Serge Gainsbourg

Me encanta rememorar esta tierna anécdota, que me contaba un amigo de infancia, policía. En los 80’s, él oficiaba de noche en las calles de París, vestido de paisano, en el sexto distrito. Cuando no daba información a turistas achispadas de sonrisa pícara, arrestaba a delincuentes, borrachos, camellos, chulos o prostitutas víctimas de todos estos, para luego regresar a su comisaría, encerrar al desgraciado de turno y redactar uno de estos informes que sólo los policías entienden, con formulas sibilinas, casi infantiles. A veces, ahí estaba Gainsbourg, de visita etílica, el ilustre vecino con botella y cigarros en mano. Pasaba horas charlando con los representantes del orden, hipnotizados por el personaje, escuchándole “borborigmeando” alguna frase sobre la condición humana. Le adoraban, le cuidaban. Y cuando el alba despuntaba, le llevaban a su casa, con el furgón oficial. Sólo él podía fumar ahí dentro, no pedía permiso, se le concedía naturalmente. Nadie jamás se lo impidió.

Resumir Gainsbourg es un ejercicio plagado de minas y nadie sabe dónde se han colocado, no hay mapa. Cuando falleció en 1991, aunque todo el mundo se lo esperaba, se derrumbó algo más que un monumento de la cultura francesa, más bien una parte de la vida de cada uno. Durante cuarenta años, fue el gran agitador de la sociedad gala, el único –con Coluche, el cómico, mi tan añorado Coluche- que se permitió todas las irreverencias, caminando cada día y noche sobre la delgada línea roja de lo que el país estaba dispuesto a asumir.

No voy a hablar de su música, para ello está el reproductor más abajo, donde he dejado más canciones que para ninguno de los anteriores 977 artistas. Compuso, escribió e interpretó parte del mejor repertorio de la Chanson Française. Al escucharlas antes de subirlas, me ha invadido una enorme nostalgia, con el nudo grande en la garganta que suele acompañar, qué se le va a hacer. Así que te dejo a solas con ellas, yo me pongo en bucle Aux Enfants de la Chance; esta u otra, qué más da, el resultado es el mismo. Mientras tanto, te hablaré de Gainsbourg, Gainsbarre, Lucien Ginsburg, hijo de emigrantes rusos judíos, el feo, el venerado, el aborrecido, el delicado, el eructoman, el borracho, el drogadicto, el inspirador, el creador. Convendría fumarse un Gitane, pero no tengo, me conformaré con un Fortuna.

Fealdad. “Tengo éxito, pero no como autor, cantante o actor… Sólo porque soy un personaje, quien me ve una vez no me olvida”. Gainsbourg nunca entendió por qué era tan feo, le dolía en el alma, el tormento de una vida entera. “Mi madre era guapa, mi padre también, no sé de dónde me viene, probablemente de mi perro”. De adolescente ya le perseguía esta imagen devuelta por los espejos y no le abandonó nunca ese dolor. Trató de envejecer prematuramente fumando y bebiendo, consiguió unos pulmones de operación asfalto y un hígado hipertrofiado, pero guapo no fue nunca. Bella persona sí.

Cigarros. Llegó a fumar siete paquetes diarios de Gitanes sin filtro, el Ducados español. Ciento cuarenta cigarros al día. Es decir, uno tras otro, sin pausa. Y nadie podía impedírselo, ni en las entrevistas en la tele, donde algún asistente de la realización dejaba un par de paquetes en la mesilla, por si fuera a faltar. En 1984, los trabajadores de la Seita –fabricante de tabaco francés, hoy fusionado como Altadis con la Tabacalera española- se pusieron en huelga, provocando más de una dificultad en el abastecimiento de los estancos. Un periodista del diario Liberation fue a entrevistarle, preocupado por el probable estado de nervios del cantante. La charla sólo duró cuarenta minutos, durante los que Gainsbourg se fumó nueve cigarros. A la pregunta “qué opinas de la huelga”, contestó “que los trabajadores se busquen la vida y que su mandamás se vaya a tomar por c…”. Ni lograba interpretar una canción entera sin encender un pitillo. “Odio el tabaco y el oxígeno me espanta. Pero cuando te falta oxígeno, es cuando lo empiezas a amar”.

Alcohol. Empezaba nada más levantarse y se acostaba con un último trago, botella en una mano, Gitane en la otra. No se le recuerda NO borracho. En todas las entrevistas y programas tele –jugaban con fuego los presentadores, más de uno lo pasó realmente mal-, salía con la cara deshecha, a veces incapaz de articular dos palabras seguidas. Sólo Depardieu con sus catorce botellas de vino al día -según declaró-, le ganaba. Gainsbourg era así, formaba parte del personaje, en sus últimos años de vida ya casi nadie se indignaba. Como mucho pensabas un “qué pena, qué manera de tirarlo todo por la borda”.

Mujeres. Paradójicamente, su fealdad no le impidió conquistar a algunas mujeres tremendamente guapas, como su primera esposa, Elizabeth Levitsky, hija de aristócratas rusos emigrados en Francia. Aunque el detonante fue Bardot, con quien se quedó tres meses. 86 días, como le gustaba puntualizar. Para él fue un inmenso alivio ver que podía compensar su físico poco agraciado con un arte especial para escribir, hablar, componer y enamorar. Luego estaría doce años con Jane Birkin, posteriormente con una joven modelo llamado Bambou, y en paralelo a esta última, mantuvo una relación hasta sus últimos días con Constance Meyer, que conoció cuando ella tenía dieciséis años. El viejo verde, seductor irreverente, iconoclasta y dandy hasta la médula.

La Marseillaise. En 1979, Gainsbourg se encontraba un poco en horas bajas. No por falta de éxito de ventas de su música -triunfaba una de sus pocas canciones pop, Sea, Sex & Sun– sino por el poco reconocimiento a sus obras poéticas que acababa de publicar. La casualidad hizo que un día, abrió el diccionario justo a la página de La Marseillaise, con la letra resumida que terminaba en “Aux Armes, etcétera…”. Pocos días después estaba grabando el tema con este mismo título, Aux armes, etcétera, versionando el himno francés con aires reggae, posiblemente la primera canción de este genero que se escuchó por la radio en el país vecino. Durante meses y meses, le cayeron encima todo lo que el país contaba de militares, conservadores, reaccionarios y fachas. Tacharon la canción de ultraje a lo más sagrado. Cerdos.

Dinero. Gainsbourg era enormemente generoso con su dinero. Los taxistas de su zona se peleaban para conseguir que se subiera a su coche, porque no era raro verle dar propinas de varios cientos de francos –al cambio de hoy y treinta años menos más tarde, más de cien euros-. Lo que no soportaba, era el tipo de imposición. De ahí una de sus más agrias polémicas, cuando en una entrevista televisiva, quemó las tres cuartas partes de un billete de 500 FF, para explicar lo que se llevaba la hacienda francesa a la hora de imponerle: el 74% de sus ingresos. El presentador le recordó que esto era ilegal, quemar dinero, que le podía caer meses de cárcel. A lo que contestó, billete en llamas en mano y bastante tocado por el alcohol: “me importa un pepino, es mi dinero, hago lo que me salga de los c… con él. Que me encierren, así me pondré a régimen”.

Provocaciones. Mil. Toda su vida. Era su gasolina. Provocar hasta la saciedad. Díselo a Whitney Houston. Abril del 86, tarde de domingo, a Gainsbourg le habían invitado a participar en directo a lo que en aquel entonces era como la misa televisiva, el programa de obligado visionado por todo el país. También estaba una joven Whitney, guapa a más no poder de lo alto de sus 22 años. Al presentador se le fue de las manos, como casi siempre que aparecía el cantante, lo recordó toda su vida como el peor momento de su carrera. Nada más sentarse al lado del artista después de cantar, se intuyó que la cosa se iba a desbarrar. Lo que siguió está en los anales de la tele francesa, bendita época en la que podían pasar estas cosas. Gainsbourg empezó con un besamanos a la futura estrella US y le soltó una serie de piropos en un inglés de colegio, que culminó con el famoso “i want to fuck her”. Hay que ver la cara de la Whitney, todo un poema. El presentador trató de eludir la frase diciendo “he said he wants to offer you flowers”, pero el cantante insistió en francés e inglés “mais pas du tout, j’ai dit que je voulais la baiser. I want to fuck you”. Tierra trágame, pensó el presentador, que para vengarse dijo que le quitaba el tabaco, obligando a Gainsbourg a levantarse para recuperar su preciado paquete de Gitanes en un gesto harto difícil para él, debido al estado de embriaguez en el que se encontraba. Esto era Gainsbourg, irrepetible.

Claro que tal vez no sea la forma más académica de hablar de él. A mi me parece la única. Sus canciones perdurarán para siempre, algunas de ellas incluso en España. Pero me parecía importante que supieras quién las compuso e interpretó.

Qué cabrón más genial.

 

 

 

8 pensamientos en “Serge Gainsbourg

  1. Mu mal, mu mal, Fiouck.

    Nos ofreces posts como éste y monstruos como Gainsbourg y en menos de un mes, cuelgas el teclado.

    Voy a ir a la Seguridad Social, a ver si como se tramita la pensión de orfandad tomatil.

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