Charles Aznavour – La Bohème & Emmenez-moi

Charles Aznavour. Wow.

Nació de casualidad en París, ciudad en la que se encontraban sus padres, procedentes de Armenia, a la espera de un visado para los Estados Unidos. La verdad, mejor que naciera en Francia, no me hago a la idea de un Aznavour con chupa de cuero y tupé grasiento. Además no hubiera podido nunca manejar una Harley Electra Glide con lo chiquitín que era. Y The Bohemian, Take Me, qué feo suena, puah.

Dio sus primeros pasos en la céntrica calle Rue Monsieur Le Prince, donde antes que él vivieron ilustres personas de las letras y la música: Arthur Rimbaud (suspiro de las chicas), Frédéric Beigbeder (brillante escritor corrosivo francés), Blaise Pascal (matemático del siglo diecisiete, también físico, inventor, filósofo, teólogo, autor entre otras de la bella y famosa frase El corazón tiene razones que la razón no entiende), Auguste Comte (filósofo e inventor del positivismo y precursor de la sociología), Camille Saint Saens (pianista, organista y compositor del XIX, primer compositor en componer una obra específica para una película, en 1908), Richard Wright (periodista y escritor americano, a veces llamado el Dickens negro). En esta calle también se encuentra la taberna L’Escale, el más antiguo bar latino de París, donde venían a tomar copas Paco Ibañez, Violetta Parra, Tito Puente y muchos más artistas españoles y latinos.

Aznavour

Así que Aznavour nace en un entorno cultural cargadito. Sus padres, que finalmente decidieron quedarse en la capital gala, abren un pequeño restaurante con especialidades de su país, al que acuden multitud de artistas de Europa del Este. Es en este local que el pequeño Charles empieza a cantar en público, con tan sólo nueve años. Pasan los años, llega la segunda guerra mundial, la ocupación alemana y por fin la liberación en 1945. El año siguiente, se fija en él y su amigo pianista Pierre Roche, la mismísima Edith Piaf. Les contrata a ambos para acompañarla en su gira americana en 1947 y 1948. Al finalizar el tour, se quedan en Canadá durante un par de años, donde empiezan a hacerse famosos, en el Cabaret de Montreal Au Faisan Doré. Sin embargo la vuelta en Francia marca un periodo de grandes dudas casi existenciales para él. Llegó a escribir acerca de lo que considera sus problemas “…mi voz, mi estatura, mis gestos, mi falta de cultura y educación…”, handicaps según él que, años más tarde, se convertirán en rasgos envidiables de su inmensa personalidad y presencia.

En 1956 por fin le llega el reconocimiento. Primero en Casablanca, en una histórica actuación que le propulsa bajo los focos. Encadena recitales una primera vez en l’Olympia en París –el templo para la canción francesa-, luego una segunda vez y durante tres meses en la misma sala, hasta aquella noche de 1960, cuando canta por primera vez en el Alhambra –otra legendaria sala parisina que representa todo un reto para los cantantes por el tamaño del escenario, en el que sólo los más grandes triunfan-. Aquella noche, el doce de diciembre, Aznavour canta ante un público frío. Al final de su actuación, decide interpretar una última canción antes de tirar la toalla, el tema Je m’voyais déjà que acababa de escribir, y que cuenta la historia de un artista fracasado. Finaliza la representación, se retira detrás del telón, y después de unos segundos interminables de silencio, durante los que ya se ve abandonando su carrera, llega por fin una lluvia de aplausos, silbidos y bravos desde un público enloquecido. Vuelve emocionadísimo al escenario, ha triunfado en el Alhambra, es uno de los grandes, tiene 36 años.

Y hasta hoy. Los francófonos le deben algunas de las canciones más hermosas que se recuerden, Les Comédiens, Tu t’laisses aller, Il faut savoir, La Mamma, Et Pourtant, Hier Encore, Que c’est triste Venise, Désormais. En Francia y en los países en los que todavía se habla el francés, es más que un icono, es un trozo de nuestras vidas. Y no sólo para los francófonos. En 1998, en una encuesta realizada por la CNN y Timesonline, sale elegido como el performer del siglo XX, delante de dios Elvis y Bob Dylan, con el 18% de los votos. En 2006 actúa en Quebec ante 100.000 personas. Durante sus 70 años de carrera, ha compuesto más de mil canciones, cantado en seis idiomas, actuado en más de sesenta películas, y recibido todos los premios y condecoraciones con los que un artista puede soñar.

Charles Aznavour, autor e interprete de La Bohème y Emmenez-moi, canciones para la eternidad, mis dos favoritas de la chanson française. Emoción intacta. Ay por dios, qué bellas son.

Escucha La Bohème y Emmenez-moi, de Charles Aznavour

Françoise Hardy – Tous Les Garçons Et Les Filles

1961, Francia va bien. Bueno, va mejor. El país está prácticamente reconstruido, 16 años después de la segunda guerra mundial. Aparece una nueva economía, la del ocio. La juventud disfruta por primera vez de dinerillo, las tentaciones de pasarlo bien se multiplican: parties, cine, pinball, vespas, radios, tocadiscos, jukebox… y el pop rock que viene de Inglaterra o Estados Unidos.

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Camille – Le Fil

Camille –nacida Camille Dalmais- está dotada. Súper dotada. Para los estudios, el amor, la música, el cine, la literatura. Aún poniéndose el listón muy alto en todo lo que emprende. Hija de un músico y de una profesora, Camille es puro producto de la república francesa, donde “les chiens ne font pas des chats” –algo así como “El hijo de la gata, ratones mata.”-, así que necesariamente brillante, estudia en el prestigioso liceo Internacional de St Germain en Laye –la crème de la crème-, luego en el Liceo Henri IV de París –la crème de la crème elevada al cuadrado- para terminar integrando la aún más prestigiosa escuela de Ciencias Políticas de París. Es cuando empieza a desmarcarse de un camino trazado lustros antes, al dedicar sus prácticas de fin de estudio a la realización de su primer álbum, en 2002.

Le Sac des Filles –el bolso de las chicas- no funciona ni recibe las mejores criticas, pero le da a conocer en el circuito alternativo del mundillo de la música “diferente”. Empieza a colaborar con artistas de renombre muy respetados –ya, allí-, como Gérard Manset y Jean Louis Murat. En 2004, integra el proyecto Nouvelle Vague, en el que se interpretan grandes estándares de la música punk y new wave en versión bossa nova –genero que le gusta desde su niñez-. Ella elige cuatro canciones que, jo, qué quieres que te diga, me merecen el mayor de los respetos: Too Drunk To Fuck, de los Dead Kennedys, The Guns Of Brixton, de The Clash, Making Plan For Nigel, de XTC y In A Manner Of Speakin, de Tuxedomoon. Whaaaaaa. Desde luego esta chica me empieza a gustar mucho.

le_fil

El año siguiente, saca su segundo álbum, Le Fil. La propuesta musical es tan arriesgada que todo apunta a estrepitoso fracaso. El concepto del disco es –para mi por lo menos- complejo: todas las canciones que lo componen van unidas por un bordón –un bordón es una cuerda que vibra siempre sobre la misma nota, en este caso un SI-, que forma un segue –termino italiano que se pronuncia se güe y que indica, en las partituras, que los temas deben de encadenarse sin pausa-.  Ella la llama “su nota”. El resultado es desconcertante y sorprendente -contará Camille más tarde que muchos compradores del disco se lo devolvieron quejándose de un problema en la grabación, la famosa “nota”-. Y en contra de todo pronóstico, funciona. La crítica lo eleva a obra de arte, el público sigue, se venden 300.000 copias de Le Fil. Poco a poco desborda fronteras y no sólo en países francófonos, como Australia donde la recepción fue excelente. Aquí también en España tiene sus seguidores. Camille ganó muchos premios con este disco, posiblemente más que de haber seguido con la digna línea trazada por sus padres. Es una chica singular, los discos posteriores son igual de innovadores, y en cuanto a sus actuaciones, siempre prometen. Algo nuevo, diferente. A veces “el hijo de la gata, con ratones baila”.

 

Escucha entero Le Fil, de Camille.

 

Zaz – Je Veux

ZAZ lo tenía todo -y lo sigue teniendo, entendámonos-. Todo el talento del mundo, una voz muy especial, una energía sin límite, una fe inquebrantable, amigos y padrinos que desde el principio creyeron en ella y movieron montañas para allanarle el camino. A pesar de todo, Zaz tardó casi 15 años en llegar donde está, incomprensiblemente, sobre todo si comparamos con la mediocridad que nos invade a diario. Y claro, si no la conoces, dices: “oooooh, y dónde está ahora esta pobre muchacha?”. Oooooh, está en una nube celebrando el millón de copias vendidas de su primer álbum, Je Veux.

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