Solomon Linda – Mbube (The Lion Sleeps Tonight)

Quítale la música –como protagonista o acompañamiento sonoro- a la parrilla de programas de cualquier cadena de televisión y a los tres días vendes tu aparato en ebay, por aburrido. Apaga la música en un bar o restaurante y dejas de ir. Elimínala cuando haces la compra y la faena se convierte en tortura. La música permite sobrevivir a una infinidad de negocios, ¿por qué los autores y/o músicos no van a cobrar unos derechos por la emisión de sus canciones en ellos?

Siempre he sido un ferviente defensor de los royalties y las SGAE del mundo en su misión de velar por los intereses de los autores –otra cosa es cómo lo hacen y el lucro fraudulento de algunos de sus ejecutivos-, muchas veces a contra-corriente. Especialmente cuando se hizo de moda el cubrir de mierda a la ex Ministra de Cultura, Ángeles González Sinde –me senté con ella en dos ocasiones, la expresión es de ella-, por bloggeros necios que vieron, en el intento de Sinde de votar la famosa ley que pretendía poner coto a las descargas ilegales –y el enriquecimiento de las principales webs de descargas-, una oportunidad única para hacerse un nombre y de paso, llenarse indirectamente los bolsillos.

Escuché y leí todo tipo de argumentos para defender la gratuidad de la música. Cuanto más absurdo, más eco encontraba en la sociedad. Que si la música es un pilar de la democracia y como tal la gente tiene que tener acceso gratis a ella. Que si robas un CD en una tienda te arriesgas a menos multa que al descargar ese mismo CD de una página. Que por esa regla de tres de los derechos de autor un arquitecto debería cobrar cada vez que entras a uno de sus edificios o pasas por su puente, procurando no recordar que cuando el arquitecto entrega su obra, cobra lo pactado con quién la encargó, independientemente del número de usuarios y visitas a la misma. Que si gusta o no al público, ni se valora.

La lista de los argumentos utilizados por los defensores a ultranza de la música gratis es interminable y ninguno se sostiene. Además, casi siempre mezclan conceptos que no tienen nada que ver entre si, equivocándose entre músico o intérprete y autor, discografía y SGAE. Los derechos de autor es cosa de esta última y sólo recauda para el autor, que no tiene porque ser el intérprete. Y si las discográficas son tan diabólicas, ¿por qué todos los músicos sueñan con firmar con alguna de ellas? Porque hacen un trabajo de promoción y distribución que, salvo en contadas ocasiones, las redes sociales y las plataformas de distribución digital no igualan ni de lejos.

Recuerdo en especial a Georgie Enrique Dans, talentoso profesor de una famosa escuela de negocios, perspicaz columnista en muchos medios y afamado bloggero del mundo digital, que perdía los papeles cuando abordaba el tema. Imaginemos lo siguiente: me inscribo a un máster de la susodicha escuela y en cada clase, enchufo una cámara para retransmitirlas en directo en una web, que llamaría por ejemplo: laenseñanzasuperioresunpilardelademocraciayporendehadesergratis.com. Web en la que no se me olvidaría colgar los documentos entregados en soportes físicos en las aulas. A las pocas semanas, cientos o miles de personas seguirían desde su casa una enseñanza de alto nivel facilitada por ilustres profesores, sin pagar un euro. Y yo generando un montón de ingresos de una forma u otra. Al año siguiente, ¿cuántos alumnos seguirían pagando los más de 30.000 euros que cuesta el máster, pudiendo seguirlo gratis cómodamente instalado en casa? Y finalmente, sin ingresos, ¿cuánto aguantaría la escuela y cuánto tiempo seguirían los profesores impartiendo clases?

Pasa exactamente lo mismo con los derechos de autor, lo mires por donde lo mires. Al final los autores –que muchas veces son los propios intérpretes- abandonan el gremio. No digo que algunos no logren vivir de su trabajo, simplemente se pierde talento. La mayoría de los 900 artistas mencionados en este blog no estarían, de haber salido su música en los últimos diez años.

Solomon Linda - Mbube

Solomon Linda, zulu sudafricano nacido en 1909 y muerto medio siglo después, fue el autor e intérprete de una de las canciones más tocada y versionada a lo largo del siglo XX y el presente, y no vio un duro de ella mientras vivía. Publicada como Mbube -león, en zulu-, popularizada primero como Wimoweh y posteriormente como The Lion Sleeps Tonight –para Henri Salvador, el león no dormía, simplemente había muerto-, la canción generó cuantiosos ingresos para un montón de músicos, discográficas y para hasta Disney, que la incorporó al musical El Rey León. Pero el autor, Solomon Linda, no vio nunca los frutos de una obra atemporal. Sólo Pete Seegers, uno de los primeros músicos en versionarla, se interesó por él y pidió a su sello que le hicieran llegar 1.000 dólares. La historia no dice si los recibió o si se perdieron por los pasillos de las buenas intenciones.

En 2004, un periodista sudafricano removió todo el asunto. Valoró en quince millones de $ los ingresos generados por la casa del ratón de las grandes orejas sólo gracias a la canción. Cabe recordar que Disney es una de las empresas que más ferozmente vela por el uso comercial y promocional de sus personajes y los royalties que acompañan. Pero denegó olímpicamente los derechos que le correspondían a Solomon. Sólo después de un largo proceso judicial tuvo que soltar un dinero que no dejaba de ser de su autor, que había fallecido en 1962 en plena indigencia. Lo cobraron sus hijas, que también malvivían en la pobreza. Se hizo justicia.

Te dejo con el original de la canción y algunas de las versiones más famosas, especialmente la de The Tokens, la más conocida de todas.

 

 

 

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