Brigitte Fontaine – Rue Saint Louis En l’Ile

Hace dos días, Francia celebró los cuarenta años de la ley que despenalizó el aborto. No nos acordamos –hablo más que nada por mi, nací allí-, pero esta victoria no cayó del cielo. Lucharon muchas ciudadanas, desde una muy valiente Ministra de Sanidad, Simone Veil, hasta la más silenciosa de las mujeres –¿cuántos alaridos apagados levantaron los abortos clandestinos durante siglos?-, pasando por todo el colectivo feminista. El punto álgido de la reivindicación se plasmó en 1971 en el famoso “Manifiesto de las 343 zorras” –zorra en su acepción más ordinaria, con la que muchas veces el pueblo conservador se refería a ellas-, firmado por todo lo que el País contaba de intelectuales, filósofas, escritoras, científicas, sociólogas y actrices famosas, como Simone de Beauvoir, Marguerite Duras o Catherine Deneuve. Ellas sumaban 342. La #343 fue Brigitte Fontaine.

Brigitte Fontaine es algo más que un pilar del paisaje mediático cultural en Francia. O algo menos, según lo que haya bebido desde el desayuno. En la serie “te gustará si te gusta”, digamos que podría ser como Chavela Vargas, pero mucho más rock, y más esponja etílicamente hablando. Hoy, desde lo alto de sus 75 años, contempla un país que por fin parece haberse rendido a su arte, su entereza, su talento, su compromiso y una aparente mala leche que no deja de ser una sinceridad exacerbada.

Esta mujer que canta, escribe, compone, interpreta, grita, defiende, se indigna, reclama, abofetea e insulta, ha tenido que esperar a cumplir casi sesenta años para que su país le hiciera un hueco en su corazón. Humanista y libertaria, defendió mil causas sin que nadie se percatara. El Manifiesto de las 343 Zorras es uno, la guerra en Irak otro, y la defensa de los extranjeros, la situación en las cárceles –más propia de un país tercermundista en más de una ocasión-, y cualquier causa que requiera de una bocaza talentosa e inspirada.

Brigitte Fontaine

Como dice el dicho en francés, no tiene su lengua en el bolsillo. Eso sí, podrá ser la más virulenta de las redentoras de las injusticias y la maldad humana, pero siempre lo dirá con un estilo incomparable, a menudo como gran poeta que es. Mucha rabia contenida tiene esta mujer, a veces explota y a ella le da igual, lo suelta sin mirar atrás ni arrepentirse. Como en aquella famosa diatriba contra la Iglesia romana y sus desviaciones encubiertas. “Al infierno Dios. Viejo mafioso. Rey de los mojigatos. Secta de estafadores. De colaboracionistas. Folladores de adolescentes. Quemadores de vírgenes. Chupadores de cirios”. Wow. Esto sí que es hiel, el resto son tonterías. ¿Quién se atreve hoy en día a escribir cosas así? Lo políticamente correcto nos reblandece peligrosamente.

Setenta y cinco años. Por lo menos cincuenta y cinco cantando. Y contra todo pronóstico, con un tremendo talento y una capacidad pasmosa para atravesar las décadas colaborando con los más grandes o atraer colaboraciones con lo más inesperado del panorama rock nacional e internacional. En 1964 hacía de telonera de George Brassens. Cincuenta años más tarde, en el álbum Rue Saint Louis en L’Ile se habían invitado artistas como Sonic Youth, Gotan Project, Archie Shepp y Noir Désir.

Pero no fue todo un camino de rosas. Durante cerca de veinte años tuvo su particular travesía del desierto. Su postura desfasada con todo, en especial con las modas caprichosas de una industria del disco desdeñosa con los artistas de verbo alto y corazón abierto, la apartó de los focos. En 1984 compuso todas las canciones de un nuevo disco –tiene cerca de veinte en su discografía-, French Corazón, que tardó cuatro años en ser distribuido en el país vecino. Y si finalmente vio la luz, fue por el empeño de una periodista japonesa que se encaprichó con ella y que la convirtió en toda una estrella en su país, cuando en Francia vivía como una miserable, de la caridad de sus amigos.

Hoy ya por fin, desde lo alto de una edad más que respetable y un hígado probablemente hipertrofiado, eructa confortablemente en todos los platos de TV, levantando su dedo mayor a diestro y siniestro. Rock’n’roll. Porque en el fondo nos quiere a todos.

[Como posiblemente no conozcas nada de esta señora, te recomiendo Rue Saint Louis en L’Ile, intrerpretada con Gotan Project sobre una melodía de Astor Piazzola, preciosa. O La Femme à Barbe y Que La Vie Est Belle, a lo Massive Attack. O Le Nougat, árabe a más no poder. O Bis Baby Boum Boum, la más rock de todas.]

 

 

 

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