Hay artistas así, parecen tenerlo todo, por lo menos hasta donde he podido comprobar. Belleza, talento, ingenio, humor, dinero –yaaaa, no lo ha robado, quince millones de discos vendidos dan para ver venir- y unas curvas de infarto, madre mía. A Diana Krall, el ser rubia incluso no le parece afectar su autoestima, va sobrada. Tiene una presencia magnética ante la que seguro más de uno se ha vuelto tartamudo y zoquete. Cual Obelix mirando a Falbalá.
Diana Krall – Glad Rag Doll
4