Plastic Bertrand – Ça Plane Pour Moi

El jueves por la noche, me invitaron al pre estreno de El Lobo de Wall Street, de Scorsese. A caballo regalado no se le mira el diente, así que fui, aunque a mi en principio el Di Caprio no me va. Bueno, no me iba. Salí de la sala 179 minutos después, con la sensación de haber visto la mejor película de los últimos, qué… 10 años? 15? Más? No estoy seguro, de hecho no sé ni desde qué otra película estoy midiendo el tiempo pasado.

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Melanie De Biasio – No Deal

Mélanie de Biasio no respira alegría. Cara angelical -de estos ángeles permanentemente a punto de caer-, mirada en el limbo. Desprende mucho pudor y reserva sobre su persona. Se expresa con su música, elegante mezcla de jazz con reminiscencias de trip hop versión Portishead, melancólica, lenta, suave. Fuego en la chimenea, copa de tinto en mano, luz tenue, lluvia al otro lado de la ventana, Mélanie de Biasio en los bafles. Uno de los cocteles recetados en la nueva propuesta de ley de suicidio asistido que entra a debate en Francia. Ya, claro que me paso, pero por si acaso, ve el vídeo oficial de la canción (clic) que te dejo abajo para su escucha, ya verás. También sabe sonreír Mélanie y cuando lo hace, se le ilumina la cara como a todas las mujeres que regalan estos momentos con parsimonia y te entran ganas de escuchar lo que tiene que decir.

Pero dice poco. Esta belga que se cree nació en Charleroi hace treinta y cinco años no cuenta mucho, argumentando que no importa su vida. Que si la quieres conocer, que escuches su música. Ya. Menos mal que tengo genes de Hercules Poirot. Allá vamos. Mélanie tiene sangre tramposa italiana, heredada de un abuelo emigrado al “Plat Pays”,  del añorado Jacques Brel. Con su hermana gemela, Catherine, estudia música clásica, concretamente la flauta travesera, aunque de adolescente también pasa por su época rockera, tendencia Nirvana y Jeff Buckley. Entra en el Conservatorio de Bruselas y sale a los pocos años con el primer premio y la más alta distinción, quitémonos el sombrero. Al salir se incorpora a una banda jazz que pronto sale de gira por salas underground rusos, donde pilla una infección pulmonar que la deja al borde de la muerte y sin voz durante un año. A base de esfuerzos, vuelve a cantar e interpretar, y en 2006 consigue el premio a la mejor artista novel en la ceremonia de los premios Django d’Or, algo así como los grammys belgas para el jazz. El año siguiente publica un primer albúm, A Stomach is Burning, del que vende 4.000 ejemplares, todo un logro para el mercado belga de este género. Llama la atención de mucha gente, le invitan a producirse en actuaciones improvisadas, hasta en la costa este americana, con los mismísimos Neville Brothers.

Mélanie de Biasio No Deal

Al volver, invierte varios años en la composición de su segundo disco, No Deal, que finalmente se publica este año. Se defiende de hacer jazz de las grandes voces americanas del siglo pasado, como su querida Nina Simone, sin embargo es lo primero que viene en mente. Sólo dura treinta y cuatro minutos. Es poco. Sus letras hablan esencialmente de amor, será que hay poco que decir sobre el asunto, según ella. O que la cantidad es enemiga de la intensidad. Más sensibilidad, menos virtuosidad. Música sombría y desconcertante, aunque hermosa y cautivadora. En el país vecino se está convirtiendo en toda una estrella. Como siempre, Francia acaparándose de las joyas belgas. Estos franchutes…

 

 

Escucha The Flow, del disco No Deal de Mélanie de Biasio

Ghinzu – Blow

En 2013 parece inconcebible que un grupo con éxito en un territorio dado no lo tenga en los países vecinos, y si me apuro, a nivel planetario. La digitalización de los contenidos, la facilidad con la que se intercambian, la cantidad de webs y blogs testigos de la creación musical hace que sorprende que grupos con éxito en un país no repitan en el de al lado. No hablo de géneros propios de una nación –el flamenco apenas sale de aquí, la country music tampoco lo hace de los EEUU, el yodel tirolés menos aún gracias a Elvis dios-. No, hablo de géneros tan universales como el rock o el pop.

Tomemos el ejemplo de Ghinzu. No te suenan, ¿verdad? Ghinzu es una banda belga. Belga de Bruselas… Madrid-Bruselas, 1.571 kms. Nada. En internet, un micro segundo. La puerta al lado. Ghinzu vendió 100.000 ejemplares de su segundo álbum, Blow, en 2004. Es rock del súper bueno –para simplificar digamos que se parece a The Strokes, tal vez un poco más barroco o lírico-, cantan en inglés, llenan el Zenith de París (aforo de 6.000 plazas) en un plis plas. Y aquí no les conoce ni su madre. No tienen ni página en español en la Wiki. En jenesaispop, uno de los blogs de música digamos pop-rock más leídos de este país, el buscador devuelve un lacónico Nothing Found. Qué grupo español de rock ha vendido 100.000 copias de uno de sus álbumes recientemente? Curioso.

Ghinzu nace en 1999 y publica un primer álbum el año siguiente, Electronic Jacuzzi. Recibe una calurosa recepción por parte de la crítica y del público. Bélgica siempre ha dado grandes grupos de rock y electro rock. Front 242, TC Matic, Hooverphonic, Neon Judgement, dEUS, Soulwax. Y quien no recuerda a Plastic Bertrand y su Ça Plane Pour Moi –venga ya, es coña-. Pero Ghinzu es otra cosa, rápidamente se convierten en la referencia rock belga. Sin embargo tardan otros cuatro años en sacar un segundo álbum, el ya mencionado Blow. Y luego otros cinco para el tercero, Mirror Mirror. Los discos son enormes, pero lo mejor –según dicen, ya que no se les ha visto por aquí nunca- son sus actuaciones en directo. Hacen rock, y como tal se comportan. Olé Ghinzu.

blow

La portada de Blow fue prohibida fuera de Bélgica –se ve al cantante sosteniendo su propia cabeza que una hoja acaba de cortar-. El disco no se mueve de su línea electro barroco rock. Muchos de los doce temas que lo componen empiezan lentamente antes de seguir con crescendo en la intensidad y el ritmo. Hay mucha tensión en todas, si bien cada canción desarrolla su atmosfera propia. Do You Read Me, Dragster Wave, 21st Century Crooners (¡wow!), tremendas canciones todas. Pero la mejor es la que abre el disco, con el mismo nombre. Blow. Nueve minutos implacablemente euforizantes. Rock’n’roll!

 

 

Escucha entero Blow, de Ghinzu