Marylin entre otras-. Se involucrará en la lucha contra las discriminaciones y en defensa de los niños pobres, tendrá un bajón con los cambios en los gustos del público con la llegada del rock y la pop music, pero volverá a lo más alto en 1991 con una última actuación en el Carneggie Hall de Nueva York –su concierto nº 26 en esta mítica sala-. Devorada por una salud cada vez más degradada, casi ciega por el diabetes, tendrán que amputarle de las dos piernas en 1993. Tres años más tarde, fallece rodeada de los suyos en su casa de Beverly Hills.

Te dejo con algunas canciones del disco Ella Fitzgerald Sings the George and Ira Gershwin Songbook, grabado con la orquesta de Nelson Riddle. Es una selección mía, que no corresponde a otro criterio que los escalofríos que me han provocado mientras escribía este post. El disco figura en la lista “1.001 álbumes que deberías de escuchar antes de morir”. No hay palabra, es extraordinario.

 

 

Escuchas algunas magníficas canciones de Ella Fitzgerald.

 

Edith Piaf – Non, Je Ne Regrette Rien

El once de octubre de 1963, un día después de su fallecimiento, se anunció la muerte de Edith Piaf, la artista francesa más grande del siglo XX. Hoy hace cincuenta años. Su amigo desde muchos años atrás, Jean Cocteau, poeta, dramaturgo y cineasta, figura literaria e intelectual de la post-guerra, declaró aquel día: “El barco se está terminando de hundir. No he conocido nunca a una persona tan desprendida de su alma. No entregaba su alma, la regalaba, tiraba oro por la ventana”. Después de pronunciar estas palabras, Jean Cocteau se murió también, pocas horas después que la cantante.

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Louis Prima – I’m Just A Gigolo

Tenía una voz de negro, tocaba la trompeta como un negro, se reía como un negro, pero bailaba como un italiano. Ays, nadie es perfecto. Bueno más que italiano, era hijo de inmigrantes sicilianos –shhhhh, que te podrían oír-. Nació en 1910, en la Nueva Orleans, y ahí se crió, en un barrio popular en medio de árabes, judíos, negros y más italianos, el mundo como tiene que ser. Con este entorno y una madre que tenía a gala obligar a sus hijos a tocar un instrumento, el pequeño Louis Prima estudió el violín durante siete años, hasta ganar un concurso amateur, y luego hizo suya la trompeta de su padre al escuchar por primera vez a Louis Armstrong en la radio.

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Eddie Cochran – C’mon Everybody

Eddie Cochran iba para grande entre los grandes, inquilino vitalicio del altar del rock’n’roll, con su nombre en el perchero y su botella de whisky en el armario, pero no pudo ser. Lo absurdo de la vida parece siempre aún más absurdo cuando le toca a un famoso, aunque sumamente joven (21 años). Un año después de fallecer su amigo Buddy Holly en el vuelo del famoso “The day the music died”, con Richie Valens y el Big Bopper, Eddie Cochran encuentra la muerte en Londres, en el taxi que le llevaba a Heathrow, empotrándose el coche contra una farola. De los tres ocupantes –cuatro con el conductor- sólo falleció Eddie Cochran, mientras que Sharon Sheeley, su novia, salió con las caderas fracturadas y Gene Vincent, otro que apuntaba a ocupar su parcela arriba, con una pierna destrozada.

Eddie Cochran nace en un entorno familiar víctima como otros muchos de la gran depresión de los años treinta en los US. Originarios de Oklahoma, se tienen que mudar a otras regiones menos siniestradas. Dando sus primeros pasos con una guitarra en Minnesota y posteriormente en California, está claro que el joven Eddie tiene un don. De las clases de música del colegio huye, porque le obligan a tocar el piano. Lo suyo es la guitarra. Acústicas primero, eléctricas luego, cuando se democratiza su uso y precio. Su destreza con las cuerdas le permite codearse rápidamente con músicos profesionales y conocer a un tal Hank Cochran, cantante de música country. A pesar de no tener ningún parentesco, montan un primera formación llamada The Cochran Brothers, mintiendo sobre sus enlaces familiares. Se les propone actuar en muchos sitios, pero en esta época Eddie todavía es demasiado joven (¡15 ans!) para ir muy lejos. Dos años más tarde, deja definitivamente el colegio para dedicarse de lleno a su pasión. En 1955, graban sus primeras canciones, country a tope. A principios de 1956, conocen a un tal Jerry Capehart, autor y compositor, con él que la música de los Brothers va a evolucionar a toda velocidad. Saben que juegan contra reloj, porque un tal dios Elvis ha empezado a llevarse el corazón de las chiquillas. Los temas se vuelven naturalmente cada vez más rock’n’roll, cosa que no le termina de convencer a Hank, por lo que se separan enseguida como buenos amigos. Seguimos en 1956, Eddie pueba de todo, versionea canciones exitosas como Blue Suede Shoes de Carl Perkins o Long Tall Sally de Little Richard, pero el verdadero arranque de su carrera no llega hasta el verano, cuando se publica su primer single en solitario, Skinny Jim. Mal distribuido por un sello menor, el título no tiene el éxito esperado, por lo que su manager Jerry Capehart mueve montañas para darle una oportunidad en una compañías más grande. Es cuando le proponen actuar en una película de Frank Tashlin –The Girl can’t help it-, en la que interpreta una canción, Twenty Flight Rock, uno de los grandes estándares del rockabilly, que será retomada por decenas de artistas, empezando por los mismísimos Rolling Stones, pero también Paul McCartney. Se cuenta que cuando Lennon conoció a McCartney, este tocó Twenty Flight Rock para convencer a Lennon de las bondades de su estilo. De hecho Eddie Cochran tenía a otro fan en Inglaterra, cuando se fue de gira por este país, le siguió fielmente en cada actuación un joven George Harrison.

Eddie

Este corto papel –malo- más la canción le cambian el estatus de un día para el otro. Después de actuar en otra película, publica a finales de 1957 el único álbum de estudio de su carrera, Singin’ to my baby, que incluye su primer hit, Sittin’ in the balcony –parece que Eddie Cochran estaba cabreado con las “g”-. A pesar de que la discográfica le empuja hacia sonidos más pop, él insiste en su proseguir con su faceta rock’n’roll –para futuros músicos: apúntate, si tienes talento, pasa todo lo que puedes de las compañías de disco, si no, cuenta con ellas-. Su empeño le lleva a componer y publicar algunas joyas clásicas del rock de finales de los 50’s: Summertimes Blues, Somethin’ else, C’mon everybody, todas en el panteón del rock. Y luego, lo normal, Inglaterra, gira, éxito, vuelo de retorno, taxi, farola…