Ivan Rebroff – Kalinka

Iván Rebroff no era ruso. Cuando me enteré, hace relativamente poco, me dio un patatus. Durante años este enorme artista –quiero decir, enorme físicamente-, mintió a consciencia sobre su pasaporte, “vendiendo” una imagen de ogro soviético simpático en los miles de conciertos y espectáculos que dio alrededor del mundo durante cuarenta años. Cuando en realidad, era alemán, de Berlín. Los que lo sabían nunca le traicionaron, dejando que se forrara sobre una gran estafa –The Great Volga Swindle, con música de Aleksei Lydon y Yuri Vicious-. Sí que es grave. A mi de pequeño me impresionaba no sólo por su talla o su voz, sino porque era ruso. A principios de los 70, no teníamos mucha ocasión de cenar con un ruso en pantalla. Me parecía súper exótico, me lo imaginaba tumbando a soplamocos a decenas de renos ariscos en la tundra. Y resulta que era berlinés. Porca miseria.

Con su condición de pobre emigrante ruso con voz de bajo profundo, le dieron un bono tele. Esto es como el bono bus, pero en la tele. Todos los sábados noche y los domingos tardes, salía en la programación. Al principio molaba ver a ese gigante barbudo y su shapka inamovible. Rozaba los 2 metros de altura y pasaba de 120 kilos, relegando a Barry White al papel de hobbit. Y a medida que se aproximaba la Navidad, aceleraba el ritmo de apariciones, ya sólo le faltaba dar la misa retransmitida por la mañana del 25 de diciembre. Nos sabíamos de memoria todo su repertorio, que parecía limitarse a algunas canciones tradicionales rusas, como Katyusha, Kalinka y Campo gran Campo.

En realidad, era un cantante de ópera con un enorme talento. A los pocos años de nacer, en 1931, ya le daba al bel canto, en paralelo al violín, bajo el impulso de su madre. De adolescente le nombraron soprano solista de uno de los coros de jóvenes más antiguo de Alemania, el Stadtsingerchor. Algunos años más tarde, se incorporó como solista al coro de Los Cosacos del Dón y luego al de Los Cosacos del Ural, ambos formados por ex cosacos emigrados en Alemania o Francia. De 51 a 59, prosiguió con sus estudios en la Escuela Superior de Música de Hamburgo, de la que salió con el primer premio. En 1960 obtuvo otro primer premio, el de la ARD alemana –el equivalente de RTVE-, después de interpretar un Lieder del compositor austriaco Hugo Wolf. Hasta 1968, cantó en la Ópera de Frankfurt, de la que no parecía predestinado a salir.

Ivan Rebroff

Pero hete aquí que se torció –magníficamente, según su banquero- el día que se rompió el tendón de Aquiles durante una representación. Durante su larga convalecencia aburrida, grabó un disco con algunas de las canciones rusas más tradicionales y emblemáticas –si quieres saber más de ellas, aquí tienes un post sobre Los Coros del Ejército Soviético en París-. ¿Cómo llegó el disco hasta las manos del director de programación de la radio Europe 1 de Francia? No lo dice la historia, lo que sí cuenta es que a los pocos minutos de emitir uno de los temas del disco, la central telefónica de la radio recibió una avalancha de llamadas de auditores. Ante el fenómeno, la radio decidió invitar al coloso ruso –ya ves- para dar recitales en el país vecino. Corría el año 1968. A partir de ahí, a desayunar, comer y cenar con Ivan Rebroff en pantalla.

Hasta su muerte en 2008, vendió decenas de millones de discos, dio más de 7.000 conciertos y galas en el mundo delante de cerca de seis millones de espectadores, compró multitud de residencias en Europa, aunque terminó estableciéndose en Grecia a partir de 1991, en la isla Skópelos –busca fotos, te mueres-. Como le costaba cada vez más esconder su verdadera nacionalidad, solía decir “Soy un hombre internacional, mi patria es la Tierra, trato de ser el nexo entre Oriente y Occidente, entre el Este y el Oeste”. Recibió cantidad de condecoraciones de mano de los hombres políticos más poderosos del planeta. Un crack en toda regla.

Cuando falleció, hace seis años, apareció un tal Horst Rippert, ciudadano alemán, que declaró en los medios ser el hermano del cantante –quien se llamaba en realidad Hans Rolf Rippert-, y que por lo tanto debía heredar la inmensa fortuna del artista. Un tipo deleznable el Horst. No tanto por reclamar lo que posiblemente le correspondía legalmente, sino porque aprovechó para confesar –o recordar- que había sido el piloto de la Luftwaffe que había derribado el avión de Antoine de Saint Exupery, el 31 de julio de 1944, dejando al Principito huérfano.

Venga, escucha al amigo Iván, luego zumito –tss, nada de vodka- y a misa.

 

 

 

3 pensamientos en “Ivan Rebroff – Kalinka

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