Joni Mitchell – Ladies Of The Canyon

Con la mujer que tiene, incansable activista de la vida sana y de cantidad de preceptos saludables, Obama no tiene derecho a tomar ayuditas sintéticas para dormir. “Haz lo que quieras”, le diría con esta sonrisa universal tipo “cariño, como se te ocurra ir a tu bola, mañana Joe Biden ocupa tu puesto aunque tenga que acudir en pijama”. Como todos los hombres prudentes que saben de qué va la frase, al final hace lo que ella quiera. Para compensar, escucha música soporífera.

O eso parece. El otro día la Casa Blanca, que por lo visto no tiene otra cosa que hacer durante el verano, publicó las dos playlists que el Presidente ha creado en una conocida plataforma de música en streaming –no, en undia-undisco.net no ha sido-, una para animarse de día y otra para conciliar el sueño. Dos listas muy políticamente correctas, donde cada comunidad racial o social, gremio musical o atolondrados cerebralmente, puede encontrar algún artista en el que identificarse. La de noche sólo contiene veinte canciones, pero seguro que cae rendido antes de que termine la primera, sobre todo si toca Joni Mitchell.

Porque la Joni no es precisamente la alegría de la huerta. Yo de joven la escuchaba en casa, -muy a pesar mío, lo digo por si te disponías a llamar a Tele Búlgaro-, porque a mi madre le encantaba y cuando le daba por ocupar el giradiscos, si no era Linda Rondstadt, era Joni Mitchell. Me dormía en mi puzzle de 2.000 piezas de los Alpes suizos –los muy capullos sacarían la foto un día soleado, vete tú a colocar 500 de cielo azul y otras 500 de nieve impoluta-.

Joni Mitchell - Ladies of the Canyons

Sé que debería centrarme en la faceta artística de la canadiense, pero al ojear su wiki, me llamó poderosamente la atención el que padeciera el síndrome de los Morgellons. Ni pipa de lo que era, pero me informé. El nombre procede de una región del Languedoc francés, lo inventó un médico inglés en 1690, al estudiar el caso de varios niños de la región a los que se les crecían pelos duros en la espalda. Tres siglos y medio después, sigue sin ser reconocida como enfermedad, a pesar de haber sido objeto de múltiples investigaciones clínicas y ser defendida por asociaciones de personas afectadas por el síndrome. Creen que se les crece fibras no textiles debajo de la piel, y que “algo se mueve rapidito ahí debajo”. Generalmente, los médicos lo califican de “delirio de infestación cutánea”. Yo estoy bien, gracias.

Por lo demás, folk. Y no folk rock como insisten algunas biografías osadas. El rock es justo la música que te pones cuando quieres desafiar al canto de las sirenas procedente de tu cama. No, folk, con una F mayúscula de madera bio rodeada de literas por si te duermes. Decía que cantaba como pintaba, algo atormentada, existencialista, emocional. Un pelín coñazo, si me permites.

No soy muy fan, como te habrás dado cuenta. Se ve que no soy el único, porque a pesar de la calidad de sus canciones y su muy bonita voz, no logró nunca despuntar en una época en la que pululaban los cantautores folk. Era como una más, aunque eso sí, en el grupo de cabeza. Pero al igual que sus colegas de aventura, se estrelló contra el muro de los ochenta. Ella se lo tomó mal, síndrome de persecución más que de Morgellons. Se creyó víctima de una conspiración de los medios, cuando no dejaba de ser un cambio generacional con otras aspiraciones musicales.

En 1970 sacó su tercer álbum, Ladies of the Canyon, el disco que sonaba en mi casa algunos años más tarde. Coincidió con su mudanza a California desde su Alberta natal. Con sus anteriores dos trabajos, se había forjado una imagen 100% folk sesentera. Peace & Love con dudas existencialistas, malestar personal y global. El single, homónimo, le supuso su primer éxito comercial. En cuanto a la canción Woodstock, el festival en el que no estuvo invitada, la versionó pocos meses más tarde Crosby, Stills, Nash & Young, con más éxito que la canadiense. Morgellons, persecución, mismos síntomas, efectos diferentes.

 

 

 

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