The Maisonettes – Heartache Avenue

¡Milagro!

Vosotros iréis a misa al final del post, yo me tomaré el zumito -con champagne, para celebrarlo-, porque esto se llama un milagro. Llevaba… cuánto… ¿años?, muchos años, tarareando una canción que no había forma de localizar. Lo peor era por la noche, cuando me desvelaba y de repente irrumpía el estribillo maléfico.

La de veces que la silbé frente a unos amigos a ver si a uno se le hacía la luz. Nanaï. Siempre me miraban incrédulos, con cara de “Fiouck, relájate, no pasa nada, tomate otro vinito anda, hay cosas peores”. Pues posiblemente las haya, pero se había convertido en una búsqueda obsesiva, mi particular grial musical.

Hace algunos meses hasta lo grabé en un mensaje audio que mandé vía whatsapp a mi oráculo personal, Cesar, biblia musical flotante, ex DJ de la sala Sol, al que consulto en casos extremos. Nunca me había fallado, pero esta vez sí, dijo que le sonaba, claramente, y que se lo pensaría. Pobre, la edad, ya sabes… Con lo que ha sido…

The Maisonettes Heartache Avenue

Pero ayer ocurrió el milagro de la San Isidro. Estaba en un bar tapeando unas ricas rillettes de oca con el dueño del local, cuando de repente salió la canción. Tardé un minuto en percatarme porque el pobre hombre me estaba contando que por la noche le habían robado un abeto de las jardineras de la terraza y no salía de su asombro. Cuando me di cuenta que estaba sonando mi canción, me enfundé la capa verde de Fiouck El Tomate Liberador –con slip amarillo por encima de las medias lilas-, saqué el móvil, busqué frenéticamente la App de Shazam, traté de localizar al bafle más cercano, pero no veía ninguno y llegué a pensar que se iba a acabar el tema antes de que esta increíble –la palabra se queda corta- tecnología de reconocimiento escupiera el resultado.

Pero esto no pasó, di con la fuente escondida al lado de unas botellas de burdeos. Shazam no tardó ni tres segundos en dar con una canción que yo venía rastreando desde lustros: The Maisonettes, con su one hit wonder Heartache Avenue. ¿Debería estar feliz? Debería, pero menudo bajón al saber que ya no me queda nada por descubrir en esta vida.

Los de mi quinta la reconocerán al instante. Se publicó en 1984 y cumplió a la perfección con su cometido de convertirse en one hit wonder y llenar los bolsillos de los dos músicos de cash suficiente para vivir del cuento hasta hoy –¡digo yo!. El cantante se llamaba Lol Mason –hay que ver el nombre del cantante-, quien se parecía a George Lucas, y el músico Mark Tinbenham. Ayudados por dos coristas pechugonas que atraían la vista –hombres…-, sacaron una irresistible canción que recordaba a la Motown de los 60. Más de treinta años después, me gusta igual.

Hala, sube el volumen, zumito –me lo bebí, con Champagne el cocktail se llama Mimosa, perfecto para un domingo por la mañana soleado-, y a misa.

 

 

 

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