Natalia M. King – Soulblazz

Los discos de Natalia M. King huelen bien. Desprenden ese olor característico a esa vieja América que queremos a pesar de todo. No la que nos espía, que saquea el planeta, que hace trampas, que colecciona armas, que ejecuta, que cena a las seis, que jura biblia en mano, que ha vendido su alma a los bancos y que sigue sin brillar en fútbol. No, huelen a carreteras hacia el infinito, a gorro de los Bulls, a maestros de todas las artes, a costillas grasientas, a Marlboro Classic paquete blando con Zippo, a humor idiota contagioso, a mitos y leyendas. Y huelen bien porque Natalia M. King lleva quince años viviendo en Francia, juas.

De origen dominicana, Natalia M. King, nació en Nueva York en 1969, en el barrio latino de Brooklyn. Durante sus estudios de sociología e historia, oyó la llamada de la carretera, “cuando te empieza a atormentar, no te puedes resistir mucho tiempo”, dijo décadas más tarde. Y se fue. Oregón, Alaska, Gran Canyon, Seattle, viviendo de pequeños empleos en la más pura tradición beatnik. Terminó su periplo en Los Ángeles, donde sustituyó su bastón de caminar por una Fender Stratocaster de volar –ooooh qué bonito Fiouck-. Se integró a un combo de blues poco ortodoxo, los Mojo Monks, y se sumergió en la música soul y rock de los 60’s, de Joplin a Franklin, pasando por Hendrix y Otis Redding. En plena ola hip-hopp, ella se reafirmó en un estilo cuyas leyendas triunfaban cuando apenas había nacido.

Huyendo de los aspectos comerciales de su pasión, sólo logró que la industria musical hiciera oídos sordos a su talento. En 1998, cinco años después de desembarcar en California, decidió una vez más dejar su suerte en manos del azar, reunió todo el dinero que pudo y se compró un billete de ida para París. ¿Por qué Paris? Según ella, porque grandes artistas como Josephine Baker y Miles Davis siempre habían loado la acogida que París suele reservar a los músicos del mundo entero, especialmente si le dan al jazz, al rhythm’n blues y a la música de cabaret.

soulblazz

El hada buena de la música tardó mucho en dar señales de vida –estaría en huelga, como no-, por ello durante un par de años sobrevivió cantando en el metro o delante de muchas terrazas, repletas de turistas yankees y españoles, empezando a cenar unos, terminando de comer otros. Hasta que un día la suerte por fin se manifestó. Le propusieron sustituir a un artista telonero de Diana Krall, en el concierto que la cantante canadiense daba la misma noche en la mítica sala del Olympia. Gustó tanto su actuación que al día siguiente firmaba un contrato con la discográfica Universal Jazz. Con este sello publicó tres álbumes que recibieron una crítica ditirámbica en el país vecino, especialmente el primero, el bien llamado Milagro.

Pero en 2007 volvió a desaparecer. “Para regenerarme“, según dijo cuando reapareció por el barrio latino de París en 2013. Decidió sacar un cuarto álbum, volviendo a sus orígenes de jazz y blues, a los fundamentales, con toda la mística necesaria. Soulblazz se publicó en abril, está de nuevo en boca de todos los parisinos amantes del jazz. ¿Logrará esta vez traspasar las fronteras?

 

 

 

 

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