Frederick Loewe – My Fair Lady (BSO)

Audrey Hepburn, tan hermosa y elegante, con esta clase sobrenatural de las privilegiadas, es posiblemente la única actriz que gusta más a las mujeres que a los hombres. Y eso que nos mola, fiu fiu. Las chicas sueñan con haber nacido Audrey Hepburn, cuando a nosotros, según si somos naturales de Tordesillas o de cualquier otro rincón del planeta, querríamos ser Chuck Norris o George Clooney. Y en medio de todo esto, sólo a Rex Harrison le gustó la idea de ser como Rex Harrison.

Cuando se estrenó My Fair Lady, la pareja Hepburn – Harrison representó el no va más en términos de aspiraciones sentimentales para millones de personas en el mundo. Hoy la gente suspira por Belén Esteban y Jesulín, Óscar, Dani, Fran, Pedro, Miguel, Kiko Hernández. Algo no va bien en este mundo, di que sí. Por cierto, la lista de nombres no me la inventé, no vayas a creer que no valgo como periodista, aunque sea del corazón.

My Fair Lady es una vieja historia y la película en cuestión el último eslabón de una cadena que empezó cuando ni Tordesillas existía, para que veas si hablamos de tiempos inmemoriales. Si te quedas quietecito, con tu taza de nesquick en mano sin manchar el sofá, te la cuento.

My Fair Lady - BSO

Pigmalión. Ahí está la génesis del famoso “C’mon Dover, move your bloomin ‘ arse !”, pronunciado por Audrey Hepburn haciendo de Eliza Doolittle en la famosa escena de Ascott. Remonta a la mitología griega y está asociada a la isla de Chipre. Pigmalión era un escultor que no lograba casarse con ninguna mujer por no considerarlas lo suficientemente guapa, lo que le llevó a renunciar a la vida sentimental y a dedicarse a esculpir estatuas de bellas damas tetonas con bonitas curvas, en busca de la perfección femenina, hasta que un día se enamoró de una de sus obras, Galatea. Apeló a los dioses, concretamente a la primera que se encontraba desempleada, Afrodita, quien terminó dándole vida a Galatea. Vivieron felices y comieron entremeses, filete ruso con patatas y cuajada con miel. 10,50 € en Casa Pepe, vino y gaseosa incluidos.

La historia de Pigmalión fue representada en las artes durante siglos y siglos, hasta que el dramaturgo y autor de obras de teatro irlandés George Bernard Shaw la volviera a poner de moda, en 1914. Su particular versión del mito se centraba en criticar la supuesta respetabilidad de las clases medias, en su aspiración a elevarse socialmente, y terminaba de una forma no muy jolibudiana por decir algo.

De la obra de Shaw se hizo una primera adaptación cinematográfica, en 1938, dirigida por Anthony Asquith. El 15 de marzo de 1956, Alan Jay Lerner (guión) y Frederick Loewe (música) estrenaron el musical My Fair Lady, en el teatro Mark Hellinger, de Broadway, con Julie Andrews y Rex Harrison en los papeles principales. El éxito fue tal que se dieron 2.717 representaciones seguidas, un record para la época.

Ocho años después, cuando los mismos responsables de la obra de teatro decidieron adaptarlo a la gran pantalla, se encontraron con que Julie Andrews todavía no tenía mucho gancho en el cine y la sustituyeron por Audrey Hepburn. Nada más verse apartada, Julie Andrews aceptó una oferta de Disney para rodar Mary Poppins, y se tomó la revancha en 65 tras ganar el Golden Globe y el posterior Óscar a la mejor actriz, frente a Audrey Hepburn que ni siquiera fue nominada para la estatuilla tan anhelada por los actores. Se dijo en aquella época que el gremio quiso ante todo castigar a una actriz que ni cantaba en su papel estrella.

Sí, porque es así, no es Audrey Hepburn quien canta en la película, sino Marni Nixon, aunque no figure el nombre de esta última en los créditos. Todo por una norma de Hollywood que no quería que se supiera que casi siempre no cantaba la actriz en pantalla, sino un/a doble. En el caso de My Fair Lady se impuso el doblar a la actriz por la tesitura de su voz y su incapacidad a interpretar los temas del musical.

Pero no pasa nada, My Fair Lady se quedará para siempre en la mente de los amantes del cine de antaño, completamente despreocupado por la realidad cotidiana, que nos hace tan nostálgico de una época que muchos de nosotros ni siquiera hemos conocido.

 

 

 

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