Alphaville – Big In Japan

Volkswagen, o cómo poner en entredicho el mito industrial alemán. Inexorable declive del coche del pueblo… engañado e indignado. Es como si de repente se supiera que los iPhone se fabrican en empresas asiáticas donde los empleados trabajan a veces en condiciones infra humanas. ¿Qué dices… es así? ¿Y todo el mundo sigue comprándolos? Ah, vale, pues hay Volkswagen para rato entonces. Ángela angelita, no llores –es una expresión-, dentro de seis meses es agua pasada. Haberte preocupado por Alphaville.

Después de comprobar minuciosamente que mi Thermomix no presentaba ningún botón sospechoso no mencionado en el manual, –Alemania no sabe cocinar, pero vende en el mundo entero un artilugio para hacernos creer que somos todos potenciales Ferran Adriá- busqué un grupo teutón que, de salir de las fábricas Vorwerk, seguiría vendiendo millones de discos más de treinta años después, pero no los hay. Tarde o temprano, todos empiezan a fallar, como si se les fabricase con obsolescencia programada.

Porque no te acordarás, pero hubo una época en la que Alphaville reinaba. No había manera de encender la radio o la tele sin que te asaltaran. Ya sé lo que vas a decir, esto mismo he dicho de otros grupos tantas veces que parece que cuando yo encendía la radio salían decenas de canciones a la vez. Ya ya, yo qué sé. La vida de los locos por la música en los ochenta no era fácil.

Alphaville - Big In Japan

Rendirte a los álbumes de The Cure, Joy Division, Siouxsie, Bauhaus o Cocteau Twins no impedía que a veces cometieras un pecado con alguna cancioncilla melosa de A-ha, OMG, Duran Duran, Visage, Erasure, o… Alphaville. Uno es débil en el fondo, pero que no salga de aquí.

Alphaville lo hacía muy bien para engañar a los sentidos. Ritmillos new wave, voz femenina de un cantante con la boca más rara después de las de Steve Tyler o Mick Jagger, arreglos pop, vídeos horrendos propios de la época, camisa abrochada hasta arriba, teclados regalados en navidad nunca enchufados a nada, efectos especiales de dos duros. Te lo digo yo, la vida en los ochenta no era nada fácil.

No sé dónde se conocieron los componentes, probablemente en alguna ciudad terminada en Berg o Zurg. Corría el año 82 y parece que desde el principio sabían que en poco tiempo iban a triunfar en medio mundo: de la noche a la mañana Schierbaum, Gössling y Sorgatz se convirtieron en Gold, Lloyd y Mertens. Todo es más fácil en inglés.

Primero fue Big in Japan. Recuerdo que durante años se anunció en la tele francesa una marca tramposa italiana de teclados, Bontempi, que parecía un juguete, con sonidos horribles. Más o menos los que Alphaville utilizaría, siempre me venía a la mente la cuña publicitaria cuando empezaba a sonar la canción. Luego le tocó el turno a Sounds Like a Melody, mismos efectos, mismo resultado en el bolsillo de los músicos. Con tantas ventas, se podían haber comprado otra camisa ¡por dios!.

Luego vino lo realmente meloso, Forever Young, que chiquillas de gusto todavía incierto escuchaban maravilladas, rizándose el pelo con el dedo, sin saber por qué la melodía les provocaban sueños de montañas de nata dulce. Fue el momento cumbre de una carrera que luego se deshizo como si alguien en la fábrica le hubiese dado al botón “Estropear, un nuevo grupo está listo para salir”.

Como pobres perros abandonados a su suerte, se agarraron, sacaron más canciones –Dance with me, Jet Set-, más discos, pero el botón del cuello no aguantó más, saltó por los aires, y la banda se desinfló. Hoy Marian Gold aparenta tener como sesenta años más, cuando sólo han transcurrido la mitad. Y eso que al re-escuchar las canciones para redactar estas idioteces, creo que no han envejecido tanto como otras. Y las royalties que seguirán cayendo probablemente le darán para cambiar de coche de vez en cuando. ¿Habrá tachado de la lista los Volkswagen?

 

 

 

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