Gin Wigmore – Gravel & Wine

¿Qué le pasa a Nueva Zelanda? Parece que el país de los millones de ovejas aburridas y las montañas milenarias se ha puesto las pilas y no para de mandarnos artistas con los dedos metidos en un enchufe. Algunos cantando y bailando –Willy Moon y Ladyhawke-, otras vomitando todo lo que pueden sobre sus colegas de trabajo –Lorde, qué mala leche esta chica, una pena que su música sea tan sosa-. No sé cómo será la vida allí, pero viendo las ganas que tienen todos de triunfar para marcharse, muy alegre no será. De joven harían un pacto con el diablo, “haré lo que quieras, Amo, pero por favor no quiero desayunar, comer ni cenar más cordero en mi vidaaaaaaaa”.

Gin Wigmore no tuvo que vender su alma, sólo se inscribió con dieciséis años en el International Songwriting Competition, un concurso mundial para compositores de canciones abierto a cualquiera, sin límite de edad. Tenía dos temas para presentar, Angelfire, cañera y guitarrera, y Hallelujah, un suave homenaje a su padre fallecido poco antes. A los dos meses, cuando ya se había olvidado por completo del asunto, le llamaron de Nashville, para anunciarle que era la ganadora del certamen. Se lo tomó con calma, a esta edad ya tenía claro que quería vivir la vida –y beber, parece una de sus ocupaciones favoritas- y no se veía tragada tan joven por este gremio loco, para acabar tirada por una industria musical devoradora de cantantes kleenex.

Así que después de viajar a Nashville a recoger su premio, siguió con su vida, componiendo con su banda de Auckland. Con veintitrés años publicó un primer disco, Holy Smoke, que contenía el single Oh My, primero de una larga serie de canciones más trepidantes unas que otras. Rubia rubia rubia, bastante guapa y tatuajes colorados en los brazos y la espalda, y una voz alta y potente, un cóctel que suele funcionar.

Gin Wigmore

Dos años más tarde sacó su segundo álbum, Gravel & Wine, inspirado en el blues de Nashville que había descubierto años antes y al que inyectó una descarga de 10.000 voltios para darle vidilla. Energizante como pocos, este disco es una fiesta perpetua. Algunos lo pintan de Amy Winehouse cañera, a mi me recuerda más bien a Adele, con veinte kilos menos, vaqueros rotos en lugar de vestidito bien, pinta de salir de la discoteca a las 5 de la madrugada y no de misa a las doce de mediodía. Gin Wigmore, rubia vital. Que demuestra una vez más que se puede hacer música de masa sin renegar de la calidad, la emoción y una pizca de alma.

Hala, enchufa el reproductor, sube el volumen -imprescindible-, luego zumito y a misa.

 

 

 

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