Rosario – Mi Gato

Fiouck’s Summer Series #9.

Verano del 92. Adiós París, buenos días Madrid. Y eso que avisé varias veces, “yo no hablo españooool”. Pero el cazatalentos me insistió mucho en que no era un problema, que estaba previsto unas clases intensivas para paliar mi crasa ignorancia. Años después, me enteré de por qué la empresa contratante se había decantado por mi. En el proceso de selección pedían una carta manuscrita, en la que el candidato debía exponer su interés por el puesto en Madrid. Yo hablé de Europa. Sólo dije que estaba encantado de poner en práctica la teoría de la UE y la libre circulación de sus ciudadanos. Europe 12 points – UK 0 point.

Nada más llegar aquí, me asaltaron dos cosas. Primero unos yonquis en el Retiro. Por lo que entendí –si no pillaba al camarero de turno, imagínate a dos colgados desterrados-, les gustaba mucho mi cartera y parecían convencidos de darle un mejor uso. Me hice el tonto –se me da bastante bien- contestando en francés y al final se cansaron. Viéndoles alejarse, dije “po vaya, esto empieza bien…”, llevaba tan solo 24 horas en Madrid. Al final, en los siguientes veintidós años, no he vuelto a ser molestado nunca más. España es un país extremadamente pacífico. Lo dice un guiri.

rosario

La segunda cosa que me asaltó, fue la canción Mi Gato, de Rosario. Se escuchaba exactamente en cualquier momento y lugar con radio o tele. Yo venía a Madrid con un desconocimiento casi total de la música española, quitando que algunos meses antes, había tenido la enorme suerte de asistir a una actuación de El Camarón en el rodaje de un programa de la TV francesa. Así que el tema de Rosario me parecía exquisito, tan español. Me encantaba su frescura, la alegría que respiraba. Ligero eso sí, pero me daba buen rollo.

A Rosario le veía muy guapa, casi caricatural de la belleza femenina española que los del norte tenemos en mente. Eso sí, varias veces pregunté por ahí cómo hacerle llegar bolsas de alimentos, parecía enfadada con la comida. En el vídeo de Mi Gato, sus costillas parecían un xilófono. La delgada elegancia de su cuerpo, el baile hipnotizador de sus manos, y esos ojazos negros que parecían decirme “Fiouckito, acércate mi niño, que te voy a enseñar unas cositas de mi pueblo”. Buf, qué calor me entraba –sin contar los 38 grados de la calle-.

Luego a las pocas semanas se sustituiría Mi Gato por otra deliciosa canción, Sabor Sabor. Ays, qué nostálgico me pongo…

 

 

 

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