The Cigarettes – Will Damage Your Health

Hoy me encontré por casualidad –parece que hay eco en el blog, siempre se lee la misma frase- con un grupo del que no había oído hablar en tropecientos mil días. Un tropecientos es una unidad matemática subjetiva para medir en días el tiempo que pasa, pero que no puede ser inferior a 10.000. En el caso de The Cigarettes, hablamos de algo más de 13.000, así que hace “un tropecientos coma tres” mil días que no los había escuchado.

En aquella época sí fumaba. Afortunadamente logré dejarlo, chincha rabiña; en enero del año que viene hará once años. A los ex fumadores el tiempo transcurrido desde el último cigarro nos importa mucho y cada dos por tres lo medimos, con cierto orgullo bien hay que decirlo. Cuanta satisfacción siente uno al levantar el dedo medio al ver al vaquero yankee. Aunque lo que más regocijo provoca, es calcular cuánto te has ahorrado. Bueno ahorrado es un decir, los aproximadamente 16.000 euros que me corresponden no los tengo en el banco, en otra cosa me los habré gastado. ¿cuántas copas de Plymouth con tónica serán?

En 1978 a los miembros de The Cigarettes les importaba un pepino de qué se iban a morir. Eran muy jóvenes, lo pasaban bomba tocando en garitos de su ciudad natal –Lincoln, a 250 kilómetros al norte de Londres-, y no miraban más allá. De hecho confiesan que nunca llegaron a tocar en concierto fuera del pueblo, quitando la vez que les invitó John Peel a participar en una de sus sesiones de la BBC.

The Cigarettes

Como muchos post adolescentes de la época, se habían rendido al desmadre y la energía de la ola punk londinense. Antes, como todos, escuchaban a los cuatro sosos de Liverpool, Dylan, los Stones y Bowie. Estudiaban en el mismo colegio, eran amigos desde los cuatro años, tenían algunas ideas de qué cantar y pocas nociones de cómo tocarlas.

Dieron muchos conciertos por Lincoln, saqueando bares y chiringuitos nocturnos, regalando al público con un música a medio camino entre el punk y el mod. Un rock energizante, sin estridencia, con ingenio y brillantez. La calidad de sus canciones hizo que John Peel pronto se pusiera en contacto con ellos, y les invitó a una de sus sesiones. La primera vez les impuso una fecha que ellos no podían cumplir. En antena el señor Peel se mofó de ellos, diciendo que estaban demasiado ocupados con limpiar el coche para hacerle honor a la capital.

Pero como le gustaba mucho, les propuso una segunda fecha. Aquella vez sí que fueron, después de sortear todo tipo de imprevisto. Primero la nieve, justo cuando salían de Lincoln dirección Londres. Veinte centímetros que casi acaban con sus nervios. Luego un accidente, provocado por la m… blanca. Mientras estaba el coche dando campanadas, Stephen, el cantante, pensó: “Fuck, vamos a morir de camino a la gloria”. Treinta años después, en una entrevista en un blog de fans, declaró: “Qué risa en el fondo, ni nos morimos, ni nos volvimos famosos”.

Cierto, The Cigarettes nunca salió de su pueblo, a pesar del empujoncito de John Peel –el famoso locutor era más que un trampolín, solía entregar pasaportes hacia la fama-. Sin embargo cuando los escucho treinta y seis años después, me digo que les faltó poco. Sonaban a los Kinks, The Jam, Gang of Four y The Clash, con algo de Ramones en la intención, con cierta elegancia y criterio. Duraron tres años, lo que tardaron en darse cuenta que su música no les iba a dar de comer. No pasa nada, lo importante es que su música siga sonando en mi Nexus 5. Rock’n’roll.

 

 

 

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