Marsella, mi gran asignatura turística pendiente en el país vecino. Mar, sol, cultura, historia, algo así como la Barcelona francesa. Ah La belle Marseille. Con su puerto milenario, destino final para cientos de miles de franceses repatriados desde una recién independizada Argelia en 1962, seguidos de cerca por otros cientos de miles de argelinos, huyendo de una renovada miseria. Su casco antiguo y sus lindas callejuelas donde perderse –y posiblemente la cartera también-, sus hermosas calas donde leer la magnífica trilogía de serie negra que el mítico escritor Jean Claude Izzo le dedicó a su ciudad en los 90’s. Su equipo de fútbol de quejicas –antes he comprobado que el blog no tenía ningún lector habitual de allí, que no andan muy fino con el tema, a su lado los Ultra Sur parecen bailarinas con tutu-. Y sus preciosas plazas, con innumerables terrazas donde comer la famosa Bouillabaisse –o bullabesa, sopa de pescados-, escuchando a La Grande Sophie y su guitarra rebelde.